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El filo de la decisión y el doloroso ridículo de las fiestas en pandemia

Por Isidro Goicoechea (*)

El Derecho no es una forma de ejercer el poder, sino, de limitarlo.

Fue en aquella sobremesa de domingo que nuestro abuelo nos enseñó uno de los logros evolutivos de la cultura jurídica occidental, justo cuando con mis primos nos disponíamos -belicosamente- a comer las manzanas de postre. Inmediatamente, con su sabiduría criolla, invocó la regla según la cual: quien parte la manzana nunca elige primero.

Sin saberlo en ese momento, estaba viviendo el primer aspecto de uno de los inventos más formidables de la humanidad, el “Principio de legalidad”. La genial idea consistente en que quien impone la norma queda sometido a ella, fue lo que posibilitó el surgimiento de otras ficciones grandiosas, tales como la noción de la “ciudadanía” y del mismo Estado de Derecho, primero legal y luego constitucional.

La existencia misma del ordenamiento jurídico se basa en esta idea programadora: aquel que decide es el primero que se somete a esa decisión, lo contrario es privilegio y abuso.

Han sido muchas las decisiones amargas que en tiempos de pandemia se han tomado por todos los poderes públicos y por las instituciones que han debido aplicarlas a la población. Ello ha conducido a alterar, en la urgencia epidemiológica, espacios de libertad que son constitutivos para la ciudadanía.

A pesar de lo formativo que resultó resolver aquella pelea con mis primos de una manera jurídica, recién en estos días aprendí que apartarse del elemental “Principio de legalidad”, conduce a un doloroso ridículo, no solo de quien usa el privilegio y abusa de su posición de imponer las normas, sino también, de todos aquellos otros que, a partir de aquel corte, han decidido y se han sometido al propio filo.

(escrito, en relación a la fotografía del cumpleaños de la primera dama, en la Quinta de Olivos, en julio del año pasado, en plena pandemia y restricciones, que tanta conmoción e indignación provocó en la opinión pública)

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