Por José Carlos Elinson (*)
Los paros docentes –que no juzgo ni condeno por ser una expresión legítima y hasta legal por la existencia del derecho de huelga ante sorderas históricas-, deberían a esta altura de los acontecimientos y formar parte del calendario oficial de la actividad de enseñar y aprender.
Más allá de la ironía, lo hemos dicho año tras año que días antes de la fecha anunciada para dar comienzo al ciclo lectivo la pobreza de comunicación en lo que hace a la oferta y la demanda del sector docente y el patrón Estado lleva a los “obreros de la tiza” a implementar una medida de fuerza.
La medida de fuerza no es rechazada solamente por los gobiernos de turno, sino por los padres de los educandos que parecen preferir docentes de pobre formación y apremios económicos con los que deben convivir, que educadores en la plenitud de sus capacidades.
El fenómeno se repite, también sistemáticamente sobre finales del año lectivo, y nuevamente los gobiernos “lamentan” y los padres se indignan.
Algunos funcionarios, fervientes de la mala leche, ya que no del desconocimiento, han tenido expresiones más que desafortunadas al asegurar que los docentes gozan de medio día libre y tres meses de vacaciones. Podríamos, como pretenden algunos considerar estas afirmaciones como producto del desconocimiento, pero esto tiene que ver con el desinterés manifiesto por lo que es la vida escolar de sus hijos y terminan convirtiendo a la escuela en un depósito de niños con formación y futuro extremadamente limitados. Lo único importante para ellos –los padres- es que sus hijos salven el año sin considerar los niveles de formación con los que los educandos enfrenten los desafíos de los años por venir.
Culpas podemos enumerar varias, responsabilidades pocas, porque de eso se trata, de determinar responsabilidades de uno y otro lado y trabajar en consecuencia.
Por supuesto que no queremos maestros que hagan de la acumulación de licencias por las razones que sean y sean reemplazadas por otras que tomen el mismo camino, pero tampoco queremos gobiernos que al otorgar aumentos que si el tema no fuese tan grave serían irrisorios, salgan a batir el parche de la sensibilidad social que los anima.
En definitiva, el cuento cruel de nunca acabar y perjudicial para todos los actores debe llegar a un final consensuado desde el respeto y la consideración por el otro. Sería una buena manera de empezar de nuevo y archivar en el libro de las pérdidas todo el desgaste acumulado en años de desencuentros.
Los actores, como decíamos, de todos los sectores deberán ponerse a la altura de las necesidades porque el salvataje de educadores y educandos no será ni más ni menos que la necesaria y urgente recuperación de la escuela pública.
(*) Especial para ANALISIS





