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Veinte días o veinte años

Veinte días o veinte años

Por Antonio Tardelli (*)

Quien se aleja de la Argentina veinte días, según se afirma, a su regreso creerá que en ese tiempo han sucedido un montón de cosas.

Los hechos en la Argentina se suceden a ritmo de vértigo.

Pero quien se aleja veinte años, en cambio, comprueba que en realidad nada ha cambiado.

El país discute una y otra vez, en círculos que a ningún lado llevan, los mismos problemas de siempre.

Es lo que ocurre, una vez más, tras el enero extraordinario de este tiempo extraordinario.

Es lo que sucede cuando comenzamos a recorrer un año que, creíamos, nos permitiría enterrar la pandemia, el virus, la enfermedad; y en el que, nos anoticiamos, deberemos seguir conviviendo con ellos: que la vacuna recién será masiva el año que viene, que en diciembre sólo el 10 por ciento de la población mundial estará inmunizada, que las desigualdades globales se replicarán particularmente en este punto y que fabricar de golpe y porrazo miles de millones de vacunas comporta complejidades que no producir de golpe miles de millones de calzoncillos.

Que los gobiernos del mundo, todos ellos y el argentino en particular, nos corren la cancha, nos alejan el arco y nos anestesian con promesas que, saben, no pueden cumplir, pero que bien funcionan como opio tranquilizador.

Que en la Argentina los hechos se suceden rápidamente lo demuestra, por caso, el hecho de que desde la sidra de diciembre hasta hoy los combustibles aumentaron ya tres veces. Y sin que los otrora comprometidos de los cartelitos –los que en otro tiempo nos decían con qué se podían meter los gobiernos y con que no– digan ni mu.

Que debatimos sobre lo de siempre lo ejemplifica bien el hecho de que discutimos sobre gobiernos patrimonialistas del interior argentino: anteayer, Catamarca; ayer, Santiago del Estero; hoy, Formosa.

Y que los denunciadores de ayer, hoy funcionarios, se muestran ahora como brillantes justificadores.

O que discutimos impunidades, que podrían adoptar la forma de indultos o amnistías.

Indultos para la corrupción, anticipó el Presidente y repiten sus subordinados, no habrá.

Ahora, de amnistías, bueno, de eso se puede llegar a hablar.

De nuevo un tema argentino nos demuestra que los sucesos de la historia se producen dos veces: primero como tragedia, luego como farsa.

Ayer las amnistías (es cierto, extendidas) se pensaban para los que habían empuñado las armas para resistir las tiranías, transformar el mundo y soñar con la revolución.

Hoy se piensan para liberar ladronzuelos, corruptos, personajes de escasa envergadura histórica, pillos devenidos en funcionarios inescrupulosos.

Es notable: los oficialistas insisten con que hay presos políticos.

Como en la época de Macri Basura Vos sos la Dictadura.

El problema de los oficialistas es que ahora gobierna un gobierno propio.

Y no se puede denunciar que el Parlamento o el Ejecutivo mantienen presos políticos.

Hay presos políticos, entonces, de los poderes de facto.

El poder real, se argumenta ahora, es el responsable de las persecuciones que acaban en prisión.

Es el poder real el que mantiene cautivos a los compañeros.

Notable: la Corte Suprema y el poder económico (Lorenzetti y Magnetto pongamos) coinciden en poner a funcionar el aparato institucional, de jueces y de celadores, de fiscales y de magistrados, de celdas y de banquillos, para perseguir a quienes luchan contra el orden establecido.

Es el lawfare, mas ya no macrista; el lawfare, poderoso, persiste en el tiempo y atraviesa los recambios institucionales.

Sobrevive incluso en el gobierno del Frente de Todos.

Se ha dicho que las críticas al Poder Judicial caen relativamente bien entre la población porque la ciudadanía en general descree de su funcionamiento transparente y objetivo.

Pero descree, en realidad, por razones distintas de las que esgrimen quienes denuncian lawfare y otras yerbas.

El problema del Poder Judicial no es que persigue víctimas políticas; es que garantiza la impunidad.

Todo lo contrario de lo que se argumenta desde la política sospechada.

Pero ese sentimiento cabalga y persiste: kilos de bolsas de residuos se arrojaron impunemente ante los tribunales porteños en el verano porteño.

Gobierna, dice un poder que se admite formal, el poder real.

El aparato del Estado, manifiestan quienes se sienten y se perciben transformadores, nada puede hacer frente a los poderes fácticos.

Es notable: llegan al poder pensando que el poder lo es casi todo.

A su consecución dedican mas tiempo, más esfuerzo y más inteligencia que a cualquier otra cosa. Incluso, que a transformar el mundo.

Todo ello para comprobar finalmente, con cristiana resignación, que el poder real sigue estando en otro lado.

Y que no se puede luchar contra él.

Pero no es más, sin embargo, que otra trampa retórica.

Otro artilugio viejo, conocido, reiterado, que a lo largo del tiempo solo cambia de estilo o de matices.

Tiene décadas y exponentes.

Tiempo y beneficiarios.

Porque la impunidad beneficia a gente de carne y hueso.

Tan viejo es el artilugio que nos recuerda, arrancando hoy el mes de febrero, que en veinte días suceden en la Argentina muchas cosas y en veinte años, en realidad (¡cuánta tristeza!) no cambia absolutamente nada.

(*) Periodista. Especial para ANÁLISIS.

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