Por Luis María Serroels (*)
No sólo por el hecho en sí sino por los argumentos esgrimidos, la decisión de las autoridades de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (CABA) ha sido descalificada desde distintos sectores que ven en la decisión un serio error. Los cambios que en las últimas décadas han venido robusteciendo la atención y consideración para con los hombres y mujeres que transitan el tramo final de su existencia, ayudándolos a preservar sus derechos, darle un sentido virtuoso a su etapa etaria y hasta afianzarles el rol de consejeros, han sido quizás los fenómenos más remarcables que la sociedad supo plasmar.
Más allá de que la medida consistente en exigirles a los adultos mayores de 70 años un permiso de circulación “como medida preventiva ante el coronavirus”, pueda recibir algún maquillaje –más por presión que por convicción- que hasta el momento de cerrar este comentario no había sucedido, resulta incomprensible e impropia de funcionarios de semejante rango. Esto llevó a que el lúcido y batallador Defensor de la Tercera Edad, Eugenio Semino, les recuerde a los mentores de la medida que “el adulto mayor no es un débil mental” (en todo caso pareciera que esa debilidad suele rondar los despachos oficiales).
Resulta extraño que las máximas autoridades busquen legitimar semejante tropezón político, sosteniendo que “se trata de cómo cuidar a las personas con mayor riesgo”, con lo cual les imputa a los familiares una incapacidad para el cuidado de seres tan queribles como los ancianos (alguna que otra excepción no invalida el error de la medida).
Tanto el jefe del gobierno porteño Horacio Rodríguez Larreta, como el ministro de Salud, han expresado que “ese cuidado tiene que ver con acompañar a las familias a que cuiden a sus familiares, darles soporte del Estado con un conjunto grande de personas que pueden colaborar con los trámites, pedirles que se distancien, tomen todos los cuidados de recaudos adentro de la casa y también pedirles que no salgan salvo que sea indispensable”. Quizás pueda resultar injusto negarle lo que se tenga de buenas intenciones, pero con buenas intenciones suelen estar tapizados los caminos hacia el error.
Está claro que estos funcionarios subestiman a la televisión que con abrumadores mensajes sin solución de continuidad inunda los hogares y asesoran sobre la conducta correcta ante el fenómeno Covid 19. Ignorar que los queridos viejos en su mayoría apegados al televisor están mejor informados sobre las precauciones que las autoridades sugieren, no se comprende, como tampoco que se subestime el marco familiar como garante de la preservación de la salud en el tramo final de la existencia.
Algunos creen hallar en esto un afán innovador pero Semino describe claramente sus aspectos negativos. “Desde el punto de vista gerontológico es anacrónico: es tratar de tutelar casi en forma absurda al adulto mayor”, dijo. Y añadió que “además desde el punto de vista del derecho es también absurda. El exceso normativo no genera conductas responsables. Son teorías de viejismo absolutamente superadas que no sirven para nada. Tienden a generar la violación de la norma, que de hecho se va a dar”.
Las personas de mayor riesgo, por experiencia y natural espíritu de preservación más la protección familiar, no necesitan que algún funcionario se auto convierta en mentor y vigilante de su conducta a la hora de autorizar sus salidas a la calle, que es un poco lanzarse a una libertad vigilada”. Pero lo curioso que demanda una reflexión es el establecimiento de los límites de edad.
Ante el hecho de que una persona que tenga 70 años no requiera el permiso pero sí la que supere esa edad, observamos que los 70 años rigen hasta el último de los 364 días posteriores, vísperas de su cumpleaños Nº 71, es decir que allí dejaría de gozar de las especificaciones de la medida. ¿Qué pérdida de maduración y condiciones físicas habría sufrido ese ciudadano de un día para el otro? ¿Qué estudios gerontológicos y geriátricos se hicieron? ¿Cómo se mide la diferencia en términos de responsabilidad, sentido común y amor por la vida?
A la imprudencia, la desaprensión, la irresponsabilidad no la busquemos en la Tercera Edad. Seguramente la hallaremos en segmentos etarios más bajos que ocupan cargos públicos. La medida tiene un ingrediente de irrespetuosidad y subestimación hacia núcleos familiares que tienen en claro los protocolos que se diseñan para enfrentar la gran tragedia mundial.
En realidad la visita a los nonagenarios de enviados oficiales no debería ser para poner en marcha este plan, sino por el contrario para recibir de los viejos consejos sabios y buenas enseñanzas.
El sueco Ingmar Bergman, consagrado Director de Teatro y Cine, dijo que “envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre, la vista más amplia y serena”.
En tanto el gerontólogo Ricardo Moragas expresó que “hay que luchar contra la idea de que el viejo es funcionalmente limitado (…) la mayoría de la población anciana no se halla impedida”.
(*) Especial para ANÁLISIS





