Papelitos abrió la quinta noche en el Corsódromo de Gualeguaychú y se informó que poco más de 20 mil espectadores presenciaron el Carnaval del País.
Por Nahuel Maciel
(Desde Gualeguaychú)
La memoria, esa intrincada red de ecos y sombras, nos recuerda que nada se pierde en el tiempo, sino que todo regresa transfigurado en símbolos. La edición del Carnaval del País 2025 lleva por nombre –a manera de homenaje y tributo- “Ana María Gelós de Peverelli”. Se trata de una herencia intangible que no se limita al borde del recuerdo, sino que se extiende hacia la vasta inmensidad del espíritu. Lo que fue, lo que se gestó en la inquietud de su taller y en la vibración de los corazones dedicados a la fiesta, trasciende la frágil condición humana y se convierte en una entidad trascendental porque reside en la memoria del pueblo. No es solo un reconocimiento, sino una consagración del ser que perpetuó su impronta en el alma misma de Gualeguaychú.
Anoche –informó el área de Prensa de Carnaval- aproximadamente 20 mil personas presenciaron el espectáculo, además de los que lo siguieron por la cuenta oficial del Carnaval en YouTube y la transmisión en vivo de C5N.
Previa a la fiesta
El Corsódromo, inmenso y vacío, respira en un silencio casi ritual, como si el tiempo mismo se suspendiera en su vasto escenario. Sus gradas, desiertas, aguardan la llegada de las multitudes, mientras el aire, que parece contener la promesa de la fiesta, se tensa con la quietud de la espera. El sol se oculta lentamente, tiñendo de un azulado la estructura que pronto se llenará de vida. Este silencio, lejos de ser vacío, es la antesala de algo grandioso: la sinfonía de risas, tambores y cantos que romperá la calma en pocas horas. En él resuena la memoria de los carnavales pasados y la esperanza de los que están por venir.
Cada rincón del Corsódromo guarda en su quietud la energía contenida, la emoción latente de un pueblo que se prepara para celebrar. Es el instante en que el sueño de la fiesta se teje en la espera, cuando las sombras del día se disipan para dar paso a la luz de la celebración. En ese silencio, el Carnaval del País comienza a cobrar forma, como una llama que se enciende en el corazón de Gualeguaychú. Y, finalmente, cuando se escuche el primer compás, cuando los primeros pasos se deslicen sobre la pasarela, el Corsódromo vestirá el aire con luces de colores, y los sonidos y los movimientos se harán eco en la noche estelar conteniendo la alegría del carnaval.
En ese preciso instante, a las 21:54, el Corsódromo “José Luis Gestro” contuvo el aliento. La voz de Silvio Solari irrumpió como un llamado ancestral. No es solo el anuncio oficial, sino el conjuro que despierta la magia del carnaval. Con una entonación que entrelaza emoción desbordante, solidez escénica y una pronunciación inconfundible, su voz no solo nombra a las comparsas: las consagra. Como un eco que rebota entre las tribunas y se funde con el latido del desfile, su sello inalterable es el primer compás de la fiesta. Cuando su voz resuena, Gualeguaychú no solo da inicio al espectáculo, sino que se entrega, de cuerpo y alma, al frenesí de la alegría.

Papelitos: un canto de esperanza en un mundo dividido
La propuesta de Papelitos (Club Juventud Unida) se titula “Iguales”, temática que le permite desplegar la fuerza “del barrio de la vida”, evocando una lucha que trasciende las fronteras de la fantasía. Bajo la dirección de Juane Villagra, la comparsa invita a adentrarse en un mundo dividido, donde los Puros -seres humanos considerados superiores- conviven con los Olvidados -criaturas fantásticas como Elfos y Faunos- que viven al margen de la sociedad. En este relato de ensueño, la protagonista, Candella, un hada que aspira a ser bailarina en el gran teatro, se enfrenta a la dura realidad de una ley que le niega su destino. Sin embargo, la noche del Corso de la Alegría es su única oportunidad de brillar, pues es el único momento en que los Olvidados pueden celebrar sin ser juzgados ni oprimidos.
La trama de “Iguales” es un canto a la igualdad, a la esperanza de un mundo sin divisiones. La comparsa despliega sobre el Corsódromo una coreografía de lucha, resiliencia y, sobre todo, de unión. Los actores de esta historia, entre ellos la reina Sofía Funes y la pasista Candela Gómez, llevan en sus cuerpos el compromiso de transformar cada paso en un símbolo de resistencia. El vestuario de Raulo Galarraga, un manto de colores vibrantes y texturas únicas, hace que cada ser se transforme en una criatura mítica, que trasciende la realidad para vivir una fantasía colectiva. El maquillaje de Florencia Leuze, que va más allá del adorno, construye identidades y realidades propias, complejas, en las que cada detalle cuenta.
