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Voten carajo

Por Hugo Remedi (*)

Lo peor que le puede suceder a una sociedad que se jacte de democrática es renunciar a sus derechos y obligaciones y el hecho de ir a votar es quizás una de las más trascendentes como para estar histeriqueando con amenazas cargadas de irresponsable apatía.

De ninguna manera el tema del desencanto puede catalizar hacia un desdén institucional prioritario en la marcha democrática como es sufragar. Muy por el contrario, es precisamente el desgano el que debería llevar a una ineludible participación masiva con la firme idea de transitando la limpieza de un lote de inquilinos políticos vetusto y dañino que está dinamitando presente y futuro.

Nuestra democracia será joven en contraste con otros países pero no joder, ya tiene 40 años de sistema vigente como para no ir ofreciendo un glosario de respuestas mejoradas que hoy, sin embargo, en su gran mayoría lamentablemente, son inadecuadas y perturbadoras.

No ir a las urnas no es desencanto, es una falta absoluta de compromiso social. Sobre todo cuando estamos al acecho de un fin de época donde los liderazgos políticos están llegando a su fin. En Argentina en principio.

Y quizás tengamos que empezar a acostumbrarnos a dejar de tener como concepto el liderazgo de otrora y empezar a asumir como nuevo juicio: conductores o conducciones más efímeras, menos duradera en el tiempo, ocasionales, provisorias y que dejen pocas huellas. Acaso apenas administradores de turno.

Con este cambió de época relegar derechos y obligaciones es casi una traición para con uno y el conjunto del tejido social. Y lo que es peor fomentar una delegacía de decisiones bajo el falaz argumento del desencanto.

Es esta democracia, al menos, con errores y aciertos, la que define tu educación, tu salud, tu seguridad y tantas otras cosas y más grave aún, la que define el futuro de tus hijos. Es decir, yo no voto y entonces otro personaje quizás diferente, discordante con mi modelo de vida decide por mi...una locura, un delirio que solo circunda en cabezas amenas al facilismo. De una manera muy dócil me despojo de mi responsabilidad y se la transfiero a otro, que curiosamente y con seguridad, también estará bajo el efecto del mismo desencanto.

Desencantos de primera y desencantos de segunda entonces.

Imaginemos por un minuto que todos tomen la decisión de no cumplir con el sufragio como derecho y obligación, que pasaría...presumanos entonces como interrogante o nada tal vez como afirmación: quizás solo convertirnos en una sociedad navegando entre vacíos y precipicios…

En este país devastado de buenas historias, murió gente, desapareció gente, hubo gente que tuvo que esconderse, callarse y negar sus afinidades partidarias, otra que quedó sin trabajo, la que estuvo bajo amenaza diaria, la que en definitiva estuvo dentro de una gran jaula nacional como perro indefenso a punto de ser castrado.

Y para qué semejante vejación sostenida estoicamente si ahora aparecen los energúmenos que te dicen: yo no voy a votar.

Honren estos 40 años, amigos, y a esas generaciones sobre todo que hicieron lo que pudieron cuando se caminaba por las sombras de la sangre y del terror. Cuando cientos de pibes malvinizados dieron pie a que con la frustración de una guerra alocada brindaron, sin querer, la estocada final a la aventura sangrienta de la dictadura militar.

¿Y qué volvía entonces?, hace 40 años: la democracia. Pero, ¿cómo se construye a esa democracia entonces?: pues votando. La democracia como el fin, votar, como medio, la herramienta. Por tanto si no tenemos herramienta no tenemos obra. Simple.

Para nuestra generación universitaria entonces era nuestra primera vez, y hoy, sigue siendo en cada turno, una nueva primera vez, aunque si, hayan pasado 40 años: en definitiva una nueva oportunidad. Y como dijera alguien... hay tres cosas que no vuelven atrás, la flecha lanzada, la palabra dada y la oportunidad perdida.

No ir a votar es parte individual de un número estadístico más grande, pero como concepto es una traición, porque no hay valor tan sagrado como el compromiso moral con uno mismo.

Por que carajo no votar, andá y vota por lo que quieras, en blanco si te seduce, corta la boleta en mil pedazos si te va, pero si es inexorable, hacer sentir que los muchos no están equivocados con militar la democracia que nos toca custodiar.

De algo más de 17 millones personas que ya han concurrido a las urnas en las 18 provincias que votaron hasta el momento las deserciones suman cerca de 6 millones. Es decir en buen romance que de cada 3 votantes, uno no fue. Y en general el que no vota tiende a ser parte de una tendencia que se posiciona opositora.

Por lo pronto, las encuestadoras ya empezaron a atajarse luego del último 30 a 30 a 20 declamado como paridad entre oficialismo y oposición amarilla y Milei rezagado. El argumento esgrimido casi en una misma nota musical servirá para que las empresas utilicen el “yo avise” para justificar posibles desatinos a los que nos tienen desacostumbrados.

En algunos casos extremos, los votos en blanco, impugnados agregados a las deserciones, de modo inconcebible, suman más que los votos del ganador de ocasión.

Todos tenemos el derecho a enojarnos con la dirigencia política, reclamar y sumar descontento, pero la democracia es otra cosa, es nada más y nada menos que la sangre que corre por toda una compleja vía que mantiene en pie de la vida institucional de nuestras propias entrañas, si ayudamos a dejarla desangrar después no habrá quejas.

Nunca falta un mesiánico con veleidades delirantes.

(*) Especial para ANALISIS

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