Por Carmen Ubeda (*)
Ejemplo de rara contradicción resulta ser la convocatoria del ministro Sergio Massa para el otorgamiento de 70.000 becas a interesados en especializarse en programación digital. Casi simultáneamente, había anunciado los recortes en cada una de las áreas del Estado. Encabezaba este recorte, el Ministerio de Educación y, específicamente, lo destinado para informática. Frente a lo dicho, huelgan más palabras, pero lo que resulta difícil de comprender es su razón. No toda contradicción implica un sinsentido. Este no es el caso. Es igualmente extraño que, habiendo repertoriado durante un lapso importante las secciones de opinión de los medios más destacados, no se encontraron columnas dedicadas a analizar tal sinsentido. La pregunta es ¿habrá una diferencia sustancial entre la erogación relativa a las becas y el recorte general? De cualquier manera, se impone una evidencia: la entrega de material informático por parte de la gestión presente estaba destinada a todos los establecimientos y los alumnos que carecían de ella. El razonamiento es claro. Por un lado, se recorta y se deja de invertir en tablet, en netbook, en insumos informáticos para los sectores más necesitados de la educación y, al mismo tiempo, se otorgan becas para alumnos aventajados en el tema. La sucesión de anuncios no solo contradictorios sino contarios, como se dijo, es constante: Massa contradice a Massa, Perczyk contradice a Massa con el anuncio de aumento para Educación en el nuevo presupuesto, Massa refrenda a Massa, Alberto Fernández contradice a ambos. La contradicción entre dichos y hechos es constante. El juego de actores, sorprendente.
A menos que exista un equívoco en la comunicación o en lo decodificado, lo que se entiende es un inaceptable acto de discriminación (¿recorte en informática y creación de becas en informática?). Palabra repetida hasta el hartazgo por los distintos voceros del Gobierno nacional y de este signo político. Si alguna injusticia se atribuyen haber venido a sanear, es la de la discriminación. ¿Ironía, paradoja, cinismo? ¿Qué opina el ciudadano común?, si es que se interesa por el destino del país y de las generaciones futuras. Una pregunta muy difícil de responder ya que, a fuerza de verdad, los interesados en la educación son excepciones. Mientras, los padres expresan preocupación solo cuando no saben dónde “depositar” a sus hijos en días de paro o de otras interrupciones escolares. Es cruel, pero es cierto (resultado de la aplicación de focus group en reuniones de padres).
Resumiendo, Sergio Massa recorta ostentosamente informática en el presupuesto educativo. Sergio Massa otorga becas en programación con un encomio edulcorado sobre la economía del conocimiento. ¿Quiénes podrán acceder a las becas con esas especializaciones e integrar la economía del conocimiento? Los aventajados del sistema, de la sociedad y de la economía. La explicación tiene un solo nombre: injusticia, otra palabra con la que parece que se hicieran buches (todos saben el destino que tiene el contenido de los buches…). Y ante esta injusticia que ni el Ministro ni el Presidente ni la vicepresidente y sus adláteres parecen detectar o miran para otro lado, el gobernador de Santa Fe viene a salvarle las papas al nuevo ministro de Economía. El contador Omar Perotti llevó como bandera de campaña, promesa y propuesta la Ley de Conectividad, cuya sanción se logró tomando, al mismo tiempo, un abultado préstamo para equipamiento. Simultáneamente, el mandatario provincial presidió hace pocos días la distribución de más de 5.000 netbooks y tablets en nuestro territorio. ¿Había en la Nación exceso de stock sin distribuir y sin realizar las necesarias instalaciones? La deuda tomada por el gobernador de Santa Fe de más recursos propios salvaron las imprudencias del gobierno nacional ya que, obviamente, adquirió máquinas “a tontas y a locas” sin la infraestructura necesaria y aun repartiéndolas hasta en lugares donde no había energía eléctrica. Es histórico y actual ubicar a la Región Centro a la vanguardia de algunas realizaciones que los distintos gobiernos centrales no alcanzaron a concretar. Entonces, vendría muy bien el chiste expresado por algunos conductores de medios capitalinos sobre darle el carácter de “República Separatista” a la Región Centro (Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba). El elogio sobre la gestión santafesina en educación se ve opacado por el enfrentamiento entre los sindicatos y la administración del área. Causales muy difíciles de detectar en ambas partes. Se reúnen indefinidamente en diálogos sin resultados y mientras unos desconocen la palabra y el compromiso de la administración, la otra da pocos indicios de ceder. Lo cierto es que el sindicalismo docente santafesino no encabeza la ética del respeto. En todos los niveles, ofusca la actitud meramente declaratoria en un área decisiva para el país.
