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Carta a mi madre

Por Marcelo Albarenque (*)

Disculpa que demoré en escribirte, pero sabes que fueron días movidos. Hace 15 días -ya y recién- que a las 10:16 de la mañana recibí un llamado inesperado, que será un antes y un después en mi vida y, en la de mis hermanos.

Me avisó César -a quien le agradecí el llamado difícil de hacer y la forma de decírmelo- que habías bajado el telón en tu hermosa -HERMOSA- historia de vida. Me contó que saliste del gimnasio y quedaste sentadita en tu auto, ese que disfrutaste con sincera alegría un par de meses y que ponías a disposición de quien se te pasara por adelante. Rocío me contó que le dijiste que los días de frío o de noche, te avisara porque vos podías llevarla del trabajo a la casa.

Quienes no te conocen en profundidad tal vez no saben que naciste en abril de 1953, en Aldea Santa María, una comunidad de Alemanes del Volga. Tal vez tampoco saben que tu idioma nativo es el bajo alemán y, que aprendiste español recién cuando fuiste a la escuela primaria en Federal, años después. De ahí quedó la anécdota de personas que decían “tan chiquita y ya habla alemán”, que era entonces tu única lengua. Tal vez nunca lo pensaste Ma, pero la tuya fue la primera generación de Alemanes del Volga que se casó con alguien extra-etnia desde que salieron de Alemania hacia Rusia en 1770 y desde Rusia hacia Argentina a partir de 1870, en distintas corrientes. ¿Por qué hablo de esto? Porque cuanto más conocí la historia de tu pueblo, historia de sufrimiento y superación, como la tuya, más te entendí y te amé -si se puede medir el amor que te tengo en grados-.

Uno repite o aprende me dijo alguien, en tu caso tomaste lo mejor de tu legado y aprendiste mucho. Hiciste una carrera universitaria con seis hijos nacidos y, como reconociste siempre a viva voz, con el acompañamiento y apoyo de tu entonces esposo y compañero -y padre de tus seis hijos-. No me voy a olvidar Ma, de la prolijidad de tus apuntes hechos a mano y de tu recomendación para estudiar, “hace cuadros gurí”. También recuerdo el día en que te dieron el título de grado, vinieron los abuelos Paulina y Martín desde Federal en tren.

Si tengo que decirte gracias por todo lo que tengo y soy gracias a vos, te podría aburrir. Pero en esta mi primera carta -de muchas que te voy a enviar- quiero decirte gracias por permitirme formar parte de tu historia, por dignificarme con el título de hijo tuyo, sos la persona más digna y hermosa que conocí. Gracias por darme tiempo de tener gestos con vos, detalles que me permitieron expresar la enorme gratitud que te tengo. Te cuento un secreto que se lo dije a Tía Laura, cada vez que yo podía ayudarte en algo el que recibía era yo, vos me dignificabas a mi permitiéndome hacer eso para vos. Gracias por la familia que tengo por a vos, los abuelos que tuve, tíos y primos con los cuales tenemos vínculos de hermanos y te lloran como hijos.

Mientras escribo esto lloro y es hermoso, porque te lo merecés. Lo inesperado de tu epílogo es el precio que tenemos que pagar -y con qué gusto lo hago- por ver que te vas llena de vida y proyectos. Sospecho que vos hubieras elegido algo así. Y que se entienda bien Ma, sabes bien con que amor te habríamos cuidado si te quedabas acá unos años más. Pero, también sabemos, porque nos enseñaste siempre, que el momento no se elige.

Te cuento que te fuiste el 21 de septiembre, elegiste una fecha fácil de recordar y con algún significado que grafica lo que fue tu historia. Silvia me contó que vos siendo una bebé -de la edad actual de Vladi supongo- le dabas alegrías a tus padres, en los meses posteriores al fallecimiento de tu hermanita Rita. Fuiste un poco así, primavera de quienes te conocimos.

