Por Darío Dayub (*)
Comenzamos el milenio reclamando en las calles por aquella democracia soñada y prometida en la que la gente terminaría viviendo mejor; ante la evidencia que el camino había sido el inverso. Sin embargo, quienes eludieron el "que se vayan todos" se creyeron impunes, y luego de salir ilesos de tamaño temblor, en lugar de hacer un cambio profundo aceleraron la marcha por el mismo camino, acentuando todo lo que les criticaban como dirigentes; la falta de: transparencia, austeridad, planes de gobierno a largo plazo, honestidad intelectual para comunicarse con la gente, coherencia, etc.
Ya en la segunda década, relegaron las ideas y empezaron a cambiar sus pertenencias partidarias a conveniencia; si algunos hasta se convirtieron en cosmopolitas partidarios. También a definir sus posiciones políticas según los odios o amores personales que habían construido; quedando muchas veces incluso del lado de aquellos con los que nunca hubieran estado de no haber olvidado sus convicciones. Finalmente, sí hubo un acuerdo; uno tácito para blindar de correción política el gueto de la "cooperativa política" creada para mantenerse asepticos sociales. Se apoltronaron en esa burbuja que parecía irrompible y condujeron en piloto automático el rol de oficialismo u oposición según les tocara; daba igual. Pantomima para las cámaras, plagada de derrapes para que nada cambié nunca. Y en ese gatopardismo, y compitiendo por ver quién era el "menos pior", se llevaron todo puesto, hasta este final de camino; y así fue como un dia, nuestra elástica democracia adolescente, por fin crujió.
El hartazgo de la ciudadanía por los reclamos no escuchados hizo inclinar su atención sobre un personaje al que con solo decir las obviedades calladas por todos, le alcanzó para que parte de la sociedad le consintiera todas las barbaridades que propone luego como soluciones, escondido bajo un disfraz libertario, y se llegue al punto de saltar al vacío si no se logra convencer a tiempo de ello a la gente.
Que fácil y sano hubiera sido si quienes recibieron el voto popular en todos estos años de democracia, hubieran aplicado la lógica reclamada de no plegarse a los discursos establecidos solo para no desentonar y "formar parte" de la élite política; de decir las verdaderas evidentes con la crudeza con que se vivían y no disimularlas bajo la corrección política acordada; de animarse a ir contracorriente; de no montarse sobre los privilegios de la política al punto de transformarse en una realeza; de no volverse millonarios mal habidos de la función pública; de no obsesionarse con el poder a cualquier precio saltando de cargo en cargo, de idea a idea y de color a color. Si se hubieran, al menos, tomado un respiro para laburar en la actividad privada para saber lo que se siente y vive allí; de no tolerar las injusticias ni justificar lo injustificable aunque viniera de uno propio. Hubieran recibido seguramente todo el respaldo social; pero si con solo animarse hasta un desquiciado saltando a los gritos sobre un escenario lo logro. También pudo hacerlo la ciudadanía que, con una mansedumbre bovina de espanto, lo tolero todo y no lo hizo.
Pero la democracia por fin crujió y no sería raro verlos a todos los "irreconciliables" de siempre unidos contra un espanto peor que asoma para salvar al menos la esperanza; ésta democrácia que tanto han exprimido hasta casi secarla. Pudieron evitarnos llegar a este extremo de retroceder 40 años en las conquistas civiles intentando hoy rescatar nuevamente la democracia para poder empezar de nuevo. Pudieron dejar los odios, el discurso pegajoso y repetitivo; hablar con la verdad y sin "cassette"; juntarse antes con todos los sectores para definir políticas de estado en educación, economía, relaciones exteriores, ambiente, etc. y evitarnos esta vida desgraciada. Pudieron también en cada elección darle paso a nueva caras en las lista de candidatos y en cada gestión en los cargos de gobierno, oxigenandolo todo. Pero no! tuvo que anunciarse el final de los finales, frente un sector semi salvaje que nos promete romper el contrato social, dejarnos sin moneda y extinguir al estado como una panacea para que reaccionaran; junto a una sociedad adormircida que ahora se declara harta.
Ojalá no sea necesario que la locura avance más de lo necesario para que todo aquello cambie. Ojalá sepamos lo que se juega y valoremos el día después si se lo logra conservar; para que, con toda racionalidad y ética, podamos diagramar nuevos paradigmas, que empalmen está parte de nuestra historia con aquella en la que aún soñabamos con una democracia qué nos dignifique en cada gestión bajo estricta e indispensable custodia social.