Más allá de la conectividad
Sin embargo, hay vida más allá de lo digital. Anterior y posterior. Los sistemas educativos no deben suponer que todo proyecto termina con la red de redes y que ésta viene a salvar la educación de nuestros chicos. El juicio positivo que se ha expresado sobre el accionar del gobierno de Santa Fe no lo excluye de una deuda intangible con la educación. Urge revisar el proyecto educativo global que se viene emparchando desde principios de la democracia hasta nuestros días.
Si retomamos la ocurrencia porteña de llamarnos “República Separatista”, Santa Fe, Entre Ríos y Córdoba han sido históricas pioneras: Córdoba “la docta”, por su universidad y excelencia; Entre Ríos, cuna del Magisterio, y Santa Fe, quizás una síntesis de ambas. Los ejemplos sobran. Entonces, ¿qué ocurre con los índices referidos a matrícula, a repitencia, a nivel de conocimientos básicos iguales a los números de todo el país? Esta es la provincia en la que con el comienzo democrático se dio vuelta la currícula de la escuela media sobre pilares que, en ese momento, se entendían como inobjetables: la recuperación de los saberes inmediatos, el conocimiento de lo cercano, la batalla contra un enciclopedismo inútil, la importancia de los procesos por sobre los hitos y las fechas, la interdisciplinariedad bajo el concepto de que “la realidad es indivisible” – por lo cual el diseño en los últimos cursos se estructuraba por proyectos y no por materias-. El último tramo de la escuela media o del secundario ofrecía y ofrece terminalidades no reducidas al Bachiller, al Perito o al Magisterio, por ejemplo. ¿Qué ocurrió teniendo en cuenta los resultados negativos presentes?
Bases sólidas
Desde luego, lo que ocurrió es que un proyecto educativo debe cimentase sobre la base firme de una filosofía que lo sustente, enraizada con el contexto. Lamentablemente, las sucesivas reformas no lo evidencian o, lo que es peor, se toman medidas contradictorias. Contradictorias entre sí y contradictorias con los objetivos que se quieren obtener.
¿Recuerda el lector cómo y cuántas veces se reformaron los sistemas de evaluación? Oscilaron alternativamente entre el número y el concepto con criterios insustanciales. Se “decretó la prohibición” del aplazo basada en un seudo progresismo tan ridículo como inapropiado: no se podía “estigmatizar” al alumno (¡qué modo repetido de vaciar o llevar a equívocos las acepciones de nuestro vocabulario!). En realidad, había que librarlo de la sensación de fracaso, como si éste no fuera intrínseco a la vida misma. Disfrazar el error, alejar al alumno del ensayo. Inexplicable.
Tampoco es fácil actualizar las veces que se aseguró la implementación de una jornada completa o el alargamiento de la jornada. ¿Sustraer al alumno de su entorno vital cuando se lo considera nocivo, lo preservaría de sus incidencias negativas? Respuesta dilemática ya que la educación reproduce las condiciones sociales preexistentes, según la mitad de la academia. En cambio, el deber ser prescribe que debe adelantarse a él. De cualquier modo, se acepta que es mejor contener al niño o al adolescente dentro de la escuela que en la calle de estos días. Aquellas medidas declamadas o aplicadas respondían a mandatos y encuadres nacionales, bajados con documentos cuyas desinteligencias fueron asombrando a especialistas y experimentados en educación.
Sin solución de continuidad, se incorporaron a la currícula asignaturas o materias como Educación Sexual o Ecológica, asimismo con una rebuscada argumentación justificativa. ¿Hacía falta sumarlas como materias cuando son aspectos indivisibles integrados a disciplinas tales como Biología, Anatomía, por ejemplo, después de una revisión meticulosa de las mismas? El hecho educativo es muy complejo, exige seriedad, tiempo y análisis. Improvisar debería ser una prohibición. No se trata de abultar el currículo sino de profundizarlo. Se trata de otras perspectivas y no de otras materias (aun cuando éstas gocen de gran popularidad, su inclusión despide un tufillo demagógico).
