Por Luis María Serroels (*)
Mañana se celebra el Día Americano del Indio, instituido el 19 de abril de 1940 por decisión del Congreso Indigenista Interamericano reunido en Posada de Don Vasco de Quiroga en Pazticuaro (Méjico). Pero antes de abordar la sucesión de hechos que desembocaron en tan grande acto de justicia y reparación, es bueno remontarnos al 11 de agosto de 1994 en que arribaron a Santa Fe de la Veracruz, la ciudad de las convenciones, más de 300 representantes de los diversos pueblos indígenas de todo el país.
Lo hicieron para presenciar uno de los acontecimientos históricos más importantes del siglo XX en los vínculos con los pueblos originarios. Se estaba desarrollando la Convención Nacional Constituyente que le introduciría valiosos cambios y agregados a nuestra Ley Suprema.
Hasta entonces en materia indígena regía el artículo 67 inciso 15º de la Constitución Nacional de 1853 que le otorgaba al Congreso Nacional “Proveer a la seguridad de las fronteras; conservar el trato pacífico con los indios y promover la conversión de ellos al catolicismo”.
El artículo 75 Inc. 17º de nuestra Ley Suprema establece que corresponde al Congreso: “Reconocer la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos; garantizar el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural; reconocer la personería jurídica de sus comunidades y la posesión y propiedad comunitarias de las tierras que tradicionalmente ocupan; regular la entrega de otras aptas y suficientes para el desarrollo humano; ninguna de ellas será enajenable”.
No deja de ser de enorme importancia que el nuevo marco supone “asegurar la participación de los pueblos en la gestión referida a sus recursos naturales y demás intereses que los afecten, más allá de que las provincias pueden ejercer concurrentemente estas atribuciones”.
Existen innumerables antecedentes que contribuyen a afianzar el reconocimiento a la igualdad de los pueblos aborígenes, su experiencia, capacidad y sus efectos trasmisivos a todas las generaciones sobre el respeto, cuidado y conservación de los bienes naturales. Y desde luego la protección del medio ambiente y conservación de la tierra que deviene de sus varias veces centenaria existencia precolombina. En definitiva, enarbolaron el derecho a preservar sus tradiciones y acceder a su promoción integral.
La denominada Cumbre de Río celebrada en Brasil en 1992 dejó reconocida explícitamente la experiencia y capacidad de estos pueblos.
Por su parte la Iglesia en sus distintos documentos, reivindica la acción evangelizadora instalada hace más de 500 años como el inicial reconocimiento de las raíces étnicas de los auténticos habitantes de esta América Grande en una verdadera acción de la pedagogía de la vida que, respetando creencias propias, inserte diferentes transformaciones que honren identidades y tradiciones.
No es ocioso recordar la Carta de Puebla de 1979 y la IV Conferencia de Santo Domingo de 1992 donde se alude a esta problemática y en el segundo de estos encuentros el Papa Juan Pablo II acogió la presencia previa a la llegada de los españoles de un Dios Vivo y Luminoso.
En suma, quedó ratificado el derecho del aborigen a preservar su dignidad y acceder a la promoción integral. Pero no es ocioso recordar que las corrientes que llegaron con el propósito de colonizar y civilizar, muchas veces desviaron esos objetivos provocando desgarramientos sociales y exterminio, con tratos inhumanos y medidas arbitrarias que fueron paradójicamente ejecutadas en nombre de valores superiores.
Por eso frente a esta fecha debemos reafirmar el derecho de estos pueblos que nos dan permanentes muestras de lucidez y sabias reflexiones sobre el sentido superior del hombre, el amor a la vida y la defensa de su dignidad en paz y con tolerancia.
Casualmente el pasado martes se celebró el Día de las Américas en conmemoración de la fundación de la Unión de las Repúblicas Americanas llevada a cabo en Washington el 14 de abril de 1890 durante la primera Conferencia Internacional Americana.
Suponemos con sobrada lógica que la cuarentena impidió la consabida recordación pública y escolar y ello es comprensible. Pero al menos en los medios que trajimos a nuestra pantalla de TV, no encontramos ninguna referencia.
Pero en otro orden y como reflexión insoslayable que nos impone la actual tragedia mundial, debemos aludir a ciertos comentaristas improvisados que buscan pararse sobre el Dios rating oxigenado por un sensacionalismo que se desayuna en la mesa de la irresponsabilidad. Mientras tanto millones de personas sacudidas por una pandemia global, miran hacia el Cielo.
Como el soldado en la guerra, que piensa que la bala enemiga lo matará al que está a su lado y no a él, hay quienes transgreden las exigencias obligatorias jugando con la vida propia y la de sus semejantes al soslayar la cuarentena. Como señala el doctor en Derecho Alberto M. Sánchez en el sitio Foro de Cuyo: “El virus cuenta con los vivos, con los cancheros, con los transgresores, con los que piensan ‘a mí no me va a pasar’, con los rebeldes, con los que creen que ‘se las saben todas’. Cada uno de nosotros decide: ser herramienta del virus u orfebres del bien común”.
(*) Especial para ANALISIS DIGITAL





