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La clase política debería saber que nada es para siempre

Por Roberto Trevesse (*)

Por un lado, el Senado de la Nación sancionó por amplia mayoría la ley que permitirá al PE rubricar el acuerdo con el FMI y por el otro, en la misma sesión, la vicepresidenta estuvo 20 minutos conduciendo, luego se ausentó por 5 horas, regresó y estuvo otros 20 minutos para retirarse y no presenciar el resultado adverso de la votación. Nunca le gustó perder y su personalidad, no acepta ser derrotada, con el agravante que ella parece que está más allá de todo.

Sin embargo, es cierto que se trata de un acuerdo que condiciona cualquier gestión de gobierno, inclusive a futuro. Sufriremos un ajuste que quizás no tenga antecedentes históricos por su magnitud, con el gran riesgo, o la certeza plena que aumentará la pobreza, mucho más de lo que ya es.

Está claro que no podemos ir a un default, pero en vez de pagar los platos rotos la deprimente clase política, la paga el pueblo, cuya mayoría no entiende nada.

Habrá que ver cómo se plasma en la realidad cotidiana que, sin un ancla cambiario ni tarifario, ni límites estrictos a la emisión monetaria, la inflación no solo puede aumentar, sino que se puede acelerar.

El relevamiento de expectativas de mercado arrojó un estimativo de inflación superior al 55% para el 2022, lo que nos convierte –lamentablemente- en campeones mundiales de soportarla durante décadas (con leves respiros para recuperar fuerzas) y en generar –aceleradamente- mayor pobreza en la Argentina, a límites inimaginables.

Es verdad que no nos queda otra, pero pregunto ¿estamos dispuestos en forma proporcional a nuestras responsabilidades, derechos y obligaciones, a cumplir con el acuerdo?

Lo cierto es que vivimos una asfixiante inestabilidad y una tremenda desconfianza institucional. ¿Queremos cambiar entre todos o estamos tirando la pelota para adelante? La verdad es que podemos terminar en un desastre social.

Los argentinos tenemos poca memoria, según sea el color que nos gobierne. Raúl Alfonsín se tuvo que ir cinco meses y medio antes de finalizar su mandato de seis años. Fernando de la Rúa por una crisis de menor magnitud que la actual, fue empujado a abandonar el cargo, dos años antes.

Nos queda Mauricio Macri, de flojo desempeño que completó los cuatro años con la soga al cuello. En 38 años, todo lo demás fue y es peronismo.

El pueblo argentino, simpatizante de cualquier partido político o frente perdió su empatía con los gobernantes y cuando le toca ir a votar, lo hace por lo que considera el menos malo.

Es tal el reino del revés que el federalismo no solo no es ejercido por los mandatarios, sino que es una parte de la letra muerta que tiene nuestra Constitución nacional.

Esto último significa que casi todas las provincias dependen de la chequera del gobierno nacional. Lo peor es que a la oposición no se le mueve un pelo, en lograr un coparticipación justa y equitativa.

¿Cómo puede ser que tengamos un país sin un plan de gobierno de cuatro años? Ni siquiera anual. Se aferran al dicho “se va haciendo camino al andar”.

Por otra parte, no hay cambios en la acumulación de capital, el camino fiscal será muy difícil de cumplir en el corto plazo y se sobreestima el crecimiento real.

Con las supuestas “buenas intenciones” no hay chances de salir del atolladero ya que hacer un plan de ajuste en este presente gris con un presidente débil, cuya “jefa” no le atiende el teléfono, es literalmente suicida.

Nos preguntamos ¿qué va a pasar con los salarios, con la pobreza, con nuestras Pymes y con nuestro mercado interno?

Es demasiada la impericia del actual presidente. Nos afecta a todos, propios y extraños, con el agravante que se siguen nombrando funcionarios en distintos niveles de gestión, quienes, por su parte, nombran familiares.

El presidente no tiene plan, no tiene brújula, no tiene diálogo con la vicepresidenta, no tiene coherencia ni con sus propios dichos, a tal punto que de un día para el otro se desdice de sus opiniones.

Es lamentable, pero cierto, Alberto Fernández no pudo, no supo o no quiso construir el poder político necesario para gobernar sin ataduras, a todos los argentinos. Ya pasaron 27 meses, lo que significa que ya es tarde para enderezar el barco.

La realidad que, desde el 10 de diciembre de 2019, el dólar tuvo una suba del 188% y la inflación asciende a 128% sin contar marzo corriente.

Por lo tanto, el “albertismo” no construyó poder para tratar de gobernar cuatro años más, Cristina y La Cámpora han perdido mucho terreno, por lo que necesitan tiempo para reagruparse y la oposición tiene no menos de 6 precandidatos a Presidente.

Como dijo alguien, los que se dedican a la política buscan llegar al gobierno para llegar al poder y no para solucionar los graves problemas de los argentinos.

Nuestra constitución nacional contempla para saber la opinión de la ciudadanía, distintos instrumentos que son El referéndum, la consulta popular y el plebiscito.

Por caso su artículo 39 expresa que “La soberanía nacional reside esencial y originariamente en el pueblo. Todo poder público dimana del pueblo y se instituye para beneficio de éste. El pueblo tiene en todo tiempo el inalienable derecho de alterar o modificar la forma de su gobierno”.

Además, el artículo 40 señala que “El Congreso, a iniciativa de la Cámara de Diputados, podrá someter a consulta popular un proyecto de ley. La ley de convocatoria no podrá ser vetada. El voto afirmativo del proyecto por el pueblo de la Nación lo convertirá en ley y su promulgación será automática”.

¿Por qué el poder político no usa estas dos herramientas? No sabemos, pero dejarían de perder el tiempo con promesas y anuncios rimbombantes incumplidos.

Basta de intermediarios con un cheque en blanco eterno. Estos algo más de 38 años de democracia han marcado un retroceso histórico innegable, perjudicando al pueblo argentino para beneficio de unos pocos.

La clase política ya debería haber aprendido que nada es para siempre…

(*) Roberto Trevesse es periodista de Paraná.

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