Sólo se trata de leer
La preocupación, desde luego muy legítima, que más se plantea hoy tanto en los niveles ministeriales, en los claustros académicos, en los observatorios ad hoc, en las escuelas mismas y en el resto de las actividades que exigen un discreto desempeño, es el problema de la lectoescritura y la interpretación de textos, además de la imposibilidad de resolver las operaciones básicas. Puede haber excepciones que prescindan del manejo matemático, pero de la lectoescritura y de la comprensión de lo que se está leyendo es imposible porque cualquier conocimiento va a pasar por ese tamiz. Ahí debería estar centrada la atención de cualquier diseño curricular, más tres o cuatro núcleos sólidos de saberes básicos. No interdisciplinarios en principio: primero, hay que dominar la disciplina para poder interdisciplinar. Igual criterio debe aplicarse en cuanto a la linealidad temporal en la aprehensión del conocimiento. El niño y el adolescente cuyo intelecto sigue en desarrollo, según la neurociencia, no puede comparar procesos sin antes haberlos dispuesto en una cronología.
Con respecto a la lectoescritura, hoy ya no hay enfrentamientos en el mundo académico. El lenguaje que no se apropió en toda su estructura, modo de selección y combinación, etc., hasta los once años del alumno, no tiene buenos augurios. Se opondrá a ésta, la evidencia de adultos analfabetos que son alfabetizados. Es demasiado general decir que son alfabetizados: adquieren algunas herramientas para leer y escribir de modo rudimentario (éste sería motivo de otra consideración). Se dijo que la apropiación idiomática es hasta los once años, es decir, antes de finalizar la escuela primaria. Se descarta que llegan a la secundaria silabeando las lecturas, desconociendo la fonética, guturalizando todas las consonantes (rasgo más que primitivo) y sin interpretar lo que leen. Quizás sea más grave aún ingresar a los niveles terciarios y/o universitarios sin esta habilidad. ¿De qué herramientas disponen para el estudio? Hay cientos y miles de textos que ofrecen técnicas de estudio y ejercicios de memoria. ¿Cuál es su utilidad si no entienden el sentido? Definitivamente, existe un “megaerror” de origen: la aplicación de la psicolingüística o la psicogenética para el aprendizaje del idioma produce un daño irreparable. Jean Piaget hizo un aporte mayúsculo para entender la evolución en el proceso cognitivo del niño: nada más y nada menos que el pasaje del lógico concreto al lógico abstracto. Haber llevado sus premisas al aprendizaje del idioma tuvo el resultado por todos conocido. Las técnicas casi infalibles son las de la conciencia fonológica, método similar con el que aprendían en un año a leer y escribir nuestros abuelos.
La realidad mencionada es incontrastable. A ésta se le suma la utilización de la informática. Los docentes “lanzan” al alumno a la búsqueda de lo que ofrece internet. No sólo sin orientación sino, si el adolescente o joven no cuenta con los conocimientos previos de rigor, la RED será una trampa para elefantes en medio de la jungla. Las miles de entradas o respuestas que tiene cada consulta serán un campo minado llevándolo a confusiones irreparables. Entonces, entiéndase que la informatización es una herramienta, un medio, no un fin y, como cualquier arma, hay que saber manejarla.
¿Ensayo sin error?
