Por Roberto Trevesse (*)
Hay días que me pregunto qué nos pasa en Paraná a los periodistas. ¿Nos olvidamos para qué estamos? ¿Dónde quedamos aquellos que teníamos una formación crítica, comprometida, de alternativa y que cumplíamos un rol de control sobre el poder público y privado?
Los jóvenes y no tan jóvenes periodistas de investigación que con un gran esfuerzo y sinsabores realizan su tarea con un alto grado de documentación, son muy pocos. ¿Por qué hay hoy una ausencia mayoritaria de periodistas que dejaron a un lado el valioso significado de nuestra tarea que es ejercer una herramienta de contrapoder articulada en torno al valor de la información como derecho de la ciudadanía y deber ineludible de los periodistas? Aunque les duela, debo decirles que “periodismo es publicar lo que alguien no quiere que publiques; todo lo demás son relaciones públicas” (George Orwell 1903-1950).
La credibilidad periodística sólo se construye en el ejercicio honesto y sistemático de la crítica y en la búsqueda de la verdad.
Está claro que aquí, en el país y en el mundo hay un “periodismo oficial” que se dirige desde el Estado, a veces con ciertas sutilezas y otras no tanto. Lo que antes se intentaba disimular o hacer, hoy lo vemos a la luz del día desde hace más de 30 años. Las grandes pautas publicitarias van a una red de empresas “periodísticas” que responden al gobierno de turno, ya sea municipal, provincial o nacional. Esta cadena de medios prospera con creces a la sombra del gobierno de turno.
Entonces, el periodista que trabaja en esa red, dejó de serlo para cumplir instrucciones como comunicador o animador o conductor o redactor de lo que debe decir o escribir. Y su opinión propia de la realidad: ¿Dónde quedó?
La gran mayoría de los lectores, radioescuchas o televidentes ¿No se dan cuenta? Tal es el grado de ignorancia que reina en nuestra sociedad por la ausencia de una buena educación en los estratos sociales más vulnerables y sin futuro, salvo vivir del diezmo del gobierno a cambio del voto cautivo. Parece que sí.
Es por eso que estamos equivocados cuando esta forma de ejercer la profesión, la denominamos “periodismo militante”, cuando en verdad es “periodismo oficial”.
Lo cierto es que el verdadero periodismo militante, tiene una larga tradición (siglos XVIII y XIX) y era el que cultivaban todos aquellos que, corriendo riesgos económicos y, muchas veces, políticos y hasta su propia vida, fundaban órganos de prensa para defender una idea, una concepción del mundo.
La cultura política occidental le debe muchísimo a ese periodismo que enriquece el debate ofreciendo una visión de la realidad desde un punto de vista explícito. Muchos diarios de antaño, nacieron al amparo de ese impulso, la mayoría de las veces para expresar a partidos políticos o núcleos ideológicos.
Sería engañoso para esa noble tradición, extender la calificación “militante” a diarios, radios, páginas de Internet o canales de TV que sólo se proponen como órganos de propaganda del gobierno de turno.
Queda claro que este último género se alimenta –en la actualidad- del dinero de los contribuyentes y en lugar de elaborar una imagen propia de la vida pública, reproduce la que le indican desde las oficinas de la burocracia. Para esta forma de divulgar los slogans del poder resulta mucho más ajustada la expresión “periodismo oficial”.
Por otro lado, en un párrafo del documento publicado por la Unesco este año, se ponen en perspectiva las diferentes formas de control sobre periodistas y medios de comunicación. Históricamente esas maneras se ejercieron a través de “la propiedad estatal de los medios de comunicación, así como a través de los magnates de los medios, los monopolios mediáticos, las interferencias de los anunciantes y la manipulación de las relaciones públicas”. Sobre esos mecanismos se identifican como preocupantes en el contexto actual el rol desempeñado por importantes empresas de Internet que “se han convertido en los principales responsables de contenidos periodísticos y culturales, y que algunas de ellas aplican modelos de negocio que han promovido la desinformación y el discurso de odio a costa de la prominencia del periodismo”.
A todo esto, la docente de Derecho Constitucional de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales de la UNL, Mariela Uberti, destaca que en nuestro país la libertad de prensa está consagrada en la Constitución Nacional de 1860, en los inicios de la Nación y afirma que “en un Estado democrático el valor de la libertad de prensa y de la libertad de expresión son innatos a la condición de la República. No se puede hablar de democracia y de libertades si este derecho fundamental no está presente”. En la interpretación de un derecho instituido en tiempos donde solo existía la prensa escrita, el Poder Judicial –y la Corte que es el intérprete final- han tenido que evolucionar en entender que ese artículo debía ampliarse a todos los medios de comunicación que existen hoy en día.
Considerando el desarrollo de nuevas tecnologías, Uberti valora que “amplían las posibilidades de expresión y permiten acceder a información del periodismo nacional e internacional, conocer distintas miradas sobre un mismo tema, ampliando nuestro horizonte y capacidad crítica”. Y advierte sobre la necesidad de valorar en este contexto a los medios de comunicación y el trabajo periodístico como transmisores “de un conocimiento con objetividad y rigor de investigación”.
En fin, solo sé que expresar lo que le dicen no es lo mismo que manifestar lo que uno cree. Por ello, en el primer caso es un comunicador y en el segundo es un periodista.
(*) Especial para ANALISIS