La Banda Furia del Oeste es la encargada de la música que –de manera potente y arrolladora-, acompaña el relato, llenando el aire de energía y de emoción. No es solo un espectáculo visual y sonoro, es un mensaje profundo, que llama a reflexionar sobre las desigualdades que aún hoy marcan la vida de los pueblos, y a entender que es posible construir una comunidad más justa.
La batucada “Los Pibes” dirigida por Esteban Martín Piaggio ofrece un espectáculo clásico, tal vez con la innovación de la pasista bailando arriba de un tambor, quien se lleva todas las ovaciones, especialmente porque sabe danzar a lo ancho de la pasarela.
Papelitos tiene la ambición de abrazar su cuarto campeonato, pero para ello deberá mejorar en casi todas sus líneas. Tiene talento, tiene oficio, tendrá que resolver si el empeño se traducirá en perseverancia y no en obstinación.

Marí Marí: el viaje a “Ítaca”, un espejo de la vida
Inspirada en los cantos épicos de Homero, “Marí Marí” (Club Central Entrerriano) transforma el Corsódromo en un mar de emociones, donde cada paso es una ola y cada carroza, un puerto. En “Ítaca”, el viaje de Ulises no es solo un regreso al hogar; es un trayecto interior, un homenaje a las tribulaciones que forjan el alma humana.
Si “Ítaca” es un relato tan antiguo como el tiempo, hay que convenir que la propuesta del Club Central Entrerriano le aporta resonancias mágicas. Bajo la dirección de Facundo Lucardi, el viaje de Ulises no busca tanto el regreso, sino las lecciones que el camino le ofrece. No importa cuánto se tarde en llegar, porque lo que verdaderamente marca el destino son las tribulaciones vividas, los sacrificios y las revelaciones.
En este retablo de emociones y descubrimientos, la reina Felicitas Fouce y la pasista Rosario Sánchez son las portadoras de un mensaje claro: lo aprendido en el trayecto es la verdadera “Ítaca”, esa isla invisible que habita dentro de cada ser.
La innovación de la batucada “Batería Aplanadora” -dirigida por Mauro “Rana” Andrada- de iniciar el desfile es original y agrada. Logran un diálogo con el público alimentado por el arte y el reconocimiento.
El vestuario de Nicolás Collazo, una amalgama de colores, texturas y formas, refleja la dualidad del ser humano que, por fuera, se enfrenta al mundo; pero, por dentro, se construye y se re-crea. Las carrozas de Meke Arakaki, cargadas de simbolismos, son los barcos que surcan no las aguas del mar, sino las del alma humana. El maquillaje de Leticia Nazzar, sutil y profundo, convierte cada rostro en un mapa de emociones, en una metáfora de las metamorfosis que viven los personajes al adentrarse en los abismos de sí mismos.
La coordinación de desplazamiento de Natalia Miño logra que cada paso, cada giro, sea una expresión de esta búsqueda interna, como un remolino que atrae, pero también libera. Y en el fondo, más allá de la danza y la música, se escucha una verdad rotunda: no es la meta lo que importa, sino el ser que se forja en el camino. Marí Marí, con su “Ítaca”, invita a entender que el viaje, con todas sus penurias, es lo único que permanece cuando todo lo demás se desvanece.
Sin embargo, esta vez la banda musical “Toque de Samba” dirigida por Martín Irigoyen sufrió dos infortunios: el primero a los pocos minutos de ingresar a la pasarela –el reloj marcó las 23:09- cuando un cable en la carroza de los músicos los obligó a reanudar por casi poco más de 10 minutos con una cinta grabada. Y el segundo, casi 20 minutos más tarde cuando esta vez el generador eléctrico que empuja la carroza sufrió un desperfecto.
El esfuerzo de la “Toque de Samba” se multiplicó para no perder el entusiasmo del público, que respondió con respeto y lealtad y los acompañó a capela mientras se solucionaban los percances.

Kamarr: la batalla de los lobos internos
Cuando las luces del Corsódromo se funden con las sombras en un baile interminable, la comparsa Kamarr (Centro Cultural, Social y Deportivo Sirio Libanés) presenta “Eclipsia”, un relato que recuerda las palabras de Khalil Gibrán: “El viento que más me conmueve es el que sopla entre las sombras de mis propios miedos”. Como el viento que arrebata las hojas, la historia de Kamarr transporta al espectador a la lucha interna de la humanidad, representada por dos manadas de lobos: los Lobos Negros, que personifican la codicia, la envidia y la ambición; y los Lobos Blancos, quienes son la luz del amor, la bondad y la paz.
