Por José Carlos Elinson
Especial para ANALISIS
Son historias conocidas con finales previsibles.
No se habló de encontrar a Fiorella, se habló tempranamente, dolorosamente de encontrar su cuerpo sin vida en la maraña a la que la arrastró la corriente. No digo que la hayamos matado apresuradamente, digo que la lloramos aún antes de confirmar su destino. “Somos conocedores del río”, me dijo un baqueano.
“Es muy difícil que el río devuelva sus presas con vida, no es para condenarlo, es su condición”, continuó. “El río tiene sus códigos y hay que saber leerlos. Primera condición, no confiar, no temer, pero no confiar. Los poetas de la costa pretenden darle determinada identidad al supremo caudal entrerriano, pero hay una realidad, lo que el río toma como propio permanecerá así por toda la extensión de la eternidad.
No la conocí a Fiorella, y lo lamento, pero más aún lamento que esta sociedad movilizada a la hora de su inoportuno final no haya disfrutado de su sonrisa, de sus ojazos, de su vida.
Si, ya sé, como dice el “Negro” Dolina, “Demasiado tarde para lágrimas”, pero qué bueno sería que no tuviésemos que repetirlo ante cada catástrofe, sobre todo si es previsible.
Estamos en los días previos a las fiestas de fin de año. La mala noticia es que son tiempos propensos para accidentes originados en la imprudencia de quienes los protagonizan. Qué bueno sería que este año fuese la excepción. De cualquier manera el cuerpo de la que fue Fiorella será manipulado por lugares que nunca debería haber conocido.
Desde el dolor agudo y lacerante, Fiorella, descansa en paz. Nosotros seguiremos tratando –en principio en vano- de acomodarnos a tu ausencia irremediable.





