Por José Carlos Elinson (*)
Sabemos que más allá de las declamadas buenas intenciones de integración la Argentina nunca pudo definirse como un verdadero país federal.
Ya desde los tiempos de las Provincias Unidas, todo mostraba que –sin dudas por la influencia de la cultura política española-, había patrones y obedientes, hijos y entenados. A cada uno le cabía un espacio dentro de una sociedad que no terminaba de consolidarse como tal y miraba más allá de los mares como esperando señales que les marcaran rumbos a seguir.
Han transcurrido más de dos siglos –complejos, sin dudas-, y el desencuentro entre los habitantes del país se mantienen como una extraña reivindicación a los años en que la anarquía pretendía tomar el timón y los más conservadores, presa del pánico, ponían zancadillas a cualquier intento independentista como tratando de mantenerse sin demasiadas pretensiones en lo que para ellos eran sus espacios de confort.
Por estos días convivimos como podemos en la Argentina 2020. Tenemos visitas letales: el dengue, que no se rinde y como la tendencia es proveerse en China de lo que antes nos proveíamos en Miami, se le sumó el COVID-19.
Cada voz que se escucha desde los sectores oficiales nacionales, provinciales y municipales aporta sus propios discursos diferentes al que debería ser oficial y único. El Presidente Alberto Fernández liberó a los referentes del interior para el decir y el hacer, y como en un trágico Antón pirulero, cada cual se limita a atender su juego en medio de una tragedia que nos involucra a todos con consecuencias insospechadas, o peor aún sospechadas a la luz de los acontecimientos de lo cotidiano.
Se hace extremadamente difícil trazar un mapa de coincidencias como para que las pautas de los que saben sean directrices que nos vayan permitiendo vislumbrar el camino de salida de este laberinto en el que nos encontramos sumados y sumidos.
Acá no debería haber espacios para arrepentimientos ni sorpresas. Los únicos espacios a ocupar son los del trabajo y la entrega, pero básicamente sobre una plataforma de coincidencias imprescindibles.
Vos a tus hijos podés, si la buena fortuna te fue esquiva, dejarles una herencia de pobreza material, el tiempo y el esfuerzo de cada uno intentará mejorar su status, pero ¿cómo hacés para mirarlos a los ojos mientras pensás que ninguno estamos exentos del peor de los finales?
Sabés que no es tu culpa, pero ¿quién te saca el peso de encima?
Con menos Videomatch y más biblioteca, acaso alguien se hubiera tomado de la arenga del gran José Ortega y Gasset cuando en el Salón Dorado de la Municipalidad de La Plata, allá por 1939 nos decía “¡Argentinos a las cosas, a las cosas! Déjense de cuestiones previas personales, de suspicacias, de narcisismos. No presumen ustedes el brinco magnífico que dará este país el día que sus hombres se resuelvan de una vez, bravamente, a abrirse el pecho a las cosas, a ocuparse y preocuparse de ellas directamente y sin más, en vez de vivir a la defensiva, de tener trabadas y paralizadas sus potencias espirituales que son egregias, su curiosidad, su perspicacia, su claridad mental secuestradas por los complejos de lo personal”.
No podemos decir que no nos hemos tomado nuestro tiempo para asimilar la invitación del filósofo.
Pero claro, como decía Raúl González Tuñón,
… “Y no se inmute, amigo, la vida es dura,
con la filosofía poco se goza.
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa”.
Mientras tanto, entre filósofos y poetas, el país, en términos sanitarios, sociales, educativos y de proyección se nos va indefectiblemente de las manos, pero aquellas grietas como a alguien se le ocurrió llamar ahora a las separaciones de clases e intereses permanecen como bienes mal habidos en el seno de una sociedad desencontrada, desconcertada y sin faros a la vista.
(*) Especial para ANALISIS