La dirección de Leandro Rosviar invita a reflexionar, como lo hiciera Gibrán en su libro “El Profeta”, sobre cómo las fuerzas oscuras y luminosas coexisten dentro de cada uno, tejiendo la realidad. “¿No es acaso la oscuridad hija de la luz?” se pregunta el profeta, y en esta danza de sombras y destellos, la comparsa Kamarr se convierte en la respuesta. Con cada movimiento de Agustina García -la reina- y Daiana Delgui -la pasista- resuena el eco de esa dualidad interna: la lucha entre lo que se anhela ser y lo que se debe llegar a ser.
Los vestuarios de Evaristo Ayala y Celeste Airala, parecen haberse tejido con hilos de sueños y esperanzas, y muestran la fragilidad humana. Al igual que Gibrán enseñan que “la bondad y la misericordia no son más que la sombra de lo que somos”. Así, Kamarr -a través de sus trajes-, invita a reconocer que el equilibrio no se encuentra en la perfección, sino en la aceptación de cada oscuridad y de cada luz. Las banderas, alzadas por Yamila Brusca y el “Colo” Lescano, ondean como testigos del regreso de la luz, guiando hacia el equilibrio que prometen las palabras del profeta: “La luz es la sombra de Dios y, como tal, está en nosotros”.
La batucada de Fabián Iturburúa, vibrante y llena de vida, acompaña esta danza de reclamaciones, recordando las sabias palabras de Gibrán: “La música no es sino la voz de nuestro ser profundo, el eco de nuestra alma”. Y al igual que la banda Caravana de Carnaval, cuyo ritmo se funde con el alma de Gualeguaychú, Kamarr recuerda que, al final, la batalla que se libra en cada interior se refleja en cada paso que se da hacia el mundo exterior.
Kamarr, más que una comparsa, se erige como un acto de fe. Su propuesta no es solo un compromiso con el carnaval, sino un acto de entrega a la ciudad, un recordatorio de que lo más importante no es el éxito por el éxito mismo, sino su proceso. Y así, como dice Gibrán: “Tu vida no es un viaje hacia un lugar, sino un regreso al origen”. Gualeguaychú, iluminada por la danza, el ritmo y la luz de Kamarr, se convierte, por una noche, en un reflejo de la incansable búsqueda de equilibrio entre la oscuridad y la luz.

Ará Yeví: la diablada como legado universal
Por último, “Ará Yeví” (Club Tiro Federal) cerró la noche con “Endiablada”, una celebración de la Pachamama y el Rey Momo que trasciende fronteras. En este relato, que cruza –como un diálogo- el folklore andino con la teatralidad del carnaval, Momo se enfrenta a los peligros de la Salamanca y a los caprichos de Supay, para finalmente reconocer a la Madre Tierra como la verdadera soberana.
Así, esta comparsa ofrece un espectáculo que no es solo una celebración, sino un profundo canto a la tierra, a la vida misma. “Endiablada” propone transitar un camino donde el diálogo de los pueblos se convierte en un espacio para la cultura del encuentro. El carnaval de Jujuy, esa festividad que vibra entre el fuego y la danza, se convierte en este rincón litoraleño en el escenario de un despertar, un regreso al origen de todo lo que se celebra: la Pachamama, madre generosa, que guarda en su seno todo lo que da vida.
Como diría el poeta Manuel J. Castilla: “La tierra se tiembla en el sol y se agrieta en las raíces”, Ará Yeví invita a mirar debajo de la superficie, a descifrar los misterios que nos conectan con la tierra misma. El director Guillermo Carabajal, como quien guía un río indomable, conduce por las cavernas oscuras de la Salamanca para luego llevar al público a la luz de la revelación. En este carnaval, donde lo humano y lo divino se entrelazan, las sombras de la cueva se desvanecen, dejando paso a la claridad de la Pachamama, la verdadera reina del carnaval, esa madre generosa que da todo sin pedir nada a cambio. En palabras de Castilla: “La tierra está en el aire y el aire está en la tierra, todo es uno en su silencio”.
Dalila Cepeda, como reina, se erige como la personificación de esa divinidad que habita en cada persona. Y la pasista Camila Carro, con su paso firme y decidido, se convierte en la encarnación de la fuerza de la naturaleza que no pide permiso, solo se manifiesta. La batucada “Sonido de Parche” dirigida por Leo Stefani, late como el pulso de la tierra misma, y la banda Alma Carnavalera, dirigida por “Titi” Pauletti y Belén Greco, envuelven –como una protección- a los espectadores con los ritmos que evocan la música primordial de la creación.
Los movimientos de los bailarines, diseñados por la coreografía de Fernanda Marchesini, recuerdan a la visión poética de Castilla cuando dice: “La tierra no pide, la tierra ofrece; la tierra no toma, la tierra recibe”. Así, cada paso, cada movimiento, es una ofrenda a la madre tierra, un reflejo de lo que somos: seres que nacen, crecen y se nutren de ella.
