Por Ana Laura Banega (*)
Recuerdo que, cuando tenía ya edad de empezar a tomar conciencia sobre las cosas que sucedían a mi alrededor, mi abuela repetía para estas épocas donde el frío suele aparecer repentinamente: - “Sopla viento Sur”.
También para estas épocas del año, cuando el viento Sur empezaba a soplar, las seños del cole escribían, con mayúsculas de tiza en el pizarrón: MALVINAS. Todas las tareas, antes y después del 2 de abril, se relacionaban con esas Islas donde hace tanto frío, donde viven los pingüinos magallánicos y anidan toda una serie de aves únicas por su resistencia al clima hostil.
Para Biología: “¿Qué animales encontramos en las Islas Malvinas? Para Geografía: “señalar las Malvinas en el mapa”. Para Cs. Sociales: “Haz una entrevista a tus padres o abuelos. ¿Qué recuerdan de Malvinas?” Es preciso decir que siempre disfrutaba las tareas de Cs. Sociales. Y, al preguntar por Malvinas, me encontraba con algo nuevo en cada año escolar que pasaba.
En la actualidad, cuando arriba este viento otoñal, llega cargado de un reclamo que cumplió en enero su 189° aniversario. Cuando llega, toca la memoria colectiva argentina y nos remite inmediatamente al 2 de abril del ’82, con una Plaza de Mayo colmada de un pueblo que, ya derrotado por el proceso, refugiaba su esperanza en los barcos que zarpaban rumbo a Mar Argentino.
A 40 años del conflicto del Atlántico Sur, encuentro en los libros de historia la desafortunada expresión que tuviera Alain Rouquié en una de sus visitas a nuestro país. “Es necesario desmalvinizar”, decía Rouquié, señalando que la guerra sucedida entre nuestro país suponía una amenaza a la institucionalidad, dado que había tenido lugar durante la última dictadura militar.
Digo que fue una expresión desafortunada porque, lejos de velar por la institucionalidad de nuestro país, la desmalvinización operó desde el olvido.
Olvidó las causas profundas que afirman a las Islas Malvinas, argentinas; olvidó el reclamo por la soberanía de los territorios del Atlántico Sur, que se sostiene ininterrumpidamente desde 1833; olvidó a nuestros excombatientes y veteranos de 1982, sumiéndolos en silencios dolorosos que aún hoy nos cuestan la vida de muchos de ellos y ellas.
Por cuestiones de fortuna, también, la construcción de la memoria colectiva es siempre social, y gran parte de esta sociedad argentina ha decidido actuar “malvinizando”. Por ello quiero dejar algo en claro.
Cuando malvinizamos, no llevamos adelante un ejercicio contrario a la desmalvinización; llevamos adelante lo opuesto a la pérdida del sentido. Cuando malvinizamos, llegan los vientos del Sur y alinean nuestras brújulas personales con la búsqueda de un país verdaderamente soberano, íntegro territorialmente y justo en sus reclamos más fundamentales.
Este 2 de abril 2022, nos toca seguir malvinizando para recuperar el sentido. Fuera de las discusiones cotidianas sobre las problemáticas estructurales, que en términos económicos y políticos asedian a nuestro país, esta fecha supone un ejercicio reflexivo que ya no nos pregunta “¿Qué sucedió en las Islas Malvinas en 1982?” sino que nos requiere saber “¿Quiénes somos hoy frente a Malvinas?”
Este 2 de abril de 2022, la esperanza encuentra refugio en otro lugar. En las historias de un abuelo, en las miradas de los excombatientes y veteranos, en alguna tarea que algún hijo o hija tiene que hacer para el próximo lunes. En la mirada de las madres de los soldados “sólo conocidos por Dios”. Y, a fuerza de viento Sur, sabemos que la recuperación de nuestras Islas Malvinas ya no forma parte de esa esperanza: es un destino.1
(*) Especial para ANÁLISIS. Coordinadora Región Mesopotámica de la Red Federal de Estudios Sobre Malvinas “REFEM 2065”
1) “Su recuperación no es una esperanza, sino un destino” es una frase del diplomático Juan Archibaldo Lanús, estudioso de la Cuestión Malvinas.





