Por Luis María Serroels (*)
Se ha dicho que más que honrar los cargos a las personas, son las personas las que deben honrar los cargos. La ultra pesada carga virósica jamás pensada caída sobre el planeta, generó en nuestro gobierno una inesperada como extenuante tarea junto a toda la sociedad. Es una lucha gigantesca ante la presencia deletérea de un invisible visitante.
Ello obligó a ajustar todos los mecanismos disponibles y agudizar la visión global en un país con 44 millones de habitantes. Los servicios de salud dan ejemplos permanentes de sacrificio e idoneidad ratificando su prestigio internacional. Empero en este terreno preocupa que desde algunos lugares del país aparezcan médicos que fundadamente se quejan por diferencias salariales con otros sectores que, sostienen, “lejos están de ponerle el cuerpo al nuevo virus pandémico” (sin negociaciones salariales y con suspensión de licencias). La muerte de médicos y otros agentes insustituibles del escalafón hospitalario, piezas esenciales de la cadena sanitaria contra el COVID-19, significa una heroica inmolación que debe destacarse. Ellos también amaban la vida.
“Cuando lleguen las 21 no aplaudan más, no hay nada que festejar, nada que aplaudir, nada por qué brindar. Hagan un minuto de silencio”, fue la frase más conmovedora.
El desafío de Alberto Fernández ante un enemigo para el cual nadie puede estar adiestrado, ha sido asimilado con gran responsabilidad y predisposición por los gobernados, más allá de episodios que evidencian la repudiable temeridad de algunos.
En nuestra comarca el gobierno de Gustavo Bordet diseñó un plan que abarca todos los niveles, sin dejar resquicio alguno. Se empezó haciendo camino al andar con una comunicación permanente, clara, precisa y expositores que demuestran una solidez técnico-científica tranquilizadora. La puesta en acción de todos los estamentos en términos sanitarios y de seguridad debe ser ponderada.
En 2019 lejos estaba en la agenda de Fernández que el Coronavirus formaría parte de la cadena de sus preocupaciones gubernamentales, con el agravante de que cada minuto desperdiciado puede significar más vidas perdidas. Quizás pensando arrancar en quinta velocidad, debió apretar los frenos, cambiar de derrotero y (la realidad manda) ponerse a la cabeza de millones de almas tan absortas como temerosas.
Fue un desvío impensado ante un rival oculto que lo sacó del eje de su gestión. Significó –valga la figura- calzarse los guantes para un durísimo combate. Ello con el agravante de no haber pasado por el gimnasio, no conocer bien a su adversario y menos su potencia y sus debilidades, ignorando hasta hoy cuántos rounds duraría.
Ningún gobernante puede a priori sentirse idóneo para semejante desastre porque su labor específica, aún muy complicada, dista años luz de lo que significa timonear un barco en un océano proceloso, sin brújula ni bitácora y sin haber cursado nunca la Escuela de Náutica. Ese barco virtual carga 44 millones de “pasajeros”, entre ellos muchos miles que lo entregan todo para evitar el naufragio.
Los enojos surgen por los desobedientes que se creen Superman, libres del contagio que altera todo el orden político, económico y social. Son los cultores de la doctrina de la fanfarronería y la insensatez.
Sorprende la cantidad de ciertos “especialistas” que generan el terror mediante teorías científicas antagónicas. Un proverbio árabe dice que “antes de hablar asegúrate de que tus palabras sean más útiles que tu silencio”.
En medio de esta situación, comenzando la semana el gobernador Gustavo Bordet firmó el decreto Nº 624 muy aguardado por el comercio minorista, que posibilitará reabrir las puertas en locales de diversos rubros, oxigenando así las finanzas de este sector tan dinámico como castigado, permitiéndole encarar un camino de recuperación tras las dificultades originadas por el COVID-19.
La decisión de la Casa Gris tiene mucho del filósofo Séneca cuando dijo: “Sin prisa pero sin pausa”.
Si bien se otorga a los municipios la potestad de habilitar comercios minoristas que elaboren protocolos de actividad, ello deberá contar con la aprobación del Comité de Organización Emergencia Sanitaria (COES) pero el poder de policía siempre estará en manos de las municipalidades.
