Por Sergio Dellepiane (*)
¿Qué es la pobreza? Una mirada simplista me dirá que es no tener dinero en el bolsillo para pasar este día ¿Y el siguiente? Ya veremos o alguien ¿Dios? proveerá. Pero la pobreza estructural que nos exige una mirada más amplia y profunda, se define por la falta de acceso a bienes esenciales como el alimento y abrigo; y a servicios tan básicos como el agua potable, vivienda digna, cloacas y, donde fuera posible, energía eléctrica y gas.
Estas carencias tan elementales impactan no sólo en el desarrollo de quienes resultan afectados directamente, sino también en el crecimiento y progreso del país todo. Es nuestro futuro el que está en juego.
Aunque moleste, duela y perjudique; a la verdad no sólo hay que conocerla y aceptarla, también hay que declamarla. Venimos, como sociedad, sufriendo un sistemático proceso de deterioro de nuestra calidad de vida. Al menos llevamos ochenta años transitando el despeñadero que nos aleja del mundo desarrollado y nos acerca al de los países con mayor deterioro en las condiciones de habitabilidad de su territorio soberano.
Resulta sencillo reconocer que la matriz social sufrió un grave resquebrajamiento en la crisis sufrida a principios de este siglo. La respuesta que se generó, esa costumbre tan nuestra de “atar todo con alambre”, hoy resulta decididamente insuficiente.
En estos primeros veinte años, el estado duplicó su estructura y, a juzgar por lo que vemos día a día, no se han podido resolver de modo satisfactorio y definitivo, ninguno de los problemas más acuciantes. Algunos, incluso, se han agravado.
El más nuevo, de los viejos conocidos, es el salto a un nuevo escalón, más amplio y profundo, de los niveles de pobreza e indigencia a nivel país. Hoy, uno sólo de cada cuatro niños se alimenta con todas las comidas cada día. Tres de esos niños no logran hacerlo (ODSA – UCA, mayo 2021).
En retrospectiva, durante la década de 1970 y a principios de la siguiente, la pobreza aparecía en el radar estatal, pero no de un modo angustiante como en la actualidad. Apenas rozaba los dos dígitos (10%). Como tal no representaba una preocupación. Hoy supera el 45% de la población del país. Hemos naturalizado su existencia. Es un emergente más robusto pues incluye el tema de la educación. Como camino de inclusión y facilitador de la igualdad de oportunidades, la escolarización, ya había perdido su rumbo con el retorno a la democracia. Se alteró su estructura originaria, modificando sus prioridades, dejando de ser el ámbito del saber y, en varias locaciones, hasta dejando el de “ser”. Se transformaron en ámbitos de contención y subsistencia. Debieron suplir tanto carencias alimenticias como afectivas. Así ocuparon casi todo su tiempo en apuntalar lo debilitado y resquebrajado de las relaciones humanas fundamentales. Cuándo y dónde se pudo, se intentaron incorporar contenidos mínimos y desarrollar algunas habilidades cognitivas. Aprendizaje a cuentagotas. Fragmentado y endeble.
Al combo lo completa una sociedad fracturada y una matriz productiva cada vez más debilitada. Titánica tarea la de intentar absorber los casi cinco millones de personas que quedaron desocupadas a fines del 2001. A partir de este cuadro se pensó y se actuó convencidos que la única respuesta posible pasaba por empoderarlos como consumidores vía el asistencialismo del estado. Esta metodología que aún subsiste, todavía contiene, pero degrada. Si bien los más desfavorecidos y desamparados reciben lo que los mantiene, por el momento; la clase media baja se debilita cada vez más. Siente perder, a cada paso, las perspectivas concretas de reinserción laboral. Tampoco encuentra vías compatibles con sus necesidades de poder canalizar la frustración que se apodera de sus vidas y de la de su entorno más cercano.
Este mecanismo, empleado, abusado y aprovechado por políticos inmorales, intermediarios inescrupulosos y empresarios prebendarios, también ha alcanzado el límite de lo tolerable. A pesar de todo esto nos encaminamos, sin prisa, pero sin pausa, hacia un nuevo escalón al abismo, anclado actualmente en el 40% de pobreza estructural. La malla de prevención y contención para situaciones críticas ofrece claros síntomas de saturación.
Los gobiernos han sabido otorgar tantos planes de asistencia como excluidos han ido generando sus ineficaces políticas públicas.
El sistema social, en el que nos movemos y existimos, no logra generar los ingresos necesarios para garantizar la reproducción simple de la comunidad, sino que ha iniciado el proceso de consumir algunos de sus activos más valiosos, para no entrar en colapso. Vocación de servicio, cohesión social, estatura moral, justicia independiente; que integran nuestro capital social, también han comenzado a devaluarse.
El resultado está a la vista. Empobrecimiento estructural que nos deja, al término de cada crisis, en condiciones más débiles para iniciar la recuperación. El brutal empobrecimiento general es siempre creciente y acumulativo.
La autofagia social no se detendrá neutralizando, reprimiendo o marginando a quienes demandan el derecho a progresar que ofrece nuestra Constitución Nacional; sino multiplicando y distribuyendo equitativamente las capacidades de desarrollo humano y de integración social.
Encontrar la salida exige no equivocar el diagnóstico acerca de por qué estamos como estamos y coordinar los esfuerzos para alcanzar las soluciones que nos devuelvan la dignidad extraviada, mejores condiciones de vida y la esperanza de un futuro creíble y alcanzable.
La mayoría de estas tareas corresponden al, todavía inimputable, campo de la política y sus representantes; otra buena porción les cabe a los administradores de justicia; y las menos, aunque no exculpatorias, a cada uno de nosotros, “en su justa medida y armoniosamente”.
Sin combatir al capital. Por supuesto.
(*) Sergio Dellepiane es docente.





