Por Luis María Serroels (*)
De tanto en tanto y con el mismo resultado negativo, personas de diversa extracción insisten en lograr que sea aprobada la mal denominada Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo. Fue a propósito del Día de la Lucha por la Despenalización y Legalización del Aborto que se recordó el 28 de setiembre. Es difícil darle legalización a la muerte voluntaria de un inocente cuando tal voluntad proviene exclusivamente de la decisión de la progenitora.
¿Cómo explicar el grosero eufemismo con que se sostiene que el aborto es sólo la “interrupción voluntaria del embarazo”, eludiendo que en realidad se trata del asesinato de un inocente por nacer?
Nunca podrá aceptarse a la muerte de un ser en gestación como un hecho voluntario, cual si fuese un asunto del cual se renuncia y desprende. Y menos que para esto intervenga el actual Presidente de la Nación facilitando los pasos legislativos, olvidando que la Ley Suprema le cierra toda posibilidad.
Cuando desembarcó el maldito Covid-19 en nuestra tierra, estaba en ciernes el proyecto de ley de aborto en suspenso. Esto significaría que en cuanto se den las circunstancias se abordarían los tramos legales para darles muerte a niños en plena formación.
Las cifras oficiales que nutren las estadísticas con mujeres adultas y niñas que ingresan a hospitales por complicaciones por aborto, no pueden ser una luz verde para que se instaure el Derecho al Aborto Legal Seguro y Gratuito. Lo que se hace en forma oculta como un hecho criminal, en manos de un facultativo autorizado pasaría a ser un hecho legal. Pero ello seguirá siendo un crimen.
¿Cuál es el problema? Que en ambos casos resulta indiscutible que la vida comienza a partir de la concepción (nuestra Carta Magna y pactos internacionales lo reafirman). Lo que determina el carácter de homicidio no depende del tramo de gestación y tiempo de desarrollo en que se consuma, sino del mero hecho de segar una vida en pleno desarrollo dentro del vientre de la madre.
El disparador de este nuevo alegato es consecuencia de las malas intenciones del actual mandatario reveladas a pocos días de su entrevista con el Papa Francisco en la cual no se planteó el tema del aborto. Las paredes no hablan pero el Pontífice sí habló: “Le recordé que la vida empieza desde la concepción”, dijo.
Como si Jorge Bergoglio le hubiese otorgado vía libre evidenciando un llamativo déficit de prudencia y sentido común, Alberto Fernández insistió en su propósito de enviar al Congreso el polémico proyecto por el cual a simple decisión personal una embarazada –sea de la edad que fuere, el tiempo de gestación e incluso en el caso de menores sin obligación de darle cuenta a sus progenitores- se podrá acercar ante un centro de salud estatal a solicitar un aborto seguro y gratuito (como si fuese borrarse un lunar, extirparse una verruga o corregirse problemas en el tabique nasal).
Ni Fernández ni su vicepresidenta dieron cuenta durante la campaña de esta cuestión harto sensible para una parte muy mayoritaria de la sociedad argentina. Si él no ha logrado asumir el texto de nuestra Ley Suprema al redactar el proyecto en preparación, cuanto más riesgoso será someterlo al debate de legisladores, no pocos carentes de la suficiente capacidad, salvo la de levantar la mano con automatismo sin saber de qué se trata. ¿Cómo se abordará en forma exhaustiva un asunto de semejante trascendencia?
El principal argumento que se esgrime para quienes buscan su pretendida ley y con insólitos fines tranquilizadores, reza que “el aborto no será obligatorio sino optativo”, como si ello serenara a las futuras madres. Es que ni Fernández ni nadie en esta bendita tierra tendrán jamás autoridad ni facultad alguna para matar niños por nacer. Casi como buscando gestos de gratitud en las embarazadas y a la vez exhibiendo un costado sensible, el presidente cometió un blooper imperdonable.
Sabido es que existen programas destinados a asistir a niñas o adolescentes proclives a interrumpir sus embarazos para no asumir su rol de progenitoras, a las que se les garantiza para su bebé la adecuada alimentación, vestimenta, educación y recreación hasta los 18 años.