El municipio paranaense trazó rápidamente una estrategia para la reapertura de comercios en la peatonal capitalina que, aunque no resulte cómoda para algunos, suena mejor que el angustiante cierre. En otras cuestiones de gestión que demandan salidas al ciudadano, personal de la comuna está cumpliendo un excelente cometido.
La semana pasada y en una nota realizada para una emisora de FM, el ex gobernador Mario Moine había reclamado que no se pretenda dirigir sus vidas con respecto al sector comercial, existiendo una gran buena voluntad de colaborar con el gobierno en esta situación. Dijo además que “es necesario acompañar al gobierno provincial, recalcar la necesidad de ser responsables”. Frente al citado decreto, Moine reflexionó que “el gobernador lo que ha hecho con los intendentes es autorizar aún cuando la pandemia está presente y con la responsabilidad de todos. Necesitamos vivir”. Reiteró que “cada uno debe ser responsable de sí mismo y del prójimo, que hay que recalcarlo muy bien. Debo cuidarme no sólo a mí sino a todos”.
En otro tema, recuérdese que hace un año, cuando se oficializó la futura fórmula del kirchnerismo, resultó difícil entenderlo. Es que el primer lugar fue para un tal Alberto Fernández, ex jefe de Gabinete de Cristina Kirchner que tras darle un portazo la terminó denostando frente a las cámaras de la TV. Y como acompañante se ubicó a quien tras dos períodos como presidenta fue cayendo en un desconfiable ocaso sólo interrumpido para embarrarle la cancha al Poder Judicial. Para ella no son tan importantes los cargos en sí como la inmunidad que ellos proporcionan, abrumada por numerosas causas judiciales. Recuérdese que durante 12 años el kirchnerismo se lanzó a las siempre seductoras aguas de la corrupción abordando el crucero de la impunidad.
¿En qué anda y en qué no anda? Vicepresidenta alternativa (por estos días operativamente asintomática), propiciadora de sospechas, titular del Senado cuya falta de sesiones generó un hecho insólito ante la Corte Suprema y enigmática a la hora de definir el futuro.
La fórmula K volteó el tablero de las especulaciones en aquellos días en que se diseñaba la estrategia electoral 2019 y donde asomaba su sed de vendetta aún latente.
Volver al sillón presidencial (pero con estabilidad asegurada) le daría mayor espacio operativo en su lucha por neutralizar los embates de Comodoro Py. Evoquemos el distanciamiento de CFK con su vicepresidente Julio Cobos entre 2007 y 2011 por diferencias irreconciliables. Hoy aparece distante de los graves problemas que enfrenta el principal habitante del edificio de Balcarce 50 y ello habla de una conducta políticamente bipolar. Por ahora auto sumergida en un extraño bajo perfil y tal vez añorando sus decenas de, a veces, intempestivas cadenas nacionales, Cristina se asemeja a los chicos que cuando en un lugar de la casa permanecen en silencio es porque alguna travesura estarán tramando.
Quienes en la tarde del último martes escucharon el editorial de Alfredo Leuco por Radio Mitre, seguramente fruncieron el ceño. Entre muchas cuestiones el periodista señaló que los organismos de la Seguridad Social del Estado que acumulan el 40% del presupuesto nacional, estarían todos en manos de La Cámpora, cuyas conocidas identidades citó y no precisamente para elogiar su historial. También advirtió sobre la estrategia K para que alumbre un “Máximo 2023” en la Casa Rosada. El kirchnerismo está convencido de que el gobierno bien puede convertirse en un bien hereditario (si lo dejan, claro).
El 4 de abril de 1968, el pacifista norteamericano Martin Luther King, líder de la lucha contra la segregación racial, fue asesinado. Unos años antes, el 28 de agosto de 1963 y en un memorable discurso, había exclamado “Yo tengo un sueño”. ¿Quién no lo tiene? De allí que en nuestro país el sueño de algunos sea instalar una monarquía de las que permiten quedarse (al Rey o Reina) con la jefatura de Estado y además el control parlamentario. La excesiva angurria política está condenada a la indigestión por inmoralidad.
(*) Especial para ANALISIS





