Por Luis María Serroels (*)
El pasado 23 de abril se celebró en todo el mundo el Día de la Lengua Española, aprobado por las Naciones Unidas en honor al escritor Miguel de Cervantes Saavedra, cuya obra cumbre “El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha” lo elevó a la eternidad. Nadie piense que los juicios críticos que hemos de emitir abarcan a todos los que trabajan en el ámbito de la comunicación. Existen hoy –como parte de una nueva generación- valores muy promisorios que respetan su profesión a partir de la frase de Séneca: “Pregunten algo y parecerán tontos unos instantes; no lo pregunten y serán tontos toda su vida”.
Propicio resulta hablar de ese don hermoso que es la comunicación y que se plasma en la gran diversidad de idiomas y dialectos, que además siempre han dejado una puerta abierta para el cambio. Que puede ser lento o rápido, a veces en sentido positivo por interacción con otras lenguas y otras negativamente por malas costumbres que generan la creación arbitraria de cuestionables terminologías y torpezas. El vocabulario y los estilos pueden modificarse y enriquecerse (y eso es muy bueno), aunque a veces con un escaso respeto por las raíces y una buena dosis de irrespetuosidad. La proliferación de guarangadas instaladas con toda naturalidad en los medios de comunicación y en todos sus segmentos horarios (la palabrota soez ha sido sobreseída de su tradicional vulgaridad y mal gusto) dan la dimensión del libertinaje que ignora al universo de oyentes y espectadores sometidos a estas agresiones gratuitas.
Desde ambos sexos surgió una suerte de puja basada en una discutible y hasta salvaje profanación idiomática. Es simplemente un claro abuso y un atropello impunes, cuanto más si se ejercen a través de medios masivos. La xenofilia extranjerizante que abarca diversos órdenes, lleva a que los argentinos reemplacen graciosamente innumerables palabras de su idioma nacional por una terminología extraña, en detrimento de nuestra belleza lingüística. Especial agente de ello es la impiadosa TV en lucha contra los esfuerzos de los catedráticos y de los filólogos. El empleo de palabras en inglés que incluso no se traducen como debería ser, es un mal que debe desterrarse.
Otrora existían reglas claras y precisas autoimpuestas como hecho natural en línea con el empleo correcto del idioma en medios masivos y además el cuidado especial que considere la presencia de menores en el tramo horario de 8 a 22. De allí que el espíritu integrador y la vocación pedagógica que deberían ser innatos en los comunicadores, tendrían que blindarse frente a los despiadados embates contra nuestro maravilloso idioma.
Pero la atribución auto concedida por los presuntos profesionales para inaugurar palabras y aferrarse a expresiones soeces de mal gusto y escasa creatividad, son pan de cada día que los directivos de los canales parecen ignorar y que tal vez por imperio del seductor y a veces escurridizo rating, sofoca al televidente cuyo libre albedrío es sepultado por la niveladora vulgaridad.
¿Cuál es entonces el problema? Muy simple: que las disparidades entre esto y las estupideces que abundan, el mal gusto que sobresale y la ausencia del debido respeto por nuestra lengua ancestral, no son corregidos desde las cúpulas empresariales de los medios, porque el gusto del televidente ha pasado a una consideración secundaria. En el marco de la palabra escrita en las pantallas, el cuidado por la ortografía escasea y no es una cuestión menor que va en desmedro de la vocación por respetar la buena letra dentro de la riqueza que nuestro diccionario exhibe. Algunos generadores de caracteres parece que no conocen el castellano. Otra cuestión es que se apela demasiado a la frase “valga la redundancia”, al extremo de que esa frase se convierte ya en redundante. El temor a incurrir en el uso desmedido del dequeísmo, lleva a eludirlo aún en los casos en que resulta correcto. La aceptación y homologación para cualquier hecho que insuma preparación, organización muy anticipada y fecha ya estipulada del término evento, que siempre se consideró suceso imprevisto, pasó a aliviar a quienes siempre lo utilizaron mal.
La Feria del Libro, el Carnaval de Gualeguaychú, la muestra anual de la Sociedad Rural, las carreras automovilísticas sujetas a un calendario ya trazado, el combate pugilístico del siglo, las distintas efemérides, las elecciones presidenciales cada cuatro años y hasta los mundiales de la FIFA cuyas sedes y fechas se acuerdan varios años antes y se les dedican 48 meses para organizarlos, no pueden ser algo eventual. Sí lo es la caída de un rayo, un avión o un aerolito.
Existen “obsequios” que la inventiva de algunos seudo profesionales aportan. Hoy decir “hubo un accidente en el Acceso Norte”, se reemplaza por “hubo un accidente en lo que es el Acceso Norte”. Asimismo “ahora daremos el pronóstico del tiempo”, por “ahora daremos lo que es el pronóstico del tiempo”. No se anuncia que “un prestigioso pianista actuará en el teatro Colón”, sino que “un prestigioso pianista actuará en lo que es el teatro Colón”.
Raramente se dice “sentí una emoción intensa” sino “una emoción como muy intensa”. No se aplican como debe ser las frases “con relación a” o “vinculado con”, sino invariablemente “que tiene que ver con”. Y con un agregado muy particular: “es como que tiene que ver con…”. Latiguillos y muletillas surgen a granel y esto es más grave cuando se trata de egresados de una carrera de comunicación social, a cuyos docentes dejan muy mal parados. Además se advierten “profesionales” que ignoran las contracciones de preposición y artículo al y del, reemplazándolas por “a el” y “de el”. Esto se aprende hasta haciendo palabras cruzadas.
“El encuentro tuvo lugar justamente en el salón que justamente se destinó para tal evento, ya que puntualmente se decidió la convocatoria que justamente lanzó la entidad organizadora. Allí usó precisamente de la palabra quien justamente preside la comisión” (todo esto dicho sin pausas ni rubor). O en vez de decir “el Banco Central dio datos sobre el volumen actual de reservas”, se expresa que “de alguna manera el Banco Central dio datos sobre el volumen actual de reservas”. Y en el colmo de los colmos, los audaces con suerte dicen “lapso de tiempo” cuando lapso ya define por sí solo un tramo temporal. Otro grosero error es confundir el participio pasado del verbo fastidiar con el adjetivo fastidioso. Al futbolista que no puede contener a un hábil delantero se le denomina fastidioso y a quien lo enloquece gambeta tras gambeta lo llaman fastidiado. Está el que provoca fastidio y el que se fastidia, pero muchos no lo saben e invierten los conceptos.
Para un profesional de los medios orales y televisivos, hablar correctamente no es una opción sino una obligación. En defensa de nuestro precioso idioma –cuyo diccionario no muerde- y a tono con los cambios consignados al principio, podríamos rematar nuestra nota así: Y bueno, lo que es justamente el idioma tiene que ver con, de alguna manera, algo como muy intenso y a veces fastidioso o fastidiado y… ¡y nada! .
(*) Especial para ANÁLISIS





