Por Roberto Trevesse (*)
“Una persona que no lee, no tiene ninguna ventaja sobre la persona que no sabe leer”. Mark Twain (1835-1910) A los pocos años del regreso a la democracia definitiva, Entre Ríos, se fue convirtiendo –casi siempre- en una provincia dependiente del Gobierno Nacional de turno, el cual, a grandes rasgos, nos señala el camino de lo que tenemos que hacer.
Nuestro retroceso en todos los aspectos no tiene límites, siempre estamos recibiendo y acatando las disposiciones, protocolos y hasta órdenes que emanan del Poder Central.
Perdimos la iniciativa propia, la lucidez para resolver, el conocimiento para transmitir, el saber de qué se trata.
Cuando estábamos aislados insularmente del país que integramos, teníamos capacidad de decisión, para pensar y analizar, para resolver y afrontar los problemas que se nos aparecían por delante.
Buenos Aires estaba lejos para consultarla, todavía no se había inaugurado el túnel subfluvial (1969) ni los tres puentes internacionales con el Uruguay, Colón-Paysandú (1975), Fray Bentos-Puerto Unzué (1976), Concordia-Salto (1982) ni el ferro-vial Brazo Largo-Zárate (1977); ni la Represa Hidroeléctrica de Salto Grande (1979) Mucho menos el puente Victoria-Rosario (2003).
Eran otros tiempos, no había rutas seguras ni aeropuertos, pero había dirigentes pensantes y con autodeterminación para proteger y resguardar a los ciudadanos entrerrianos.
El túnel nos integró al país y vaya si lo aprovecharon otros, en particular, porteños y brasileños. Mucho menos nosotros que nos conformamos con la comodidad de poder pasar el río Paraná sin necesidad de utilizar las históricas lanchas de pasajeros y las balsas que transportaban camiones, ómnibus y automóviles.
En lugar de trascender y transformarnos en una Provincia con mayúsculas, nos fuimos degradando en la tabla de méritos científicos, educacionales y culturales como también en la visión de futuro, al no hacernos cargo como entrerrianos que somos el corazón de la Cuenca del Plata.
En verdad, el Estado provincial no quiso o no supo apoyar en gran escala el desarrollo de la actividad privada, verdadera fuente de generar divisas para los entrerrianos.
Tampoco se descentralizó, muy por el contrario y además se transformó en una agencia de colocaciones de empleos públicos que –se supone- prestan servicios y generan burocracia.
Por otro lado en Entre Ríos, en casi todos los medios de comunicación, incluido los más poderosos, tenemos una fuerte tendencia a la divulgación y al amarillismo, dejando en un segundo plano la opinión.
La Argentina -y Entre Ríos no está exento- es un país con mentalidad de clase media y media baja que no entiende la importancia y trascendencia de defender el federalismo provincial, provocando que seamos una nación inviable y subdesarrollada como tal.
Nadie se pregunta por qué no existe una unión de gobernadores férrea, por encima de sus ideas políticas partidarias, que pueda tener una postura seria y contundente como un solo bloque que defienda los intereses regionales, que en definitiva nos permitirán reconstruir una Argentina respetada en el mundo por su pujanza, por su crecimiento, por su capacidades y realizaciones y no seguir siendo sujetados por el Poder Central y/o el puerto de Buenos Aires.
La decadencia cultural prevalece en la clase política y en el periodismo televisivo, a tal punto que nos obliga a pensar y manifestar que ambos apuntan a la base social, como una forma de manipulación.
Entre Ríos –lamentablemente- está ahí y los que pensamos distinto, desde cualquier lugar del territorio ideológico somos minoría y no encontramos democráticamente la fórmula para darle a esta impotencia una vuelta de tuerca.
Hemos perdido demasiado tiempo, pero quienes gobiernan no comparten nuestras ideas y propuestas, privilegiando sus aspiraciones personales por sobre la ciudadanía, la que se encuentra en un grado de mediocridad sin chances de salir por sí misma.
Mientras tanto una Pandemia llamada COVID-19 nos tiene a maltraer desde Enero pasado a nivel global.
Al principio fuimos incrédulos, pero al enterarnos que se trata de un virus que mata a nivel planetario, comenzamos a interiorizarnos de lo que sucedía y de lo que nos podía suceder.
Si somos sinceros, al nuevo coronavirus surgido en diciembre pasado en China, al principio no le dimos importancia, pero a partir que se fue acercando a Sudamérica y ver por televisión como morían en China, Irán, Italia, España, Francia, Inglaterra y Estados Unidos, nos pusimos de pie, ¿Pero estábamos preparados para tamaña magnitud?
La verdad que NO, pero de todos modos comenzamos a organizarnos, unos más, otros menos, a obedecer lo que se resolvió en Olivos con la presencia de los Gobernadores, casi meros espectadores de lo que había que hacer o decir.
El doctor en Economía serbio-estadounidense, Branko Milanovic expresó hace unos días que “La historia económica muestra que las epidemias son grandes igualadoras. El ejemplo más citado (y sobre el que tenemos más información) es todavía la Peste Negra, que arrasó Europa a mediados del siglo XIV”.
También señaló que “El coronavirus les recuerda a algunos de los privilegiados del mundo cómo es experimentar estigmas a diario, como sucede con cualquier acontecimiento extremo, o sea, las epidemias echan repentinamente luz sobre ciertos fenómenos sociales de los que sabemos poco, pero que a menudo tendemos a ignorar o en los que preferimos no pensar”.
Desde 1930, año del primer golpe de Estado en la Argentina Constitucional, hemos sufrido numerosos flagelos, si entendemos a estos como calamidades, desgracias, plagas, castigos o crisis socio-económicas de tal magnitud que se llevaron a la bancarrota a miles de argentinos y muertos a cientos y cientos de simples trabajadores y emprendedores que trataban de formar parte del movimiento social ascendente.
No creen ustedes –o ya se olvidaron- que desde esa fecha a la actualidad hemos pasado por tremendas e irracionales dificultades como lo son y lo es la inflación, la recesión, la devaluación de la moneda, la deuda externa, los impuestazos, los tarifazos, el dólar por las nubes, la especulación de “los mercados”, la “timba financiera”, el vaciamiento de las cajas del Estado como la ANSES y el PAMI, los bonos de todo tipo, el riesgo país y el mal endeudarse con el FMI.
¿Cuántas veces vivimos los que pasamos los 70 años estas calamidades, desgracias, plagas, castigos o crisis en la Argentina? No las puedo llamar Pandemias porque estas, en términos médicos se extienden a varios o numerosos países, pero sí las puedo llamar Epidemias porque se propaga durante determinado tiempo en un país, atacando simultáneamente a un gran número de personas.
A todos los lectores, equivocado o no, toda mi vida escribí con honestidad intelectual y respetando la opinión del otro, mientras tanto en soledad, en cuarentena y con el miedo que camina cerca nuestro, apelo a todos ustedes que cuando pase la Pandemia y por respeto a los muertos y a nuestras familias, alguna vez tratemos de ser mejores personas, al menos nosotros los entrerrianos…
(*) Periodista.





