Por Roberto Rodríguez Vagaría (*)
La justificación política de Juntos por el Cambio excede a los propios partidos que la componen. Nace más que nada por la crisis ideológica del justicialismo y la acumulación de errores graves de la gestión de ambos Kirchner.
La lucha política por administrar el país tiene un plexo ideológico programático, un afán frentista y una decisión de poder en el que Juntos por el Cambio cabe en la Constitución, y el Frente de Todos, cada vez menos. He ahí la gravedad de la hora.
Juntos por el Cambio trata de armar un frente que crezca y no de crear la impresión de refundar un partido que se agranda. Requiere de una idea del poder que afirme criterios convergentes, más que la insularidad orgullosa de cada partido con sus consignas.
Los partidos de un frente tienen que agotar los caminos de la síntesis política si desean poder para administrar. Porque cuanto más partidista sea el esfuerzo por reafirmar la identidad de cada uno, menos criterios convergentes podrían tener con las otras fuerzas.
Los frentes son pensados para favorecer el fortalecimiento de los eslabones más débiles del grupo y profundizar las coincidencias sensatas en la coyuntura. Si 2015 tradujo una adhesión política al Pro de las fuerzas opositoras, 2022-23 demanda aglutinarse alrededor de lo que espera la gente dentro de las posibilidades reales del país. Este un tema que se resolverá por vía de qué programas y qué candidatos los encarnarán.
El poder posible para un frente programático como Juntos por el Cambio es un equilibrio entre lo que la sociedad comprende y lo que está dispuesta a apoyar con compromiso, y un bloque político que la exprese. Ese liderazgo, necesariamente compartido, atrae también a otros actores, aliados progresivos que se suman en la medida que vean a sus dirigentes entrenados en la convergencia y no en el egoísmo personalista.
Un frentista sustituye sus proclamas de origen por soluciones creíbles traducidas en razones de programa. Un buen camino es explorar que las fórmulas sean de carácter mixto entre sus partidos; no entre idénticos, sino entre dirigentes sintetizadores de la imagen de Juntos por el Cambio y de esta alianza con la sociedad.
En un frente que aspira al poder, la coherencia debe hacer que relato y programa coincidan. Si, por dar un ejemplo, el radicalismo y el Pro confieren primacía a los alardes partidistas, van a confundir a los otros socios y a los votantes. Máxime en una sociedad que se ha vuelto más independiente, más observadora y más cambiante.
Quienes teorizan sobre un frente amplio, como es Juntos por el Cambio, se han opuesto a la membresía de un Partido Redentor en su seno, que interpela a su liderazgo. La experiencia europea y nacional propicia construir con cuidado la argamasa de sostén ante las tormentas inevitables. No se trata de inhibir la militancia radical, el entusiasmo del Pro o de la Coalición Cívica y los aliados justicialistas, pero a nadie se le debe nublar la vista ante el objetivo supremo de la unidad.
Si recurrimos a la teoría del poder para valorar a los partidos de menor caudal, vemos que en la comunidad internacional Estados vulnerables se tornan poderosos con la sola elección de alianzas.
La Argentina es un Estado débil y pendular y su sociedad así lo percibe. Por eso alienta la oportunidad de un frente que se identifique con aquello que es exitoso en países desarrollados.
El mundo acaba de cerrar una época de certezas iniciada en 1945, embarcado en una globalización marcada por la disolución de la Unión Soviética en 1991 y la nueva matriz capitalista de China desde los 90. La brutalidad inexcusable de Rusia con Ucrania nos introduce en una neoglobalización discriminada por un componente ideológico de acreditación democrática, ineludible para nuestra política exterior, que exige una Argentina previsible, realista, competitiva y confiable. Temática que Juntos por el Cambio debe abordar como cuestión programática. Comenzar por allí el fortalecimiento de Juntos por el Cambio tal como hicieron otros en su tiempo: Roca, desde 1898 a 1904, y más adelante, Alvear. Reflejar lo internacional en la política interior, como fórmula de acuerdo suprapartidario.
En un país sitiado y agónico, la oposición no tiene un partido mayoritario líder, sino un frente en construcción para enfrentar al oficialismo. Tiene una responsabilidad mayúscula ante la sociedad, que espera terminar con la decadencia. También, un compromiso con la democracia y la Constitución, que ya es un programa en sí misma.
(*) Dirigente radical, académico en relaciones internacionales - Publicado en La Nación