El trabajo de puesta en escena de Lino López y las carrozas creadas por Adrián Ghiglia y Emanuel Pérez son una manifestación tangible de esa unión entre el ser humano y la tierra. En cada imagen, se percibe la lucha interna, ese pacto con lo divino, pero también con lo terrenal, lo que -como en las palabras de Castilla-, recuerda que “somos la semilla, el viento y la tierra”, y en ese ciclo eterno de vida y muerte, se revela la verdad profunda del ser humano.
Ará Yeví, con su entrega total, no solo regala un espectáculo, sino una reflexión profunda, un regreso al principio de todo. Como el Rey Momo, que decide llevar el legado de la Madre Tierra a todos los carnavales del mundo, esta comparsa invita a entender que el carnaval es solo un reflejo de aquello que es eterno: la conexión profunda entre el hombre y la tierra, entre la luz y la oscuridad.
Gualeguaychú, bajo el manto de “Endiablada”, se convierte en un lugar donde lo divino y lo terrenal se abrazan, donde la tierra misma danza en cada paso. “La tierra canta en la voz de cada hombre”, diría Castilla, y en el rugir de la batucada y el resplandor de las carrozas, se puede escuchar claramente su canto trascendente que está llamado a proteger al arte y a la vida.
Faltan seis noches. Todo puede pasar. Todas las comparsas tienen oportunidad. Pero, Ará Yeví pisa fuerte y viene por la copa. Está “Endiablada”. Todos los saben. Por eso los esfuerzos –o la estrategia- en parte están ahora en competirle en los escritorios, porque en la pasarela parece invencible.
Un legado que trasciende el Corsódromo
El Carnaval del País no es solo un desfile de comparsas; es una sinfonía de arte y compromiso. Cada historia contada resuena más allá de los límites del Corsódromo.
En estas noches inolvidables, las comparsas no solo compiten; colaboran en la construcción de un legado que se hace en base al lenguaje de múltiples expresiones artísticas y también a fuerza de compartir realidades para soñar juntos.
Cuando las luces del Corsódromo se apagan, queda en el aire la certeza de que Gualeguaychú –como enseña Marí Marí con “Ítaca”- es un destino al que siempre se querrá regresar para combatir –como refleja Papelitos en “Iguales”- las injusticias sociales; y para ello habrá que encontrar la luz –como dice Kamarr con “Eclepsia”- y generar el diálogo –como enseña Ará Yeví con “Endiablada”- para la cultura del encuentro.
Hacia la próxima noche
El Carnaval del País consumió su quinta de 11 noches programadas. Para disfrutar de este espectáculo impar, quedan las siguientes fechas:
* Febrero: sábados 8, 15 y 22.
* Elección de la reina: será el viernes 21 de febrero.
* Marzo: feriado de Carnaval, sábado 1°, domingo 2 y lunes 3.
Las cuatro comparsas han dejado sus huellas de luces y colores en la noche, y el bullicio del Corsódromo comienza a desvanecerse con el mismo ritmo lento de una despedida inevitable. La gente, con pasos más lentos, abandona las tribunas. El fragor de los aplausos se apaga en el aire fresco de la madrugada, y poco a poco, el sonido de las voces se dispersa. Algunos se dirigen hacia sus autos, el rugir de los motores reemplazando la música del carnaval; mientras otros, en grupos dispersos, caminan por las veredas, alzando las manos en gestos de complicidad, como si el eco de la celebración aún vibrara en su piel.
En la vieja estación ferroviaria, el escenario del jubileo se vacía lentamente. El predio, que antes era un torrente de movimiento, se queda en una calma que solo la madrugada sabe traer. Las luces del Corsódromo, desmoronadas ya en sus reflejos, titilan con cansancio. Los vasos de plástico, olvidados entre las filas de sillas vacías, giran suavemente con el viento. Son pequeños ecos de la fiesta, de risas que se han ido desvaneciendo, pero que, en su fugacidad, se quedan atrapados en el aire frío de la madrugada.
La ciudad, que por unas horas se convirtió en un hervidero de emociones, plácidamente se adormece en un silencio rotundo. Solo el viento, portador de recuerdos, recoge lo que quedó atrás. Algunos fragmentos de charla, otras risas que se difuminan como fantasmas, y el crujido de los vasos de plástico que bailan al compás de la brisa.
El eco de cada paso que se aleja, sumerge poco a poco al predio de la estación en la quietud de la madrugada, aguardando el próximo regreso, cuando el sábado 8 de febrero la rueda de la alegría gire nuevamente, trayendo consigo los sentimientos de una fiesta que, aunque efímera, ya vive en el corazón de lo inolvidable y trascendente.
Para revivir la quinta noche






