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El tan negado viaje de Francisco

Papa Francisco

Luis María Serroels

Especial para ANALISIS

De todas las Naciones que han recibido a Francisco dentro de sus casi 50 traslados por el Planeta, cuatro de ellas son limítrofes con su país. Por razones que sólo él evalúa, ningún viaje lo impulsó a allegarse a su suelo de origen, generando una mezcla de sorpresa y frustración. Sus mensajes desde el aire surcando espacio aéreo nacional parecieran más bien fruto de un protocolo.

Los traslados en el complejo y agotador rol de jefe de los católicos del mundo se diagraman con lógicas y obligadas prevenciones en los aposentos del Vaticano. Millones de connacionales –por encima de creencias y hasta ajenos a prácticas confesionales- estarían satisfechos en gran medida, no debiendo olvidarse que sus picantes homilías dominicales en la Catedral porteña como Primado, vertían conceptos que tenían que ver con el hombre como criatura de Dios y valores que sobrepasan posturas políticas, defendiendo a los pobres de solemnidad apartados del reparto y demandando justicia social plena a los gobiernos, organizaciones públicas y la sociedad en su conjunto. Hoy, cercano a su séptimo año como Pontífice, su país lo continúa aguardando.

Tras la fumata blanca del 13 de marzo de 2013, los argentinos con justificado optimismo pensaron en recibirlo sin demasiada tardanza. Era el estallido de alegría y emoción ante un hecho histórico que ninguna Nación no europea había experimentado hasta entonces. En la residencia de Santa Marta pasaba a habitar un hombre que ignoró ofensas y agravios y ello quedó demostrado cuando a quien más lo atacara, más pronto se le abrieron las puertas del Vaticano. Jorge Bergoglio no titubeó en ofrecer así su otra mejilla.

Cuando se menciona que Jorge Bergoglio estudia minuciosamente la realidad argentina antes de escoger el momento propicio para el tan reclamado viaje a su patria –se habla de inoportunidad en medio de tensiones-, no pocos opinan, desde su sentido común, que precisamente la alta temperatura y asperezas de los lenguajes políticos, es lo que justificarían su llegada como buen pastor para aquietar los enconos, atemperar los espíritus y reencaminar el diálogo, abriendo caminos de reconciliación.

Las razones para permanecer alejado (no desde luego de nuestra realidad sino de nuestro suelo) pertenecen a su intimidad, pero es útil recordar que el Papa más peregrino de la historia, Juan Pablo II (Karol Wojtyla), efectuó su primer visita a su convulsionada Polonia natal en 1979, apenas un puñado de meses luego de su arribo al sillón de San Pedro. Fue una riesgosa decisión que al final, según opinólogos, modificó el tablero político global de Europa. Entre esta visita y la última que fue en 2002, sumó nueve traslados.

Vale la pena situarse en el grave contexto político en que se produjo la primera llegada a su país. Fue en ocasión del noveno centenario de la muerte de San Estanislao como un deber moral, aun asumiendo sus riesgos. Las autoridades polacas –que antes vedaron la visita de Pablo VI (Juan Bautista Montini) sucesor de Juan XXIII, se mostraban todavía reticentes (Wojtyla había sido arzobispo de Cracovia en 1964, perturbando al régimen gobernante).

El secretario de la Conferencia Episcopal polaca, Bronislaw Dabrowski logró el visto bueno, pero a condición de que no debía coincidir con el aniversario del Santo. El Pontífice máximo de estadía y desplazamientos. En el Vaticano se sostuvo que este traslado a su Nación –de fe tan fuertemente arraigada- fue muy merecido, considerándolo el más importante de los viajes papales, porque desencadenó un proceso de increíbles cambios a nivel mundial.

Es que Wojtyla –a quien conocimos personalmente durante su visita a Paraná en abril de 1987- sabía lo que los fieles polacos deseaban escuchar. Sus conceptos fueron determinantes en la misión de hacer redescubrir a Europa la unidad entre Oriente y Occidente.

Se opuso a los intentos de incluir el análisis marxista en la doctrina social de la iglesia mediante la teología de la liberación y apoyó tenazmente los derechos de la persona humana y la intocable dignidad del hombre. Poco a poco se fue cayendo el “telón de acero” que dividía a Europa y no faltan quienes dicen que la caída del Muro empezó allí y no en Berlín. Todo lo relatado muestra la dimensión y trascendencia de esa visita papal que no aguardó clima especial alguno, sino que se produjo sólo por la decisión de enfrentarlo.

El 11 de junio de 1982 a las 8.50, durante el sangriento enfrentamiento del Atlántico Sur contra tropas inglesas en nuestro archipiélago malvinense, Juan Pablo arribó al país reuniendo multitudes. El 6 de abril de 1987, retornaría pero en un contexto muy distinto, con el propósito de presidir la Jornada Mundial de Juventud en medio de una agenda muy nutrida (mucho tuvo que ver su amigo, el actual cardenal Estanislao Esteban Karlic, para que visite la capital entrerriana, reuniendo el día 9 una verdadera multitud en el aeropuerto local).

Jorge Bergoglio llegó a Brasil en julio de 2013, a escasos cuatro meses de haber iniciado su pontificado, para presidir la Jornada Mundial de la Juventud. El 5 de julio de 2015 arribó a Ecuador, tres días después desembarcó en Bolivia y el 10 voló hasta Paraguay, retornando a Roma el 13 ya transcurrida una semana de una extenuante misión pastoral.

En 2018 el Papa concretó sendas visitas a Perú y Chile, sorprendiendo nuevamente a sus compatriotas al dejar fuera de su gira a su país que lo llevaron a afirmar que sólo vendrá cuando sienta que es un factor de unidad y pueda ayudar a sumar y no a dividir (lo contó un amigo suyo), lo cual puede ser discutible, en tanto es precisamente un clima de persistente ebullición política y tendencia a la disgregación lo que requiere de tan valiosa, autorizada y positiva presencia.

Una peregrinación inacabable de políticos, sindicalistas, faranduleros y deportistas que se cambiaban de vereda en Buenos Aires cada vez que se cruzaban con el entonces Cardenal Primado y en especial funcionarios que otrora sufrían de ”homiliofobia” por los sermones sin desperdicios del prelado, cruzó el Atlántico. Parecía considerarse algo así como un sello de distinción.

El próximo cambio de gobierno surgido de comicios libres –algo que desde 1983 acostumbró a los argentinos- genera un clima propicio y apto para consolidar la convivencia en momentos en que nuestro continente sufre cruentos choques de consecuencias impredecibles. Recordar al más grande viajero en la historia de los Papas, Juan Pablo II, venciendo prejuicios y situaciones ríspidas, puede servir de estímulo. Jorge Bergoglio sabe que su viaje no ha de ser turístico y por ello más falta le hace a su grey su arribo como un auténtico Santo Padre, sin descartar que les diga a nuestros jóvenes entusiastas, como en Río de Janeiro: ¡Hagan lío!

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