Por J.C.E. (*)
Ha tomado estado público el desaguisado que protagonizan dos caracterizados vocales del Superior Tribunal de Justicia de Entre Ríos: la abogada Susana Medina y su colega y par Emilio Castrillón.
La doctora (Susana) Medina fue en su momento vicepresidenta del STJ y presidenta de la Asociación de Mujeres Jueces de Argentina. El doctor (Emilio) Castrillón es considerado por muchos como un profesional del Derecho, de excelente formación y ha demostrado su capacidad desde las bancas que ocupó en la Legislatura de Entre Ríos. Ácido y temperamental en los debates, nunca se detuvo a considerar si su interlocutor profesaba su mismo credo político o debía ubicarlo en la vereda de enfrente.
Susana Medina hizo una brillante carrera en ámbitos judiciales que la catapultó desde su condición en el STJ y en la entidad de Mujeres Jueces de Argentina a los primeros planos en los países importantes del mundo. La magistrada es suficientemente conocida tanto en el país como en el exterior por cuanta pelea ha dado sin descuidar nunca la cuestión de género que la anima y la compromete.
Emilio Castrillón es un hombre político. Si nos remitimos a lo que publica en la edición de este, lunes 11 de mayo, el periodista Daniel Enz en este mismo medio, entenderemos que las aspiraciones del paceño no morirían en el final del mandato que ejerce, ni en una jubilación y mucho menos en el retiro de la actividad política partidaria.
Las ambiciones del “Quete”, como se lo conoce en su pueblo y en los espacios políticos, tienen que ver con la Gobernación entrerriana. De ahí, probablemente, la molestia que le genera la denuncia de Susana Medina que, en otras circunstancias y sin los intereses de desembarcar en la Casa Gris, deambularía seguramente, por segundos y terceros planos para terminar perdiéndose en vericuetos de memoria flaca a los que nos tiene acostumbrados (¿resignados?) nuestra relajada justicia vernácula.
En medio de este panorama que tendrá que resolverse en los mismos ámbitos donde los protagonistas desarrollan sus tareas, ya surgen voces que condenan la difusión que ha tomado el conflicto, trasladando a la sociedad cuestiones que al común, o como solemos decir, al ciudadano de a pie, le quedan irremediablemente lejos y escapan a los manejos y desmanejos de su cotidianidad.
Algún observador un tanto minucioso podría aseverar que el enfrentamiento de los vocales no es más que la resultante de antiguas discrepancias expresadas o no en su momento, pero cuyo sedimento va solidificándose con el paso del tiempo hasta cobrar rango de problema.
Quien haya seguido el desempeño de la doctora Medina habrá sido testigo de una carrera prolífica con lauros logrados a partir de un desempeño profesional cercano a la excelencia.
Quien haya hecho lo mismo con el doctor Castrillón tendrá elementos para opinar en el mismo sentido, aunque en este caso con inevitables salpicaduras políticas. Es decir que estamos en presencia de dos pesos pesados de la Justicia entrerriana que si bien no disputan espacios porque no se inscriben en los mismos intereses, el nivel de molestia mutua lleva a la máxima instancia judicial de Entre Ríos a una vidriera que sólo despierta interés en los actores y en sus allegados en términos funcionariales.
Si hubo un apremio de género o no lo hubo, si existió una embestida del vocal Castrillón contra la vocal Medina o no la hubo, son temas que deberán dirimirse en ámbitos adecuados a esos efectos.
El ciudadano de a pie espera otra clase de respuestas de sus magistrados y los problemas de convivencia laboral no forman parte de sus legítimos intereses.
(*) Especial para ANALISIS.





