Por Hugo Remedi
(de ANALISIS)
Si la ley ómnibus queda finalmente aprobada luego de su tratamiento en particular es una catástrofe según la media biblioteca áspera que está violentando la calle con la “ayuda” de las fuerzas de seguridad nacionales y si no se aprueba el país se muere en su propio veneno, a decir del gobierno del presidente Javier Milei y asociados.
Es decir, entramos a las oscuras cavernas y ya no tenemos salida que transite por correderas que no sean kilombos callejeros con consecuencias que día a día van en aumento y aproximándonos al humo que delata la cercanía de un peligroso estallido social.
Nadie pone mesura. Todo es prender fuego tras fuego.
El sindicalismo amagó, hociqueó con un paro que nadie atendió como propio y luego quedó en la retaguardia, lo mejor del peronismo fue mostrar a un Máximo Kirchner, saliendo a enfrentar la calle sabiendo que la irritación social lo pondría visible de modo confrontativo. El resto acompaña la ley. Y entonces, mientras los diputados se puteaban a todo color en el recinto, afuera, en la calle, se daban de caño entre las fuerzas de seguridad y la gente de la protesta consecuente de choque.
Sin dudar que las mal llamadas organizaciones sociales (entendido como estado puro) son en realidad el número de patente que utilizan los mochileros de cada ocasión de kilombo y que en realidad, tienen certificado conocido en las fuerzas de la izquierda. Más, por supuesto, la predisposición de la gente de buena fe que va a expresar su enojo razonable.
La policía, con una mala imagen histórica de la que no puede escapar, está rodeada por su propia sombra en consecuencia, y entonces ante órdenes que velan la seguridad como intransigente cobran y fajan.
El país es un caos a diario y va a continuar de ese modo y con consecuencias más graves potencialmente mientras la ley esté en debate.
Y en ese sentido curioso resulta que la Cámara de Diputados de la Nación haya pasado a cuarto intermedio hasta el martes próximo, bajo sospecha de que el oficialismo aún necesita tiempo para convencer a los rebeldes, que transitan tiempos de “negociar” lo mejor que se pueda.
De modo consecuente, el gobierno necesita apurar los tiempos fundamentalmente para que en este recorrido hacia el debate en particular, no se le caigan los apoyos que permitieron aprobar la ley en general.
Huelgan casi consideraciones en este sentido. Ahora, el tiempo que resta hasta el martes va a recorrer el sendero de jugar “bajo presión”… cada voto tiene un precio… en términos políticos…
Curioso también que luego de aprobada la ley en general, el kilombo de la calle estalló y pasaron las horas y siguió: legisladores ya no había, y el Congreso estaba cerrado. Pregunta: ¿a quién le hacían el desafío los extremos de siempre si ya no había más que vidrieras cerradas y policía cerca con ganas de “expresarse”? Todos argentinos. O al menos viviendo juntos en la amplia comarca nacional.
Bueno como interrogante será preguntarse, cuándo fue que, como sociedad nos hicimos enemigos a matar y no no dimos cuenta.
Seamos honestos, paremos con la hipocresía discursiva, no pensemos en un país razonable, hay gente a la que le interesa de sobre modo que el mundo social viva en kilombo brotado permanente porque desde allá también se sacan -o se pretende- sacar ventajas.
Lo del oficialismo fue un milagro, tiene 36 votos propios pero logró cosechar 144 para aprobar la ley contra 109. Por eso, la preocupación mayor no es que se le caigan más artículos sino los votos que no son propios y por caso puedan arrepentirse de aquí al martes.
El sistema federal es humo, gobernadores sufren al calor de la hoguera, y los legisladores están a tiro de fundir bielas si no encausan el objetivo central y genuino de la política y como consecuencia la Argentina ya no debate al calor de la grieta sino que se mata a cada paso, paradójicamente, rumbo al camino al que llaman construir un futuro para todos.





