Por José Carlos Elinson (*)
Quiero cambiar la historia, pensó mientras los pájaros le ponían color y movimiento al atardecer temprano del domingo.
Tuvimos una vida de calidez y contención que no supimos valorar en su momento por repetida, por monótona, por “tan sin gracia” que hasta bronca te daban las mañanas con su rutina a lo largo de los días.
El cambio se fue dando imperceptible, fue diario, pero imperceptible. Como dirían los modernosos fueron cambiando los paradigmas y un día tomamos conciencia de que no éramos los mismos, pero no sólo nosotros habíamos cambiado, se había modificado el entorno que le daba identidad a nuestra historia.
Identidad, historia, sustantivar la vida miserable con el oprobio en alto a la intemperie.
Son los lugares comunes de la vida de los pueblos, el despertar de las pasiones a las que se hace difícil determinarles un origen, pero que pesan en la evolución cotidiana de las comunidades.
Dicen que ninguna modificación política, social o económica será posible sin la filosofía política que la sustente.
Los argentinos sabemos algo de esto. Si nos paramos en el despertar de la noción de patria, como diría Mario Benedertti, deberíamos remontarnos tal vez a la primera década del siglo XIX, signada por las invasiones inglesas y la reacción de los interesados en mantener a como diera lugar el statu quo.
Podríamos, con cierta generosidad, pensar que estamos hablando de los albores de la nacionalidad, nacionalidad controvertida por diferentes corrientes de pensamiento originadas en la Europa de los filósofos en los que abrevaban los jóvenes con inquietudes intelectuales de este lado del mundo.
Después ya sabemos, en la grilla de lo desagradable fuimos los campeones morales de los golpes de Estado, de los secuestros, de la tortura y de la muerte.
Conocimos cómo decirlo, gente no porque no eran tal cosa, personas tampoco, hijos de puta, por ahí va queriendo, que se nos quedaron al mejor estilo feudal con vidas, hacienda, proyectos y la sonrisa iluminada de esperanza de los chicos que junto a Raúl Alfonsín creyeron que con la democracia se come, se cura y se educa pero no tuvieron en cuenta que con el fascismo agazapado se mata, se mata y se mata.
Raúl Alfonsín resbaló y cayó no por inútil sino por desprevenido y por creer como tantos en la bondad de los hombres y algún par de tonterías más.
Tenemos un pueblo controversial por definición. Los mismos que repudiaron a Leopoldo Galtieri por haber inventado la insensatez de una guerra vergonzante, lo habían vivado y aplaudido cuando desde el balcón histórico de la Casa Rosada se sintió la reencarnación de Juan Domingo Perón desafiando a la Corona Británica.
La historia sigue, como la vida, como los sueños, como las pequeñas celebraciones y las grandes contradicciones, pero son temas a tratar en entregas que todavía no terminan de encontrar su forma.
Pero insisto, se dijo mientras contemplaba lejos el lucero silente. Quiero cambiar la historia.
(*) Especial para ANALISIS





