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Saludos a Mario

Por Antonio Tardelli

El Mario que conocí, en las redacciones y en las sobremesas, era un tipo alegre. De sonrisa constante, andaba siempre de buen humor para arriba. Escucho ahora la carcajada estentórea, entrecortada y divertida, que permitía a sus compañeros determinar la indubitable ubicación de Mario a varios metros a la redonda. Su risa lo ponía en evidencia. Como lo delataba también esa voz tan personal, que se lucía siempre, voz de brillo constante, en la radio o atacando un escenario de festival. También lo delataba su palabra prolija, tan elegante como los pañuelos con que ponía a buen resguardo su gola. Lo denunciaba también su rigor, su ética de la sintaxis (Braceli dixit) y su concepción del oficio. Como jóvenes inexpertos escandalosamente desorientados (seríamos autocomplacientes si dijéramos que andábamos “medio” desorientados) hacíamos nuestras primeras armas en la televisión despilfarrando cinta de Umatic y desperdiciando entrevistados de fuste. “¡Ustedes creen que el mundo se acaba en la Casa de Gobierno y en la Legislatura! ¡Vayan a buscar noticias a otra parte!”, protestaba Alarcón Muñiz dispuesto a enseñarnos el laburo, en la medida de lo posible, con exagerado tono de reprimenda. Pero Mario no se enojaba. E intuyo que sabía, además, que nosotros no le creíamos nada su fingido enfado.

Sabíamos que no le podíamos pedir lo que se le pide a un burócrata obsesivo. Él merecía ser director de Canal 9, la señal pública entrerriana, porque tenía una trayectoria que lo avalaba y una conducta posterior que no desmentía a su pasado. Se desempeñó como funcionario con una austeridad ejemplar. Pero él era un periodista, un animador, un conductor. No un oficinista. Así y todo, lo respetamos también por la seriedad con que encaraba sus obligaciones. Seriedad que, claro, disimulaba con el comentario ocurrente, la salida ingeniosa o el estiletazo letal. Nunca sabremos si eran ciertas, totalmente ciertas, las verosímiles anécdotas que nos contaba delineando con sapiencia el perfil de sus personajes. No importa: sus historias, rematadas a carcajadas –las de él antes que las de ningún otro–, merecían crédito por el solo hecho de ser así (tan bien) contadas.

Era culto. Culto de verdad. Estudioso. Y mordaz: podía ser tremendo. Debe andar por ahí, en algún cajón, si sobrevivió a la última quemazón, un recorte de “El Diario” que lleva su firma. Sobre una página sepia se mofaba Mario de un analfabeto funcional que, llegado a Entre Ríos desde Buenos Aires para conducir un ciclo musical en el canal que los progresistas regalaron al zar Alejandro Romay, alardeaba de haber conversado pocos días antes con el gran Carlos Mastronardi.

El único problema era que el escritor gualeyo se había muerto unos quince años antes. “¡Saludos a Mastronardi!”, tituló Mario aquel artículo con oportuno sarcasmo. En Buenos Aires, adonde atiende Dios, apenas un puñado de amigos cosechados a lo largo de tantas décadas de trabajo tomará nota esta noche de la pérdida de este gran periodista, pérdida que angustia. Murió un extraordinario profesional de los medios de comunicación.

Sin embargo, a poco de conocer la noticia de su muerte no es tristeza lo que prevalece. No es eso. Tampoco la sonrisa que nos dibuja su exuberante palabra, divertida voz, al ser evocada. A esta hora me ha ganado una indecible bronca hacia los canallas y miserables que a lo largo de su vida lo censuraron. Hacia los canallas y miserables que lo echaron de sus trabajos. Que le quitaron micrófono porque editorializó contra los indultos de Menem o porque se atrasó en el pago del canon (sí: pese a su prestigio, Mario ¡debió pagar! para trabajar). Mercachifles. Farabutes. Bronca con los canallas y miserables que (alguno de ellos aterrizado por acá con chapa de progresista extendida en Buenos Aires para hacerle mandados a los tiranuelos de turno) les censuraban sus textos en “El Diario”. Hijos de puta. Alguno, cínico, inconsciente seguramente de la falta de respeto en que incurrió, se mostrará conmovido por el deceso. Miserables. Se exhibirán dolidos incluso quienes fueron brazos ejecutores, obedientes y obsecuentes, del poder hipócrita que no soporta la crítica. Mario fue un gran profesional. Fue digno –nos enteramos al conocer a ese señor cuya calvicie añadía años a su aspecto– cuando los militares y fue digno en democracia. Su dignidad no fue derrotada por el tiempo. Amaba su trabajo: poco menos que lo obligaron a jubilarse al borde de los ochenta. Fue un periodista de verdad. Los canallas y los miserables que lo humillaron no le atan los cordones a Mario Alarcón Muñiz. Producen tanto asco como Mario admiración.

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