Por J.C.E.
(especial para ANALISIS)
Esto no es nuevo, de ninguna manera es nuevo, lo hemos hablado al aire, lo hemos escrito, ha tomado estado público por distintos medios de comunicación, pero les responsables de erogaciones millonarias no parecen advertir la dimensión de las medidas.
Días atrás, en una breve despedida que le escribí al querido “Tachuela González” recordaba que fue una de las víctimas históricas de las postergaciones y los olvidos, sin embargo nunca le sacó el cuerpo cuando se trató de cantarle a su pueblo ni hubo estudios jurídicos que tramitaran pagos de cachets adecuados en términos económicos y que las presentaciones se llevaran a cabo en tiempo y forma como es habitual que ocurra con los artistas foráneos, entendiéndose por tales a los argentinos de cartel y a algunos extranjeros que ya tienen su espacio acostumbrado en los diversos encuentros festivaleros.
Además de las elevadas cifras que se pactan en este tipo de convocatorias que no son Cosquín ni Villa María precisamente, sino exitosas pero pobres fotocopias de los tradicionales, las arcas municipales se resienten y no faltan voces que se levantan recordando que durante meses, cuando no años reclaman mejoras necesarias para sus comunidades y las recaudaciones no hacen más que engrosar el patrimonio de sólo algunos artistas, marcar diferencias ofensivas con lo que se acuerda con los locales y mandarlos al final de la fila que, por unos pocos pesos deben esperar meses sin percibir los magros ingresos.
Panem et circenses decían los antiguos romanos a los circos populares que montaban para distraer al pueblo de las necedades esenciales y reemplazarlos por alcohol y comida de pésima calidad.
Por eso decía al principio que nada de lo que tratamos en esta entrega es nuevo, siempre el hambre y las adicciones se pusieron por delante.
Tampoco pretendemos desde acá desactivar los festivales menores por llamarlos de alguna manera, simplemente tratamos de poner por delante en orden de importancia los intereses de la gente que no les dará la espalda si la celebración se pinta de color local, se interpretan temas incorporados al gusto del día a día de la gente.
No pretendemos ni por un instante eliminar números de jerarquía, pero sería recomendable –más en un país que vive tan atento a las fluctuaciones del mercado- recordar los postulados de la ley de la oferta y la demanda: activar la oferta, ponerla en términos accesibles para las empobrecidas economías regionales, impulsará las contrataciones que no afecten el patrimonio de los pueblos.
La respuesta –si la hubiera- estará referida a los gastos de movilidad, traslado, viáticos y demás obligaciones a cubrir, sin contar el abultado cachet del artista.
Dirán que asistirá menos público y que esto afectará a la organización y a la concesión de los puestos de comidas y bebidas. Nunca será tan importante la merma como la de desprenderse de unos cuantos millones de pesos si no dólares, producto, mayoritariamente, del aporte tributario de los contribuyentes.
No parece adecuado ajustar los gastos para reducir la cuenta del supermercado nutrida básicamente de productos de primera necesidad, y dejar liberado a acuerdos entre gobiernos y particulares el dinero que se llevarán los artistas debiendo cumplir con la trasferencia del 50% a la firma del contrato, esto suele ser por lo menos unos 180 días antes del espectáculo y el otro 50% antes de subir al escenario.
Con asesoramiento de letrados especialistas en la materia, los contratos que se celebran son indudablemente válidos, aunque para el bolsillo de la ciudadanía, no necesariamente valederos.
En medio del festival de nombramientos, designaciones y toda la parafernalia que implica el comienzo de toda gestión de gobierno, el tema que nos ocupa puede parecer menor, pero ayudame a pensarlo y juntos iremos descubriendo los errores que en el nombre de un pueblo feliz se cometen a diario.





