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Un mandatario de memoria quebradiza

Alberto Fernández

Por Luis María Serroels

Especial para ANÁLISIS

En el extremo meridional de América del Sur, hay un país llamado Argentina cuyo presidente juró por Dios, la Patria y los Santos Evangelios y semanas después anunció que enviaría al Congreso un proyecto destinado a concederle a una mujer grávida la voluntad de interrumpir el proceso de gestación del hijo que llevan en su vientre en camino a consagrar el gran milagro de la vida.

Habló de un “debate sensato” como si semejante acto –vedado por nuestra Carta Magna y los tratados internacionales incluidos en su art.75º inc.22) a los que nuestro país adhirió- se pueda modificar. Al concedérsele jerarquía superior a las leyes, no puede quedar librado a un simple acto voluntario de una madre. No se recuerda que una cuestión tan sensible haya sido mencionada durante la campaña electoral.

Si la potestad de eliminar a un ser inocente e indefenso se reduce a “un problema de salud pública que hay que resolver”, es necesario insistir en que la Declaración Universal de los Derechos Humanos en su art. 3º consagra para el ciudadano “el derecho a la vida, la libertad y la seguridad de su persona” bajo los fundamentos genéticos del comienzo de la vida desde la concepción. “La persona es considerada un sujeto de derecho y no objeto de derecho. Y el derecho a la vida lo acompaña desde el momento de la concepción”.

“Tenemos que garantizarle todo a todos”, es una frase muy simplista de Fernández, porque dar por terminada la vida de un inocente en gestación es homicidio. No es lo mismo que hacerse extirpar una verruga, extraerse una pieza dental, alisar la piel, corregir el tabique nasal, eliminar un cayo o rellenarse los pechos. La cantilena de que la mujer puede hacer cuanto quiera con su cuerpo, requiere una salvedad: todo ello menos matar a su futuro vástago. Parece que los eventuales abortos clandestinos con resultado de muerte conmueven al mandatario, pero no lo conmoverá promover la libertad de hacerlo como un hecho natural.

El filósofo y ensayista español Julián Marías fue claro cuando sostuvo que “llamar al aborto interrupción voluntaria del embarazo es como llamar al ahorcamiento interrupción voluntaria de la respiración”. Los juegos de eufemismos en semejante cuestión suenan irrespetuosos y hasta irracionales.

¿Puede afirmarse acaso que la presencia de un feto con corazón latente y las demás funciones aflorando dentro de un vientre se convierta en una carga molesta? ¿Puede llegar a permitirse que una niña decida abortar por voluntad propia sin que sus padres se enteren? ¿Puede ser objeto de sanción la objeción de conciencia de un médico leal a su juramento hipocrático y opciones religiosas?

La Declaración Universal de los Derechos del Niño (aprobada por nuestro país mediante la Ley 23.849/90) reza en su Preámbulo que “El niño, por su falta de madurez física y mental necesita protección y cuidados especiales, incluso la debida protección legal tanto antes como después del nacimiento”.

¿Es racional que se reduzca el aborto a un mero deseo, capricho, arrepentimiento o molestia, bastando con llegarse a un centro médico ad-hoc para serenarse? Un proyecto de legalizar el aborto –enviado por el entonces presidente Mauricio Macri- fracasó en agosto de 2018. Hoy -fuera del proyecto enunciado por el Frente de Todos durante su campaña- es propuesto por el presidente, aunque el haber retrocedido en muchas promesas electorales alienta la posibilidad de que revise este tema que originará una innecesaria lucha habida cuenta de los impedimentos legales y morales vigentes.

Argumentar que quien desee abortar podrá hacerlo y quien no podrá asumir voluntariamente la espera de las nueve lunas, es poner la vida de un bebé librada a un acto volitivo, cuando su existencia debe ser –a tenor de tratados rotundos y concluyentes- respetada y libre de interrupciones voluntarias.

Erra el presidente, quien se dice amigo del Papa Francisco, cuando somete el derecho a la vida a una simple postura confesional. ¿Quién le dijo que los ateos, agnósticos y deístas no son felices preservando la vida de sus futuros descendientes sólo porque no abracen en plenitud determinados cultos y prácticas religiosas? ¿Es acaso imprescindible creer en Dios para sostener la protección de la vida desde el vientre materno?

Miles de madres estériles siempre tendrán sus brazos abiertos para una adopción, porque el sentimiento maternal es parte de su condición de mujer. La posibilidad de tener hijos del corazón para cobijarlos en su regazo, es una realidad incontrovertible.

Alberto Fernández difícilmente logrará tender puentes hacia El Vaticano en tanto propicie la medida que se conoció días pasados. Se puede corregir la brújula de una gestión tremendamente difícil como la primera magistratura cuando se hallan elementos no previstos, pero no internarse en cuestiones muy peligrosas como urticantes nunca anunciadas en los mensajes electorales, que -no es aventurado decirlo- hubieran torcido muchas voluntades.

Vale la pena aludir a un hecho fortuito sucedido en Roma el pasado martes 31 de diciembre mientras el Papa Francisco saludaba a fieles que lo visitaban. Ante un acto involuntario de una a mujer que le estiró uno de sus brazos, el Pontífice reaccionó dándole un chirlo en su mano. Al día siguiente y en su primera misa del 2020, expresó: “Pido disculpas por el mal ejemplo dado ayer”, pero fue más lejos al considerar –refiriéndose a la violencia contra las mujeres- que “ello constituye una profanación de Dios”.

Ampliando y profundizando su homilía, el otrora Cardenal argentino Jorge Bergoglio definió a las mujeres como “fuente de vida”, agregando que “sin embargo son continuamente ofendidas, golpeadas, violadas, inducidas a prostituirse y a eliminar la vida que llevan en el vientre”. Fue un mensaje para toda la humanidad, incluyendo a sus compatriotas y especialmente al flamante mandatario de su país.

Alberto Fernández juró “Por Dios, por la Patria y por los Santos Evangelios” y esto lleva a recordar que los Evangelios sostienen el valor y el carácter inviolable de la vida humana. El nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia.

“El valor incomparable de la vida es un punto fundamental que posa su mirada profunda y persuasiva en el corazón de creyentes y no creyentes”, sostuvo el Papa Juan Pablo II en su Carta Encíclica Evangelium Vitae. Por ende el juramento del mandatario nacional al asumir, no se compadece con el proyecto que acaba de anticipar.

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