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El COVID-19, culebrón y después

coronavirus

Por José Carlos Elinson (*)

¿Tanto les cuesta entender que acá no hay nada en vías de finalización? Tampoco de iniciación, digamos, estamos haciendo equilibrio en la cubierta del Titanic. En la obra los más optimistas apostaban a la salvación, los más pesimistas a que se aproximaba la hora del final.

Creo (modestamente), que es un buen paralelo, pero sólo a los efectos de crear conciencia.

Independientemente de los mal tragos económicos, dignos de ser tenidos en cuenta, ¿cuál es el problema en nombre de la salud de la población de armarse de la paciencia necesaria para que cuando nos digan seriamente y con respaldo científico indubitable que el problema fue superado retomemos la vida normal o lo que quede de ella?

Las marchas y contramarchas, creer que la libertad está en nuestras manos, que la cuarentena es una medida innecesaria, no hace más que retrotraernos a los inicios del problema y, necesariamente, tener que comenzar de nuevo pero a diferencia de aquel momento, con un número notablemente menor al que manejamos en estos días, y lo peor es que si nos llevamos por lo que consignan los medios, el problema crece al ritmo del azoramiento de quienes deben desde la ciencia hacerse cargo del inconveniente.

Comenzar de nuevo es a todas luces traumatizante. Te dijeron que estabas en condiciones de llevar a cabo determinadas actividades que tienen que ver con la vida social y el esparcimiento y después te dicen, como ya ha sucedido en algunas localidades, que nada de lo establecido deberá cumplirse por los focos del coronavirus que aparecen en distintos puntos de la ciudad, del país y del mundo.

Parece irracional pensar que esto está tocando a su fin y además poner fechas para la liberación. ¿Qué diferencia hay entre un negocio de barrio y un supermercado más allá de la superficie y la cantidad de gente que uno y otro puede albergar? Personas en condiciones de contagiar pueden comprar en el negocio del barrio o en el supermercado, el peligro está presente en ambos lugares, está y estuvo y si seguimos fracasando en los intentos de desterrar el mal, continuaremos de fracaso en fracaso, de internación en internación y de fallecimientos en fallecimientos.

¿Quién se hace cargo de los errores que para mal de muchos se siguen cometiendo?

¿Se le puede decir al virus que en determinados horarios se duerma una siestita porque la gente quiere salir a la calle?

Vamos a coincidir también en que mucha gente se adueña indebidamente de las libertades concedidas y permanece a la intemperie más tiempo que el convenido, pero aquí también cabe una reflexión: ¿Cuánto tiempo necesita el virus para cumplir con su cometido? ¿Horas, minutos segundos? Entonces ¿Cuál es la razón para limitar en términos horarios el tiempo y la distancia de estar en la calle?

Leerlo y escucharlo te pone mal, y escribirlo, peor.

El tan argentino “a mí no me va a pasar” se desdice todos los días y muchas veces con cifras alarmantes.

El COVID-19 llegó y se quedó a vivir entre nosotros como en tantos países del mundo. Negarlo es de ingenuos. El Presidente Alberto Fernández, que asegura poner la salud de los argentinos por encima del descalabro económico que hace décadas vive entre nosotros, ha delegado en los gobernadores y estos en los intendentes la decisión de abrir o cerrar las puertas para ir a jugar.

Según se puede apreciar ninguno logró dar en el clavo y en muchos casos ya comenzaron a poner reversa sorteando fases para tratar de arribar más temprano que tarde a la fase uno y desde allí ver cómo y por qué caminos volver a empezar.

Mientras tanto los boquiabiertos de siempre se empeñan en seguir haciendo equilibrio en la cubierta del Titanic y en este caso el equilibrio no aplica, en todo caso aplicaría el sentido común.

(*) Especial para ANALISIS.

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