Fernández confesó que “no vive en paz si una mujer termina en manos de un curandero”. Por ello su solución es que la muerte del futuro bebé se haga con todos los recaudos, lo cual significa sacarle a la madre un enorme riesgo para ella y a la vez despojarla de cualquier cargo de conciencia. Y como si fuese poco, el Estado se lo hará seguro y gratuito. Todo un servicio de primera y sin gastar un solo peso. A esto lo impulsa un estadista que juró ante Dios, la Patria y los Santos Evangelios.
“No vivo en paz con mi conciencia sabiendo que talvez una mujer tiene que realizarse un aborto, no tiene condiciones económicas para pagar ese aborto y termina en manos de un curandero que con una aguja la termina lastimando y a veces matando”. Ergo: el gran político argentino desea aliviar sus pesadumbres garantizando la sobrevida de la mamá mediante la muerte cuidadosa y pulcra de su bebé en plena gestación.
¿Sabrá que los abortos clandestinos no siempre son practicados por “curanderos/as” (tal es su confesa preocupación) sino también por profesionales que, como es imaginable, se manejan en el mundo de lo subrepticio?
“Hay quien siente que legalizar el aborto lo vuelve obligatorio. No es obligatorio para nadie”, señaló incurriendo en un auténtico despropósito. Lo que sí seguirá siendo obligatorio mientras tengamos legislación precisa y contundente sobre la vida desde la concepción, es salvaguardar esa existencia.
Entre los convencionales que nos dieron nuestra Carta Magna reformada en 1994, figura alguien a quien el presidente conoce muy bien: Cristina Fernández. ¿Sabrá ella conducir las sesiones del Senado acorde con los preceptos inviolables de nuestro sagrado contrato social?
Donde el mandatario cometió un verdadero dislate es al referirse al divorcio situándolo en paralelo con el aborto. Tras efectuar una referencia a casos familiares, dijo que debió discutirse el tema durante 20 años hasta consagrar su legalización. Es cierto, pero el divorcio no supone la muerte de nadie. Llamar salud pública al permiso para eliminar inocentes es un virtual y desafortunado oxímoron (juntar en una sola oración significados opuestos).
Cuando se ataca a la Iglesia Católica afirmando que el rechazo al aborto es “una cosa de los curas”, está claro que no se lee la legislación argentina. La reforma de la Carta Magna de 1994 acoge con fuerza superior a las leyes los pactos internacionales entre los cuales se defiende el derecho a la vida desde la concepción. Pero ya antes en 1984, Raúl Alfonsín promulgó la Ley 23.054 aprobando el Pacto de San José de Costa Rica que en su artículo 4to. protege la vida desde el momento de la concepción y Carlos Menem en 1990 mediante la Ley 23.849 adhirió a la Convención sobre los Derechos del Niño.
En 1974 Jerôme Lejèume demostró que el feto tiene ADN distinto al de la madre. En 1976-77, Bernard Nathanson, de ser abortista se convirtió en médico pro-vida (tras haber matado a 75 mil personas).
Con la nueva tecnología del ultrasonido “por primera vez pudimos estudiar al ser humano en el vientre y descubrimos que no era distinto de nosotros: comía, dormía, bebía líquidos, soñaba, se chupaba el dedo, igual que un niño recién nacido. La verdad era que esto era un ser humano con dignidad, dada por Dios, que no debía ser destruido o dañado”. Como remate elegimos esta frase de Nathanson luego de haber falsificado estadísticas, desacreditar a la Iglesia Católica e ignorar la evidencia científica: “Como científico no creo; yo sé y conozco que la vida humana comienza en la concepción”. Así lo escribió en 1992.
El jurista Nicolás Márquez sostiene que “la interrupción del embarazo es sólo un eufemismo para ocultar lo que es un filicidio”. El gran filósofo español Julián Marías (uno de los discípulos más destacados de José Ortega y Gasset), con quien este periodista tuvo el honor de dialogar personalmente, solía decir con sorna que “ahorcar es interrumpir la respiración. ¿Y qué es el aborto entonces? ¿Y cuándo comienza la vida? Desde el momento mismo de la concepción. Lo dice la ciencia desde la embriología y la biogenética (unión del gameto masculino con el gameto femenino)”. Si el ser humano no comienza con la fecundación, no comienza nunca. Se condena el crimen de la guerra y no esta manera de liberarse nada menos que de ser un inocente que crece y crece, sometiéndosele a un vulgar asesinato.
(*) Especial para ANALISIS





