Por Fabián Rogel (*)
Hoy se cumple un aniversario de una de las jornadas más trágicas para la República Argentina, como fue el 6 de septiembre de 1930, donde los sectores del poder buscaron a las Fuerzas Armadas para producir el primer golpe de Estado que derrocó un gobierno constitucionalmente elegido por la voluntad popular.
A los conservadores y a la derecha reaccionaria nunca les cerró la idea que el pueblo pudiera decidir con su voto el destino nacional. La democracia y el sufragio popular fueron una molesta piedra en el zapato de los sectores que se creían dueños de la Argentina.
El acceso de los sectores populares al trabajo, al salario digno, a las 8 horas, a una educación pública, y la reforma del ´18, que permitió que los hijos de los obreros llegaran a la universidad, jamás se lo iban a perdonar al radicalismo y a Hipólito Yrigoyen.
La posición de dignidad en la que colocó a la Argentina Yrigoyen frente al concierto de las naciones, una relación madura pero férrea, defendiendo nuestros intereses frente a Estados Unidos; la decisión estratégica, como el ferrocarril a Huaytikina para unir la Argentina, conectarla con América, fueron decisiones que marcaron una visión geopolítica de lo que debería ser la Argentina en el concierto de las naciones de América Latina.
Tal vez lo más triste, fue que ese 6 de septiembre de 1930, los sectores reaccionarios y de poder concentrado, utilizaron de ahí en más los golpes militares para derrocar los gobiernos que constitucionalmente habían sido elegido por el voto popular y que molestaban a estos intereses, convirtiéndose los militares en un partido político de poder, ajeno a la voluntad popular y sirviendo a intereses, que muchas veces estaban fuera de las fronteras de nuestro país.
A los pocos días, el 10 de septiembre, la Corte Suprema, en una de las acordadas más escandalosas, avaló el golpe de Estado, comenzando también en la justicia una decadencia profunda, puesto que avalar un golpe de Estado es tirar por la ventana la vigencia plena de las libertades y los derechos consagrados en nuestra Constitución.
Y la foto finalmente más triste, fue la de los soldados que irrumpieron en la casa de Hipólito Yrigoyen, en la calle Brasil, y se encontraron con dos cuartos muy modestos, una cama y un guardarropa, y nada de los lujos que había proclamado la prensa en los que vivía Yrigoyen fueron encontrados. Allí, amargamente esos soldados, vieron cómo habían sido engañados y asistieron con tristeza a la morada de un hombre digno, austero, que lo único que había hecho es trabajar por la grandeza de la Nación Argentina.
(*) Fabián Rogel es dirigente de la Unión Cívica Radical de Entre Ríos.





