Sección

A punto caramelo

Por Hugo Remedi

Con la caja de pandora que le abrieron a Javier Milei, dejando a plena luz su historial supremo de barbaridades y descontrol sumado a lo que en principio se supuso podría dejar a su paso, la conclusión del debate último, sería una quimera pensar en principio en algún resultado no favorable para el candidato de Unión por la Patria, Sergio Massa.

Pero claro, todo no es tan lineal en la lectura de los hechos que tienen connotación política y mucho menos si en este caso, la gente condicionada por montones de adversidades, se sale de lógica.

Es difícil aventurar que, con semejante campaña de chicanas y descréditos a tono, el más complicado no sea el candidato libertario. Y, sobre todo cuando desde el oficialismo no cesan en declamar lo tormentoso y monstruoso de las ideas de la Libertad Avanza y del estado psíquico de Milei.

Lo curioso surge cuando el oficialismo con tantos argumentos a favor, muestra preocupación por el resultado electoral y no deja de avanzar en la intensidad creciente de seguir tirando a mansalva, en el intento por inclinar la cancha electoralmente.

Todos los que pueden han salido a gritar por la patria. Y no es raro. Entre el miedo y cuidar lo que se tiene, suficiente para seducir almas nobles de la conveniencia personal.

Del análisis del debate mucho ya se ha hablado y según el candidato las opiniones nacen a gusto (o en conveniencias). Y las deformaciones y operetas a tono con el antídoto a mano, siempre. La mayoría de veces lejos de la verdad.

Está claro que más allá de las interpretaciones antojadizas, Massa, lo hizo mejor, sin embargo, después del debate, aparecieron los forcé para poner de nuevo en pista a Milei.

No pareciera que los votos dudas vayan a tal o cual alforja de modo determinante. Por el contrario, ambos mantendrán el voto duro seguramente y sumarán parte en mayor o menor medida de los que hoy si tienen dudas. Como si los que ya saben a quién votar, no las tuviesen de cara el futuro.

No todo termina en la elección, por el contrario, precisamente, porque es ahí cuando debería comenzar el tiempo del cambio de vida que la sociedad sufre hoy. Y lo primero es recuperar la convivencia social, la condición económica y el nacimiento de una nueva clase política que deje de lado la vergüenza que arrastra. De otro modo, será solo extender la agonía, teniendo al paciente aferrado a la vida, apenas entubado.

Desde allí intenta sacar réditos Milei, mostrar que salvo él y la gente que lo acompaña vienen a purificar las aguas enchastradas de una Argentina que nunca reaccionó y que cumple en general, en vivir cómoda al calor de los beneplácitos que te puede ofrecer al estado en su lógica. O el tráfico de influencias que permite garantizar la buena vida del círculo más cercano del que sea o vivir a diario al compás del: como se pueda. Y este “como se pueda” se plantea absolutamente abierto, a cualquier propuesta a tono, sea o no dentro de los márgenes legales.

Todas jugadas de peligro y cerca del área.

El estado debe ser la prioridad en todo. Hacer desmanejo y prebendario de ese Estado regulador de la vida integral no, claro.

Dentro de lo que sucedió en el debate, se pusieron en juego las verdades de cada uno, por ende, antagónicas. Y en todo caso surgiría como conclusión que alguien miente o no dice la verdad a pleno.

De allí surge entonces, la oscura posibilidad (dentro de esa lógica), de creer en el de menos planteos dudosos o por el contrario, asumir las mentiras como parte del costo colateral de la opción en pugna.

Evidentemente en el marco de la campaña, Massa puso la vara muy alto en lo que hace a anuncios, pero bajas en verdad para afrontar una realidad argentina que parte desde el contra piso.  A no ser que se tomen como ofertas de ocasión casi entendibles en la coyuntura para luego sí, empezar a transitar políticas de estado, más interesantes y ventajosas para la gente.   

Pararse en indicadores, resultaría redundar en realidades que la gente ya tiene a la vista y sufre a diario.

Sin embargo, las encuestadoras que vienen tirando datos en fetas y, la feroz intensidad que el oficialismo le ha puesto al final de esta campaña, estarían anunciando que los números que se manejan no son aún, precisos como para hablar de beneficios electorales contundentes. Por el contrario, hay mucho énfasis en que viene ganando Milei, y de ese modo quizás ablandar la cápsula libertaria al relajo y por el contrario motivar al esfuerzo final del oficialismo dirigido a tomar la Bastilla.

Lo cierto es que, en término de lógicas más o menos sustentables, debería ganar Massa. En tanto si pasamos al terreno de lo hipotético quizás Milei pueda generar algún escozor electoral, con votos que parecen de vergüenza y por ende escondidos.

De ser así, habría que concluir que todos los votos que sume al 30% de las generales de octubre pasado, no pueden ser votos libertarios sino sufragios que esconden un profundo antikirchnerismo, peronismo o ante unión por la patria. En una lógica que declama: o gana el miedo o gana el delirio.

Orillando, finalmente, con una cosecha electoral repartida en dos, dejará a la vista entonces, un país agrietado en 50 por ciento oficialista y 50 por ciento anti K.

Y lo peligroso es que a este 50 por ciento anti Massa, no le importa un carajo lo que le digan de Milei, palo y a la bolsa.

Y así es que entonces, vamos arribando felizmente a la meta, sin saber que nos espera detrás de la cinta de llegada.

Edición Impresa

Edición Impresa