Por José Carlos Elinson (*)
Tengo que escribir sobre la muerte de Fermín Garay.
Debo escribir sobre la muerte de Fermín Garay, un apasionado de la vida y sus contornos.
Con la ausencia de Fermín perdemos una de las inteligencias más preclaras de cuya impronta disfrutamos los que como él creemos en la simbiosis necesaria entre la ética y la estética.
Fermín Garay fue –me cuesta mencionarlo en pasado-, la estatura del hombre de su tiempo, lector fundamentado, escritor insigne, su voz, profunda y cálida les ponía la tonalidad precisa a los debates. Y supo de debates; cercano al periodismo fue en su momento integrante del directorio de la Sociedad Anónima Entre Ríos, editora de El Diario y se desempeñó como asesor de ADEPA, la Asociación de Entidades Periodísticas Argentinas.
Profundamente creyente de los valores de la amistad, por amistad y sin dudas por coincidencias raigales, acompañó al ex gobernador radical Sergio Montiel desde el ministerio de Gobierno de su última gestión.
Fue objeto de burlas y abucheos desde la mediocridad que lo enfrentaba trasladando la infamia al ámbito personal.
Fermín nunca le sacó el cuerpo a los agravios y siempre descreyó de honores de circunstancia.
La Unión Cívica Radical fue su bandera.
Murió Fermín Garay. Se fue un hombre de integridad suprema que nunca hizo lugar a los dobleces.
(*) Especial para ANALISIS.





