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Cuando ridiculez y miedo van de la mano

Justicia

Por Luis María Serroels (*)

El ciudadano sigue creyendo –porque lo necesita y lo merece- en la Justicia. Se trata de ese valor trascendente que al decir de Montesquieu, “una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa”.

Mientras se desata una arremetida feroz contra el presidente del más alto cuerpo judicial del país por parte de la diputada Vanesa Siley, propiciando su juicio político, su par del cuerpo, el tránsfuga Leopoldo Moreau, amplió su medida a la totalidad de los cinco miembros del máximo tribunal. Mientras tanto ninguno de los dos se atreve a analizar públicamente la peligrosa posición en que se ubica Cristina Fernández, asediada por causas que han sido objeto del recurso del per saltum (instrumento procesal que posibilita a la Corte Suprema saltar las instancias intermedias). De allí la desesperación por una situación que, no pocos hombres de leyes, observan cercana a los juicios imposibles de evitar.

El magistrado Carlos Rosenkrantz ha sido anatematizado por no pocos que percibían un resultado catastrófico para los jueces, pero la resolución fue positiva para Pablo Bertuzzi, Leopoldo Bruglia y Germán Castelli. Pero no debe soslayarse el amplio y minucioso trabajo del procurador General de la Nación, Eduardo Casal, quien dictaminó que los tres magistrados federales debían continuar en sus cargos en los tribunales de Comodoro Py.

Lo que resulta indescifrable ante la opinión pública, es que mientras se debaten los procedimientos a la luz de los códigos y la Carta Magna, el centro neurálgico del Poder Judicial pareciera un cero a la izquierda ante la persona que debe rendir cuentas ante los tribunales como todo hijo de buen vecino y no reírse de las leyes. De todo se puede anoticiar todo el mundo, pero pareciera que nada de las causas judiciales K.

Debe haber  una persona –Aníbal Fernández- abogado y contador público cuya amplia preparación general y en especial política resulta innegable. Ha desempeñado infinidad de cargos gubernamentales y paralelamente en entidades sociales y deportivas. Sin embargo tiene una falla que no puede disimular: es muy mentiroso. Ello se trasluce cuando jura y re jura que Cristina Fernández de Kirchner jamás se apropió de un dinero ajeno salido del Estado y por ello sale a defender su honor. Con igual frescura señala que Mauricio Macri es el gran ladrón y Cristina jamás sustrajo un centavo indebido.

Es muy difícil hacer multimillonaria a una persona a partir de sus salarios de funcionaria oficial o abogada falsamente exitosa. Y a la vez revelarse que el diputado nacional Máximo Kirchner admita ser poseedor de un capital de más de 260 millones de pesos en dinero y bienes y el alto capital de su hija Florencia accedido sin trabajo alguno ni esfuerzo. Si el capital les fue heredado a ambos hijos ¿de dónde fue extraído sin mayores dificultades por su poseedora inicial?

Quien desee acceder a los mensajes televisados de alto voltaje dirigidos contra Cristina y el extraño giro copernicano de mayo de 2019 en tiempos de negociaciones por extrema necesidad, se explica por qué la política es extremadamente práctica y a veces permeable a las jugadas sucias.

Hemos dejado el espacio final para hacer algunas consideraciones sobre el latigazo histórico recibido por parte de quienes con temeridad no exenta de ridiculez se atrevieron a plantear un pedido de juicio político al presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, doctor Carlos Rosenkrantz.

Ya aludimos en nuestra columna a la diputada Vanesa Siley, militante del Frente de Todos. Se sabe que existe un plan siniestro destinado a desacreditar a figuras del poder judicial con la intención de limpiarle el camino a la vicepresidenta y evitar una acusación y juzgamiento en distintas causas penales.

Una de las trampas más difíciles aunque quizás la más apetecida, apunta a incrementar el número de ministros de la Corte con el objeto de asegurase al kirchnerismo una holgada mayoría y así salvar a Cristina Fernández de una segura condena.       

Nadie puede arriesgarse con mediana sensatez a lanzar infundios, mentiras y acusaciones hacia el presidente de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, si no hubiese de por medio una extrema necesidad de darle servicios a una vicepresidenta  altanera, arrogante y soberbia, precisamente quien tiene muchas cuentas por saldar y que sólo por el uso de los fueros aún no enfrenta a los jueces.

Al final, el doctor Rosenkrantz le advirtió a la legisladora Siley que “incurre en una equivocación fundamental: una cosa es un juicio político, que apunta a destituir a un juez por incumplimiento de sus deberes, y otra cosa es el juicio motivado por intereses políticos, sectoriales o de otro tipo. No he incumplido deber funcional alguno”.

Parece claro que Siley quedó en una posición de ridiculez, al igual que Moreau, al pretender arrasar con los cinco jueces de la Corte. Una fuente autorizada reveló que en Balcarce 59 nunca se habían tenido noticias previas ni pormenorizadas sobre jugada tan riesgosa. Ello equivale a suponer que detrás de este plan estuvo quien mayor preocupación guarda ante el riesgo de desandar el camino hacia una penitenciaría.

Y como colofón del comentario, mientras los Fernández, Massa, Moreau y otros danzan al compás de los desmemoriados, Cristina Fernández de Kirchner redondea su flamante rol de lo que siempre quiso ser y disfrutar. Emular al Rey Sol Luis XIV (1643), para transformarse en la Reina Luna, la autocrática, la versión del “Estado soy yo” (si la justicia se lo permite).

Como atemperando la furia de Cristina por los cortocircuitos de Alberto con Venezuela, el mandatario lanzó un brulote dirigido a la sociedad argentina al sostener que “Néstor Kirchner fue el mejor presidente que la democracia tuvo (…) nos cambió la vida a todos”.  Perdónalo Señor porque no sabe lo que dice.

(*) Especial para ANALISIS

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