Por Luis María Serroels (*)
No se puede negar que la llegada del COVID-19 atacando tanto a nuestro país como a todo el mundo, significó en términos de acciones, políticas globales y hasta mano dura para convencer a los incrédulos, una primera vez. Una aplicación de aquella frase “caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Este comentario quiere preservar las buenas intenciones por sobre los previsibles errores humanos.
La realidad indica que aún las naciones más adelantadas del planeta no han podido resolver este azote, incluso superando en los porcentajes de la relación población-afectados-fallecidos al resto del mundo. La pandemia no selecciona.
Si nos remitimos a la aritmética, hasta ahora (datos del viernes) los afectados por el virus en nuestro país superan los 7.100, mientras que los muertos llegan a los 360, es decir un óbito del 5 por ciento. Los entendidos sabrán merituar y evaluar esta relación (5 de cada 100 personas alcanzadas por el virus terminaron falleciendo).
El gigante de América del Sur, Brasil, cuyo arrogante presidente parece habitar en una nube con veleidades de especialista, ostenta la mayor cantidad de muertos en el Continente (13.999). En el norte, los Estados Unidos figuran a la cabeza en el mundo (85.906), ambos datos que al publicarse nuestra columna ya quedaron desactualizados por la vertiginosidad del incremento de casos fatales. Habría que acudir a los guarismos respecto de la cantidad de muertos por cada 100.000 habitantes (en nuestro país sería de 16, pero la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la provincia homónima conforman una realidad muy distinta al resto del país).
Razonablemente la mirada debe ser comprensiva ante una cuestión jamás imaginada por habitante alguno del planeta. En Argentina, tras las medidas adoptadas en procura de atenuar los efectos negativos de una cuarentena, se está arribando ya a la “sesentena” (valga la expresión).
Las modificaciones en el terreno laboral tanto estatal como privado y –muy difícil de diseñar- la actividad educacional en diferentes niveles donde se deben multiplicar la imaginación, el sentido común y el deseo ferviente de que nadie pierda el año lectivo, constituyen el supremo desafío.
Ya hemos consignado en una anterior columna la irresponsabilidad de algunos que se creen ajenos a los peligros de contagio. Pero en paralelo ha surgido una mezcla de imaginación y creatividad asentada sobre ineludibles conceptos médico-científicos (ante elementales riesgos de por sí amenazantes) para las salidas de esparcimiento dirigidas con preponderancia a los niños. Aunque acotadas en el tiempo de duración, no dejan de ser un paliativo, en especial ante el hecho de que el invisible enemigo lejos está de dar tregua y menos aún señales de alejamiento.
Pero nos asiste una duda que corre por todo el país. ¿Qué factores se tienen en cuenta a la hora de trazar una línea divisoria entre quienes pueden salir a la calle y quienes no, según edades? Fracasada la medida inconstitucional –aunque basada en sanos y plausibles propósitos- adoptada por el jefe del gobierno porteño (CABA), se profundizó el análisis de la situación en que están los adultos mayores.
¿Qué parámetros se tomaron? ¿Cuáles son los reales factores de riesgo? ¿En qué medida esa bien intencionada decisión que la familia no deja de valorar se justifica abarcar a toda la enorme población de la tercera edad, en donde quizás sea peor el remedio que la enfermedad al privar de una breve salida para mirar el cielo, sentir el aire de la calle, observar el verdor de la arboleda y homenajear a los oídos con el canto del pajarerío?
Se debe entender que la valoración de los factores de riesgo –que existen- corren por cuenta de los familiares tras la consulta médica. Desde luego que ello bajo cuidados racional y ordenadamente consultados. Pero todo debería resolverse con criterio y responsabilidad. A la salud personal la debemos cuidar todos y este es el gran dilema. ¿Cómo se reacciona frente a casos en que una medida lejos de ser para bien resulta dudosa y lamentable? No pocos sostienen que el encierro no es una alternativa fácil de asimilar. No todos los menores de 65/70 años desbordan sentido común, destilan salud ni están libres de riesgo, pero salen a la calle resguardos de por medio. No todos los adultos mayores están en situación de riesgo ni carecen de responsabilidad. Entre autoridades sanitarias y familias debe existir un acuerdo tácito porque, lo que para quienes gobiernan resulta un peligro potencial, el cuidado y acompañamiento de los familiares constituye una amorosa responsabilidad.
Las buenas intenciones del poder político son ponderables pero la “revolución de los abuelos” está inspirada en su prudencia y amor por la vida. La longevidad no se elige, viene solita y desde muy lejos. No todos los ancianos tienen “nanas” ni todos los jóvenes irradian salud.
¿Quién corre más peligro, un mayor sentado en su vereda y viajando en sus recuerdos o los jóvenes sin barbijo que celebraron el cumpleaños del hijo de una funcionaria municipal mendocina? El reverendo sentido común nunca debe ser despreciado.
Los altos funcionarios quizás no entendieron que lo que tendría que ser un buen consejo, no debería trocarse en imposición. La medida de flexibilización adoptada el martes por el intendente paranaense Adán Bahl, posibilitando salidas limitadas a los adultos mayores y fijando nuevos horarios comerciales, fue justificada.
Para el final reservamos un escrito del médico gerontólogo mendocino Félix Nallim (72 años):
“De golpe me transformaron en una persona anciana. De golpe, comenzaron a tratarme como si fuera una persona limitada a la que hay que ayudar porque sola no puede o no sabe. De golpe el Mundo se debate si dejarnos encerrados o no, si valemos la pena vivos o no.
¿Pero qué les pasa? ¿Quién construyó este mundo que ahora viven? Déjennos cuidarnos solos. Nosotros, los que hasta hace media hora dirigíamos fábricas, organizaciones o éramos profesionales independientes, no perdimos ni la razón ni el juicio. No nos cuiden de manera incorrecta. Consulten con nosotros qué hacer, tenemos sabiduría, experiencia, sentido común y menos miedo que ustedes, los más jóvenes.
También, tenemos sentimientos y proyectos en la Vida. De la misma manera, que un púber de 13 años no se equipara a un joven de 25 y ambos están en diferentes etapas de la adolescencia, una persona de 65 ó 70 no se equipara a una de 90, siendo ambas personas mayores en edad. No se equivoquen. A nuestra edad, tenemos mucho para enseñar y ustedes mucho que aprender.
Ser mayor, no es una plaga. Es un derecho al que ustedes los jóvenes y dirigentes no querrán renunciar. ¡No nos pidan a nosotros que renunciemos!”.
Este alegato rebosa sabiduría y realismo por los que son llamados viejos (este periodista se incluye orgullosamente en esta franja etaria).
(*) Especial para ANÁLISIS





