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Argentina dual

Por Sergio Dellepiane (*)

La crisis actual que estamos atravesando, se me presenta como una dicotomía entre el elevado costo de una Argentina subsidiada; y el aporte, decididamente insuficiente, que hace la Argentina productiva.

Son dos Argentina las que conviven, no superpuestas, pero en parte solapadas, sobre un mismo territorio soberano.

La que produce, es la del esfuerzo cotidiano, la que arriesga, aquella que nos legaron quienes nos precedieron.

La que es subsidiada, comprende al inconmensurable aparato estatal, excepción hecho de las funciones indelegables; y a todo aquél que por su intermedio recibe algún tipo de bien económico. Hoy 6 de cada 10 habitantes recibe dinero del estado, o lo que es lo mismo, de los contribuyentes.

La Argentina productiva; a través del sistema tributario, que de recaudatorio está a un paso de convertirse en confiscatorio; provee los fondos que permiten financiar, aunque cada vez en menor proporción, a la Argentina subsidiada.

Hace mucho tiempo que lo recaudado por impuestos no alcanza para cubrir los gastos y las necesidades, cada vez mayores y más urgentes, de una mayor proporción de nuestra comunidad organizada.

Lo que falta se cubre tomando deuda, que alguien deberá hacerse cargo de cancelar en el futuro, pero que hoy pasa a engrosar la voluminosa lista de acreedores que sólo pueden aspirar a refinanciar vencimientos presentes por promesas de dudosa credibilidad, a juzgar por nuestros reiterados incumplimientos del pasado reciente y no tanto.

Parches insustanciales sobre un agujero negro.

Con el paso de los años, la Argentina productiva se ha ido reduciendo sostenidamente y la Argentina subsidiada ha multiplicado su tamaño a mayor velocidad; empujando a ambas a la actual crisis económica y social, cuyas dimensiones reales, aunque pretendan cuantificarse, permanecen desconocidas o convenientemente soterradas.

La alternativa más razonable, según mi criterio, es la de aplicar el Manual Básico de Macroeconomía, cuyos preceptos más elementales indican la necesidad imperiosa de establecer una hoja de ruta que incluya la estabilización macroeconómica como objetivo fundamental, haciendo todo el esfuerzo posible por alcanzar, al mismo tiempo, equilibrios en lo fiscal, monetario y cambiario.

El “vamos viendo” se asemeja más al “nos vamos hundiendo” que al “vamos haciendo lo que tenemos que hacer”.

Esta actitud de mantenerse a flote mientras se pueda, demuestra que quienes adhieren al modelo de Argentina subsidiada, han descartado de plano, como posibilidad alternativa, la aplicación de lo que la ciencia económica tiene sobradamente demostrado y ha resultado eficaz para abandonar el estado de declinación y dejadez, que domina el presente cotidiano.

Otra opción es la de agigantar, sin limitaciones ni pudores, el programa de expansión de gastos de los dineros públicos, para distribuirlos entre los sectores sociales más desfavorecidos y a algunos, entre privilegiados y/o exceptuados de todo esfuerzo, que se exige a comunes mortales.

Consecuencias palpables a la vista. Más pobreza, miseria y marginalidad. Cooptación de voluntades a cambio de migajas entregadas a cuentagotas, sin contraprestación. Camino de una sola vía. Dependencia de por vida de la Argentina subsidiada, hasta que no haya quien subsidie.

Argentina productiva estrangulada. Retracción de la oferta disponible hasta su mínima expresión. Por desidia, impericia o malicia. Caída estrepitosa del ingreso individual y general. Intercambios de ocasión y por extrema necesidad. Los que puedan reflotarán la economía familiar del autoabastecimiento y el autoconsumo. Retroceso social a estadíos de organización preindustrial. La supervivencia del más apto.

Triste y doloroso final para la nación que supo ser reconocida como “el granero del mundo” con moneda más poderosa que el dólar a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.

Ante esta dicotomía del desequilibrio sólo caben dos alternativas. O se incrementa el canal recaudatorio ya que dineros foráneos no nos ofrecen; o se reduce drástica y dramáticamente el gasto improductivo del estado.

En el mundo, los sistemas impositivos están concebidos para obtener recursos sin ahogar el capital productivo y preservar los patrimonios. Su fin es mejorar el bien común, pero buscando que las sociedades no se descapitalicen.

Con necesidades acuciantes y demandas sectoriales más urgentes que importantes, los gobiernos, en el afán de recaudar, dejan en el olvido uno de los fundamentos económicos básicos: Como la masa recaudatoria va al gasto; si se grava el stock de capital para alentar el consumo, el patrimonio de la comunidad disminuye.

Los efectos no deseados de este yerro distributivo se visualizan en los hechos: Patrimonios que huyen despavoridos hacia dominios fiscales menos voraces. Empresarios que van a desarrollar sus negocios a otras latitudes con sistemas tributarios más tolerables, sin el tembladeral inflacionario ni restricciones para la dinámica del comercio internacional, sin extorsiones sindicales y con el plus de cierta normalidad en cuanto a seguridad jurídica.

El tercer efecto, se me aparece como el peor de todos. Nuestros jóvenes, formados en el país, comienzan a pensar seriamente en abandonar su tierra en búsqueda de un provenir, que su patria, la que invirtió en ellos, no puede asegurarles.

La diáspora comienza a edificarse no solo en las mentes de quienes se ven perjudicados por este nuestro presente, sino con aquellos en quienes hemos depositado la esperanza de un futuro mejor. Nuestros hijos.

Nada podremos hacer si el único horizonte posible que visualizan es caer en el espiral descendente y degradante de la mediocridad. Sin trabajo, sin justicia, pero sobre todo sin esperanza y lo que es peor aún, sin libertad.

(*) Por Sergio Dellepiane es docente.

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