En otro orden, previo al conflicto docente en Santa Fe que comprometió la pérdida de más de un mes de clases para los alumnos, una de las últimas disposiciones fue la referida al temible fenómeno de la repitencia y su abolición. Por esos días, se había publicado un informe de la Universidad de Belgrano que destacaba números alarmantes en el descenso de la matrícula. Aunque ésta sea una mera conjetura, el Ministerio de Educación –parece- actuó como reacción a esos números que también se daban en la provincia. Finalmente, no se sabe cuál es la implementación de esa medida. Lo cierto es que ofrece muchas confusiones: de cursados superpuestos, de dificultad para acomodar los horarios, de cursos dictados con esfuerzo para un docente taxi. Además de todos los insumos, la infraestructura y el recurso humano que requeriría. No se olvide tampoco que, de no aplicarse la repitencia, habrá materias cuyos conocimientos previos serán necesarios para su correlatividad. ¿Cómo se puede pasar a la multiplicación sin la suma? ¿Cómo se puede pasar a otra oración sin considerar el punto como autonomía sintáctica? Se plantea aquí una elemental cuestión lógica. No obstante, a nuestro entender, adolece de un defecto más grave. Sería bueno insistir aquí en la necesaria base filosófica que cualquier reforma requiere. Un supuesto casi obvio es que, ante el desgranamiento escolar, el Ministerio va a suprimir la repitencia como instrumento de retención del alumno dentro del sistema: el fin es noble, pero el medio es nocivo. La repitencia se produce cuando un alumno no ha alcanzado a cubrir los saberes suficientes en el mayor número de asignaturas. Esos conocimientos no adquiridos pueden estar pendientes en dos o, como máximo, tres previas, pero siempre, y mucho más sin repitencia, romperán la continuidad y linealidad necesarias en el aprendizaje. Por otra parte, se está librando al alumno de experimentar los obstáculos, los fracasos, los errores y los equívocos que la vida le presentará después, más tarde o más temprano, según las decisiones que tome.
No es de menor importancia que en una sociedad donde circulan permanentemente discursos relacionados con la ausencia de premios y sanciones, con el desapego a la ley, el sistema educativo ligeramente anule la necesidad de que un alumno repita. Saltando el límite de lo académico, se institucionaliza el error como normal y legal, la falta de esfuerzo natural y disculpable, despreciando el mérito de aquel alumno aprendiz de ciudadano que cumple, se esfuerza, responde, crece. Se puntualiza mérito, no confundir con meritocracia porque, como se sabe, se apurarán muchos a hacerlo. Además, es bueno recordar que todas estas medidas provienen de círculos académicos “autopercibidos” como progresistas o de centro izquierda. Convendría que consulten a los mentores máximos y originarios de este signo. ¿Qué le responderían a Gramsci cuando insiste, casi con ira, en el componente indeclinable del esfuerzo en la educación? ¿Y a Lenin, en su repetido llamamiento a que el proletariado debe ser disciplinado y adoctrinado por la información (instrucción), supuestos básicos de la denuncia? ¿O a Trotsky al reconocer en la cultura el único medio para la emancipación y a la verdad (conocimiento) como la que abre el camino para la revolución? Los tres ejemplos colocan al conocimiento como centro para el ejercicio de la libertad. Justamente, todo lo contario al “Laissez faire et laissez passer” del liberalismo tan detractado por el progresismo. Ajeno al tema que nos atañe, la academia progresista debería volver a estudiar los textos en los que supuestamente se fundamenta o simplemente recurrir a Sarmiento “Hay que educar al soberano”.
Los protagonistas
En tanto, el proceso enseñanza aprendizaje trasciende el marco teórico. Para que se produzca, hay que reconocer y profundizar no sólo en la currícula, que es el mensaje, sino en las dos puntas de este proceso: docente y alumno. Con respecto al docente, al menos dos son factores esenciales en su perfil. El primero, la vocación. Quizás sea necesario recargar de sentido esta condición. En los últimos años, y para hacer un análisis rápido, la caída del empleo o llanamente el desempleo llevó a los jóvenes a cursar carreras medianamente cortas y que pudieran asegurarle ocupación. Fue así como repuntó exponencialmente la inscripción en la policía, la enfermería y la docencia. La última, la que nos corresponde, graduó a cientos de maestros cuya falta de vocación sería altamente demostrada en los sucesivos años. El número de excepciones no es escaso. Hay docentes que tienen que lidiar con el entorno del alumno, con la escandalosa parquedad presupuestaria, con las condiciones laborales y, en extremos, hasta con la comunidad y los padres. Así y todo, exhiben una entrega casi apostólica hacia la profesión cuyo centro es una persona en proceso de formación. Sin embargo, hay una gran mayoría que lamentablemente han burocratizado su actividad: x horas cumplidas frente a aula y regreso a sus hogares como un bancario o un empleado público. La vocación no puede entenderse sin la pasión por sacar del alumno lo mejor de sí (educere) y conducirlo (conducere) hacia el dominio del conocimiento y su valor ético. La docencia es una profesión que, como las otras dos mencionadas, trabaja directamente con el ser humano. Y si el profesional no ha sido “llamado” por esta pasión o, al menos, experimentado algo de empatía, el resto será inútil. En cuanto a lo que aquí llamamos “el resto” no es nada más y nada menos que el conocimiento y su vehículo, el método. Una deuda del estado imperdonable. La exigencia de la formación docente ha sido desplazada por el envío teórico de documentos elaborados en los laboratorios de esas direcciones con nombre rimbombantes incluidas en los organigramas del Ministerio (no se va a incursionar aquí si son o no con intenciones de adoctrinamiento). Se acepta que periódicamente hay convocatorias para capacitación en reuniones o congresos donde más bien se va a socializar que a intercambiar o recibir información y formación.