En tu despedida no faltó nadie. Sabes que papá se quedó haciendo guardia al lado de tu auto hasta que te llevaron. Él fue literalmente corriendo a donde estabas. Sabes que el personal policial te trató con un respeto y consideración que vale un aplauso. Tuvieron el detalle de tapar los vidrios del auto para preservar tu identidad. Silvia, Francisco y Miguel se encargaron de los detalles de tu homenaje y fue hermoso. Gerardo, José Luis y Amílcar tocaron con guitarra las canciones que te gustan. Le pedí a José “Creciendo junto a ti”, la cantamos y eso me permitió decirte algo de lo mucho que me brotaba en ese momento. “Fuerza capaz de crear y hacer un todo de la nada… Madre que cuando pasen los días tus enseñanzas perduren, que el mundo no me abrume. Y que pueda levantarme en la caída, invocando tu presencia que da vida…”. Cami me acompañó de una manera tan hermosa, para qué decirlo, por algo ustedes se adoraban.

Te llevamos a tu lugar de descanso el viernes a la mañana con la asistencia de un ministro de tu fe. Martín tuvo la iniciativa de que tomemos las palas anchas para nosotros cubrir tu sepultura. Teníamos que hacerlo nosotros. Le agradecí a los chicos del cementerio por permitirnos el gesto. Y un detalle no menor, quedaste como vecina de nuestra queridísima Doña Petty.

¿Te acordás el último sábado que nos vimos? Llegué a tu casa para almorzar y estuvimos los dos solos. Después me puse a cortar el pasto y lavar veredas para que tu casa esté prolija como te gustaba tenerla, como buena volgadeutsche. Vos me cebaste mate sentada en la galería e hiciste cosas en el patio. Qué lujo de despedida Ma y que privilegio, ojalá todos los hijos puedan tener un momento así con una madre. Hasta te dije que tenías la carita hermosa -más- con el tratamiento que te hiciste en la piel. Cuando me venía a mi casa me dijiste “dejá gurí yo cierro el portón” así yo no me bajaba del auto y, agregaste “gracias por todo lo que hiciste en el patio”. Unos días después entendí el verdadero significado de esas palabras: “dejá gurí yo cierro -mi historia- gracias por todo”. ¿Cómo me vas a decir gracias vos a mí?, pero así eras.

Pauli encontró en tu casa una carta que te mandé yo a los diez años. En la carta te pido alguna ocurrencia y, me comprometo a hacer una serie de cosas -del tipo tender mi cama- si me lo dabas. Cuando leí tu respuesta escrita en la misma hoja casi tuve que sentarme: “Todo lo que hago por mi “lechón” lo hago sin esperar nada a cambio”. La mejor definición de lo que fuiste en nuestras vidas.

Fer ya arregló las cosas que le faltaban al auto y Nacho me dijo, “queda bien la casa con el auto ahí”. Así que ahí lo dejaremos. Quiero ver tu identidad en ese lugar y estamos todos comprometidos en cuidar y honrar tu legado –moral, sobre todo-, y las cosas que quedaron producto de tu trabajo de toda una vida. Al cuidarlas te cuidamos a vos. No me quiero olvidar: ya plantamos el limonero, el naranjo y los rosales. Regamos las plantas todos los días -Mili nos tiene controlados-. En el comedor puse una foto en la que estás con Maili en su primer cumple, ella vestida de abejita. A veces le prendemos una vela como metáfora de la luz que fuiste y sos.

No espero que esto se me pase, no habrá normalidad como antes. ¿Cómo vamos a pretender eso con lo que acabamos de perder? Como te dije al principio, nuestras vidas cambiaron para siempre. Por supuesto que vamos a aprender a vivir con esto, nos diste todas las herramientas para hacerlo. Ese es tu legado.

Ma, te extraño cada vez que respiro y te lo merecés. Descansa hermosa.

(*) Marcelo Albarenque es hermano de la ex carmelita descalza, Silvia Albarenque. Su madre falleció el 21 de septiembre.

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