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Con sentido común y espíritu solidario

Por Luis María Serroels (*)

Suele afirmarse que las crisis, catástrofes y todo tipo de desgracias tienen como singular y sorprendente saldo positivo el convertirse en una oportunidad de crecimiento sin soslayar el aprendizaje que invariablemente surge. Una reflexión que no alcanza a ser un precepto a prueba de críticas pero que se instala en ciertas mentes rebosantes de optimismo.

Por estos días la humanidad soporta una de las peores crisis de su historia. De esas que dificultan todo intento de resiliencia (capacidad de adaptación de un ser vivo frente a un agente perturbador o un estado de situación adversos).

Alguna vez escuchamos historias que hablaban de la patria en armas, pero presta a usarlas ante un enemigo visible corporalmente. Se moría y se sobrevivía en el fenómeno milenario de la guerra. Hoy hablamos de otro tipo de guerra  frente a un enemigo letal, veloz a la hora de expandirse y con capacidad para resistir los intentos de los laboratorios de todo el planeta.

Sus víctimas potenciales, si bien se excluye a los niños, superan los 7.742 millones de personas. Y esto se presenta de día y de noche. En cualquier país. Y los científicos se sumergen en las aguas de sus más profundos conocimientos, porque hallar la vacuna milagrosa para salvar tantas vidas, es algo así como aprender a nadar en el Titanic.

Todos los absortos humanos –si de analizar la situación se trata-, venimos diariamente y a cualquier hora recibiendo una avalancha de información que no es dañina sino que tiene como objetivo advertir a la población y dar cuenta de un operativo gigante que no reconoce precedentes y que busca nada menos que salvar vidas. Y en ello viene contando con la enorme ayuda de los medios de comunicación. 

El gobierno entrerriano ha puesto en juego todos los mecanismos técnicos, científicos y humanos. En un coordinado y bien aceitado plan, quitando horas al descanso y sacándole ventaja a ese tal coronavirus con la herramienta tremenda de la prevención, se enfrenta a un enemigo implacable. Pero también implacable está siendo la lucha.

Lamentablemente entre los extraños perfiles de cierto  argentino tipo –vaya a saber Dios por qué razón- anida frecuentemente una tendencia que lo lleva a la subestimación del peligro, al rechazo de la sana advertencia, a la vanidosa condición de impenetrable frente a los grandes desastres. Esto aflora incluso cuando –como hoy- nos hallamos en medio de un fenómeno aciago que se debe enfrentar inexorablemente.

“A mí no me va a pasar”, suele afirmar. Sí le recomiendan no salir a la ruta porque existe la posibilidad de cortes por inundaciones o endeblez de la estructura de algún puente propenso a sucumbir ante la furia hídrica, se planta desafiante y dice “¿Qué me puede pasar?”

No faltan quienes sostienen: ¡Si nunca me pasó nada! A todos los que desafían el peligro y nunca les pasó nada, al final les termina pasando. ¿Cómo puede ser si nunca le había ocurrido? (dicen los alejados de la realidad). ¡Cómo se va a morir por culpa del coronavirus si nunca antes se había muerto de algo así! dicen los escasos de lógica y ponderación. “Todo lo que puede salir mal saldrá mal” (Ley de Murphy).

Este fenómeno que hoy sufre el mundo y que cayó quién sabe desde dónde para sobresaltar a niveles de  pánico a todos los habitantes de la tierra, proporciona elementos que, debidamente considerados y evaluados en sus aspectos mortíferos pero con la alentadora  vía del antiguo expediente de la cuarentena, ofrecen una luz de esperanza.

Pareciera que todas las recomendaciones de los organismos –el de nuestra provincia, por mencionar lo más cercano- estuvieran dirigidas a generar pánico, cuando en realidad están sumergidas en un plan de contención y decisiones con alta responsabilidad y prudencia. Todos los recursos disponibles sirven a una cruzada destinada a preservar vidas. Una lucha con amor para salvar el amor (al prójimo).

“Pero mírenlos a Bordet y otros funcionarios haciendo recomendaciones a cada rato” (dijo alguien que se cree poseedor de un antivirus natural).

En las épocas gloriosas de nuestra independencia  se hablaba del Pueblo en Armas. Hoy también hablamos del pueblo en armas, pero en forma de la inteligencia, del sentido común, la preservación de la vida misma, la obediencia a los consejos masivos por TV. Como aquel debutante en las pantallas Larry de Clay cuando en el 2000 nos señalaba  con optimismo: “Al cólera, entre todos lo vamos a derrotar”. 

Quién esto escribe arribó con su  familia a Paraná en junio de 1952, en plena epidemia de la poliomielitis. ¿Qué tenía de particular? Que a diferencia de la viruela (cuya vacuna existía y era obligatoria), carecía de semejante agente de prevención. Lo único que evitaba el virus se llamaba azar. El arribo o no al cuerpo humano dependía de la suerte y el medio disponible más a mano era el pulmotor, porque se afectaban las vías respiratorias amén de los músculos de las piernas. No era nada grato por cierto ver a niños alcanzados por este flagelo.  Pero pocos años después se asistió a los descubrimientos de grandes benefactores de la humanidad.

En 1955 Jonas Salk anunció oficialmente la vacuna anti poliomielítica por vía inyectable y en 1961 Albet Buce Sabin creó la vacuna oral que terminó con este traumático enemigo oculto, ambas basadas en virus muertos. Incluso las madres le trasmitían el milagroso efecto al bebé en formación dentro de su vientre.

El coronavirus ya tiene su vacuna en avance pero aún sin resultados contundentes ni con la certeza de su llegada a todos los países. El penoso espectáculo de que en Italia se usen camiones para trasladar cadáveres a los incineradores, como método para evitar el contagio,  deja perplejo al mundo.

¿Qué decisiones adoptan los gobiernos hoy? Están a la vista e inundan los mensajes en medios masivos de comunicación permanentemente dirigidos a la población. Mantenerse en sus hogares, lavarse intensivamente las manos con jabón o alcohol en gel y –en casos de sospecha- utilizar barbijos, significa respetar la propia vida y la del prójimo. Y muy especialmente por amor a su familia.

Argumentar desconocimiento es habitar dentro de una nube de flatulencia. Resistir y luchar contra algo que nos agobia, puede transformarse en una salida positiva e inteligente. Escuchar y ejecutar las acciones que el poder político en particular trasmite ante tan grave azote del coronavirus, es una muestra de sabiduría, sentido común y solidaridad social. Nada que la raza humana no pueda exhibir.

(*) Especial para ANALISIS

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