Como se dijo anteriormente, el advenimiento de la democracia supuso la revisión de varias actividades fundamentales del Estado. Una fue la convocatoria al Congreso Pedagógico Nacional, de él participaron las mejores autoridades en el tema y verdaderamente puso en crisis una educación, de algún modo, estancada en el siglo IXX. El primer “monstruo” a atacar fue el del enciclopedismo. Y así se hizo, pero, como todo movimiento de reacción, se llegó al extremo de desmerecer contenidos esenciales, métodos lineales de adquisición y facultades tan necesarias como la de la memoria. Haber puesto en crisis estos tres pilares era una deuda de la educación, pero faltó preparar las mentes para semejante viraje donde había que encontrar el punto medio. La caída del conocimiento en los docentes, que a partir de esa generación fueron graduándose, es el mayor peligro que hoy atraviesa el sistema.
Con el objetivo de testear el nivel de conocimiento de docentes primarios, se realizaron focus group de temática encubierta con un número que supera durante el último quinquenio los mil quinientos agentes. Los integrantes desconocían que, en tanto se analizaban temas sociales en general, se los estaba midiendo en las ciencias blandas fundamentales. Los resultados nunca fueron publicados (una iniciativa personal habiendo terminado la actividad de CISOL fundada por quien escribe). A partir de las conclusiones, con ejemplos de los que seguramente el lector descreería, se deduce que, así como los alumnos son investigados por las pruebas APRENDER, PISA y otras, con los docentes se debería hacer lo mismo o lo que resultará muy antipático para el sindicato que los nuclea, implementar una reválida anual o quinquenal. Si más arriba se destacó el número de excepciones a la regla, sería una deshonestidad intelectual no expresar la falta de conocimientos básicos en la mayoría de los indagados. Dar a conocer ejemplos relacionados con las ciencias sociales, específicamente, la historia, la geografía, con el idioma nacional, con saberes elementales en veinte siglos de la humanidad, resulta vergonzante y penoso. De ningún modo, se desconoce o se excluye aquí la necesidad de que la escuela imparta valores para la vida en comunidad (emblema convertido en “caballito de batalla”), pero no basta porque el impartir conocimientos esenciales y básicos también es un valor, un valor intelectual. Sería ocioso repetir que la responsabilidad es compartida entre la docencia, los sindicatos, la comunidad educativa y especialmente el Estado, de escandalosos recortes en estas últimas décadas. Las incumbencias profesionales no pueden terminar con la graduación. Se impone el aprendizaje permanente, frente al cuaderno amarillo que se saca en marzo y se vuelve a guardar en noviembre durante treinta años. Las imágenes que se utilizan en este artículo son reales, no metafóricas. Es innegable que el responsable mayor es el Estado, cuya obligación constitucional es asegurar la excelencia de los servicios de educación, salud y seguridad. El docente es merecedor de mayor atención y cuidado (sea por su sindicato cuya tarea no puede limitarse a la paritaria salarial, y por el Estado, otorgando períodos exclusivos para capacitación como en los países nórdicos con los que se llenan la boca ejemplificando). El sindicato debe reclamarlo y los padres acompañarlos y recordarlo. En estas últimas semanas se han hecho comparaciones en la cantidad de institutos de formación docente entre Francia y Argentina. Francia exhibe uno de los mejores niveles y cuenta con menos de 130 institutos de formación docente y Argentina, con más de 1300. En educación, es inaceptable tanto el recorte como convertir a la actividad en una bolsa de trabajo. Es tan esencial como la evolución misma de la humanidad. “Todos los temas son temas de la educación”, repetimos como siempre a Sarmiento. Desde el otro extremo del hemisferio y del tiempo, Confucio también diría “Educa a un niño y no tendrás que encarcelar a un hombre”.
