Por Daniel Enz (*)
Suena doloroso y es preocupante que buena parte de la clase política (incluida la de Entre Ríos, salvo algunas excepciones concretas) trate de no hablar de corrupción o de la necesidad de mayor transparencia y controles en el Estado, a escasos días de las elecciones. El tema no está en la agenda de campaña. No existe, no importa. Ni siquiera se les movió un pelo con lo sucedido en la Legislatura bonaerense, con la aparición de un tal Chocolate, cobrando sueldos de numerosas personas, tal como se viera en septiembre de 2018 en un banco de Paraná y con otros personajes como artífices de maniobras que le robaron al Estado entrerriano 53 millones de dólares, en el lapso de una década.
Pareciera que siempre es mejor mirar para otro lado, privilegiar sus propios intereses, como así también a aquellos de familiares y amigos. Y mientras tanto, darle prioridad a la recaudación de dinero de la política, que necesita la política, para cubrir sus gastos y tener una vida ostentosa e inalcanzable para el resto de los ciudadanos de a pié, a los que le siguen prometiendo otra vida, otros sueños, otra provincia, otro país. Pero no son capaces de mirarse al espejo 10 segundos y ver qué refleja esa imagen. Porque no lo soportarían, por la doble vida que llevan varios de ellos.
Muchos pensábamos que iba a haber un antes y un después de la condena a prisión al exgobernador Sergio Urribarri y a otros exfuncionarios y allegados, en un fallo histórico, pero está claro que nos equivocamos. La maquinaria política y judicial fueron destruyendo uno a uno, en todo este tiempo, las esperanzas de seguir avanzando en contra de ese flagelo de la corrupción que tantos millones de dólares hizo desaparecer en estos últimos 30 años en esta provincia, postergando escuelas, rutas, hospitales y necesidades inmediatas de un pueblo dolido y empobrecido, que cayó aún más en la profundidad de una realidad donde casi no ven la salida. Se buscaron todos los mecanismos para entorpecer las causas, con cientos de chicanas judiciales; se encorsetaron y denunciaron a los fiscales que investigaron; se acallaron a los dirigentes críticos y se reinventaron candidatos que de estar en la mira por presuntos hechos de corrupción -a partir de elementos concretos-, pasaron a ser los posibles salvadores para etapas que vienen, sin ninguna capacidad de autocrítica.
Siempre fue mejor priorizar el pacto de silencio y de esa manera proteger el sistema que tanto los beneficia, antes de abrir la boca y aportar algún dato para esclarecer los hechos. En todas partes existen corruptos que cuentan con la complicidad activa o pasiva de sus compañeros o correligionarios presuntamente honestos, pero que por lealtad corporativa optan por tolerar su conducta.
Pero nadie o casi nadie midió que los niveles de tolerancia tienen su tope y que, en consecuencia, podía aparecer un supuesto salvador presidencial y otros candidatos en Entre Ríos, de un partido nuevo, que jamás hablaron de corrupción en estos últimos 30 años ni se preocuparon por los destinos de la provincia. Sencillamente porque nunca les interesó y estaban más preocupados por sus negocios particulares que por enfrentar a los poderosos que se enriquecieron como nadie con los diferentes gobiernos de esta provincia.
Seguramente es muy tarde para arrepentimientos. La gente se hartó de los malos políticos, de los mentirosos, de los ladrones de guante blanco que siguen hablando de necesidades de la población, pero a la vez tienen un patrimonio incalculable, con propiedades a nombre propio y de testaferros; cuentas en el exterior, inversiones desconocidas y viajes al exterior tapados de dólares, que sólo consiguen ellos por la posición de poder que disponen.
El panorama es doloroso. En especial por aquellos dirigentes que hicieron las cosas bien; que siguen siendo los mismos de siempre, que aman la política con alma y corazón, pero quizás les ganó esa actitud corporativa que tuvieron, de no sacar los pies del plato y no marcar distancia del político de doble discurso, corrupto y mentiroso.
Que nadie se sorprenda con lo que puede pasar el 22 de octubre o si se llega a un ballotage en noviembre. La gente está mal, enojada, defraudada, embroncada y seguramente hará sentir el castigo en las urnas. A oficialistas y a opositores que no hicieron lo que debían hacer. Y quizás sea demasiado tarde y quedemos en manos de alguien que le importa poco la democracia, el equilibrio, la pregonada libertad, el debate en serio y que recién a sus 50 años se acordó de denunciar algunas de las cosas que le duelen a este país, que evidentemente nunca se enteró, nunca le preocuparon y que ahora son claves para su candidatura presidencial.
(*) Reflexión realizada en el programa Cuestión de Fondo (Canal 9. Litoral) del miércoles 4 de octubre de 2023.