El destinatario mayúsculo
El primer conocimiento en el que el docente debe profundizar, con la observación y el auxilio de las ciencias, es en el del alumno. El niño, el adolescente, el joven actuales están signados por su tiempo sin descuidar el espacio en el que les tocó nacer. Mark Fisher, escritor crítico de la cultura y estudioso de todos los procesos que impliquen interacción humana, dedicó su expertise en estudiar al grupo de alumnos que tenía a cargo en la Universidad de Londres. Como conocedor de los contextos, rápidamente detectó que el capitalismo tardío daba lugar a una nueva subjetividad. Una subjetividad signada por la toxicidad del consumo. No limitado sólo a los objetos materiales sino a la estructuración misma de la psiquis. El alumno de la fast food esperaba lo mismo del aprendizaje. De ahí, la proliferación del síndrome de TDAH. Al mismo tiempo, percibió, no sólo en la relación del alumno con el saber sino en todas sus conductas, la dificultad de sentir placer –anhedonia- que se manifiesta por la supresión del goce o por la búsqueda compulsiva y adictiva de experimentarlo. Entiéndase como un tipo de proceso depresivo que no sólo impide la satisfacción en actos de la vida cotidiana sino que, en el caso específico del aprendizaje y del razonamiento crítico, se manifiesta con lo que Mark Fisher llama “impotencia reflexiva”. Nada más acertado: es lo que se detecta no ya en el alumno sino en el docente cuya interacción, se diga lo que se diga, es asimétrica. Si en el docente no debiera manifestarse esta particularidad, en los alumnos este dato es inevitable. El adolescente reconoce el deber ser, pero no lo puede practicar. Es capaz de identificar las falencias del sistema –vrg. -las tomas en cadenas de los secundarios porteños-, pero no se detiene en la búsqueda de un correlato positivo. Si bien se ha recurrido a un ejemplo extraído de alumnos europeos, las rémoras del capitalismo tardío, más precisamente salvaje en Latinoamérica, son similares. Cualquier observador sin ser docente o padre puede corroborar lo que aquí se afirma.
El concepto de pérdida de la cultura del trabajo, de rechazo al esfuerzo, de ansiedad en adquisición de bienes tangibles o intangibles también los alcanza a los niños, a los adolescentes y a los jóvenes. Sin generalizar, ése será el perfil del alumno con el que se encontrarán los docentes de los distintos niveles educativos. Las dificultades en el proceso enseñanza aprendizaje, con estas condiciones, son continuas. Nuestro sistema educativo no está preparado para el abordaje de esta realidad. Si ya no lo estaba antes, ahora con la agudización de estos rasgos, menos. El recursos humano es entonces indispensable y, como no está, el docente responsable y empático, tiene que hacerse cargo de acciones para las que no está preparado y en el mejor de los casos, poco preparado. Hace falta un plantel multidisciplinario para la atención extracurricular de los alumnos. En condiciones ideales, el docente debe llegar a un aula ordenada, disciplinada, atenta aun cuando sea connatural a su profesión motivar, estimular, organizar, ejercer la autoridad (sólo lograda por el conocimiento, lo demás es sitacismo) y no puede, aun cuando se esmere en los incentivos.
Urgencia, no emergencia
La educación debe declararse en estado de emergencia. Estado de emergencia significa contar con una prioridad presupuestaria. Sin inversión, todo lo planteado es impracticable. También y, aun contando con ella, es irrealizable sin ese perfil de docente con una clara vocación, con una actualización permanente y un denodado esfuerzo. En defensa de los efectores de una profesión liminar como ésta en los procesos de socialización, los errores apuntados son compartidos por todas las demás. Esa impotencia reflexiva, la imposibilidad de formular ideas y, sobre todo, de llevarlas a la práctica, identifican a las sociedades actuales, de éste y del otro lado del hemisferio, pero mal de muchos, no debiera ser consuelo de… A menos que la mayoría sean tontos. Reconocer el problema es comenzar a resolverlo.
(*) Especial para ANALISIS





