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No es lo mismo visitar que recibir al Papa

Por Luis María Serroels (*)                    

El impacto emocional y la alegría que produjo en la Argentina la designación de Jorge Bergoglio como Pontífice –que desde luego se expandió hacia otras latitudes- marcó un antes y un después en nuestra historia. El kirchnerismo –enemigo acérrimo del Primado al que le destinaba su pesada artillería dialéctica- acusó el golpe con un tono carente de diplomacia. Incapaz de controlar sus impulsos, Cristina Fernández y su militancia reaccionaron sin medir los riesgos de tan imprudente como injusto enfrentamiento con el jefe de los católicos del mundo, una grey de la que también forman parte integrantes del Frente para la Victoria, obligados a una forzada doble postura ideológica.

Al momento de la caída de Juan Perón en 1955, parte de sus militantes de confesión católica sintieron abrirse una grieta debido a los choques entre prelados y el poder, que el tiempo fue morigerando. Pero hete aquí que alguien logró convencer a CFK sobre su error y, con la fe de los conversos, la presidente se sintió cubierta por un nimbo mágico que la convirtió en ferviente admiradora de Francisco. Y así empezó su peregrinación y la de muchos compatriotas hacia Roma en un fenómeno de mostración inédito.

Ha sido enorme la cantidad de devotos viajeros como si buscasen suavizar el efecto de la ya larga ausencia de Bergoglio de su terruño. El problema es que entre los que han ido figuran paradigmáticos personajes corruptos de variado pelaje que procuran la bendición papal, aunque aquí los estén aguardando varios jueces. Pero una  foto junto al Pontífice no convierte en santos a los pecadores. Casualmente el Santo Padre definió a la corrupción como “el camino más equivocado”. Los Santos Evangelios exhiben enseñanzas que colisionan con la conducta delictuosa del kirchnerismo en el poder y que al Papa no parece incomodarlo.

Tampoco le impidió recibir al ex gobernador entrerriano Sergio Urribarri, hoy cobijado bajo el paraguas de la cancillería fernandiana. Para los fieles carentes de recursos pero no de deseos de recibirlo en su patria, hasta ahora no hay tiempo a 7 años de ser consagrado como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica.

“Todos los caminos conducen a Roma”, dice una añeja sentencia. Pero no dice que visitar al Papa transforme a un indeseable en un virtuoso. ¿Alguien duda de que Bergoglio no experimente un  gusto amargo ante ciertos visitantes sin legajo pero con prontuario? Cabe preguntar ¿por qué entonces son recibidos? Abrirle las puertas a Cristina no puede atribuirse a la vieja adhesión del Pontífice al peronismo –si bien se sabe que ella no lo es- sino a un pragmatismo histórico del Vaticano. 

Es bueno preguntar qué buscan algunos argentinos de dudosa fe cuando deciden llegarse hasta Roma. Difícil obtener indulgencias plenarias por esto. No pocos de los políticos, deportistas y figuritas de la farándula que arman sus bagayos para ir a visitar a Jorge Bergoglio, le daban vuelta el rostro por las calles porteñas o en medios de transporte durante su residencia en Argentina. 

Para la sociedad vernácula, la reticencia papal en viajar a la Argentina acarrea comprensibles interrogantes. En 2015 fue porque no quería incidir en el proceso electoral, argumento discutible porque terminó  recibiendo a Cristina Fernández. Incluso hasta hubo tiempo para un nuevo encuentro durante la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro, donde acudió una delegación K integrada por legisladores y dirigentes de La Cámpora, además de su candidato a diputado Martín Insaurralde. La imagen de ese contacto se utilizó para plotear un vehículo afectado a la campaña electoral, no obstante advertir el Papa sus deseos de evitar que su llegada sea mal interpretada. Claro que si prometía hacerlo recién en 2018 (tras un lustro de su arribo al papado) se estaría también muy cerca de los comicios generales del año siguiente. 

El 17 de marzo de 2014 hubo una extensa reunión privada tras un viaje de Cristina “con motivo del primer aniversario de pontificado”. El 19 de setiembre de 2015, la todavía presidente retornó a Roma y se reunió con Francisco en la residencia de Santa Marta, admitiéndose haber abordado una agenda con asuntos netamente políticos. Con los encuentros de Brasil, Paraguay y Cuba, fueron siete las entrevistas personales y llama la atención que quien jamás recorrió la estrecha distancia que separa la Casa Rosada de la Curia Metropolitana, voló miles y miles de kilómetros para acercársele ya como Pontífice.

Si Jorge Bergoglio conocía la historia negra de los Kirchner desde antes de llegar al trono de San Pedro, llama la atención que haya terminado dispensándole tantas atenciones a alguien que ya en ese tiempo portaba en agenda varias cuentas con la justicia en los tribunales federales de Comodoro Py, al igual que muchos de sus hombres de confianza enlazados por el común denominador de la corrupción más vergonzante de la historia.

Que ello se asiente sobre un acto de perdón (comprensión, olvido de la ofensa, pasarla por alto, no guardar rencor) expresado en la Biblia, es muy bueno. Pero convertir a quien lo difamó, en la figura de la política argentina con la que más entrevistas mantuvo desde su elección pontificia, sigue sonando cuanto menos extraño.

Al Vaticano han llegado personas de sombríos antecedentes: Omar “Caballo” Suárez (secretario general del Sindicato de Obreros Marítimos Unidos), quien pasó de indigente a millonario mediante maniobras non sanctas. Su mejor “salvoconducto” fue su amistad íntima con Cristina Fernández, quien no debía ignorar sus andanzas.  Una foto muestra a Omar Suárez muy sonriente posando junto al Papa, como tantos corruptos K.

¿Y a qué fue Carlos Menem y familiares? Se trata del primer presidente de la democracia en recibir prisión efectiva (7 años) en un juicio que esperó 18 años por el envío ilegal de armas a Ecuador y Croacia. Por su edad  fue beneficiado con el arresto domiciliario, amén de cobijarse en los fueros como senador nacional, cargo en el cual se siente hoy muy cómodo. ¿A esto no lo sabía la Nunciatura en Buenos Aires?

Al volver Menem de Roma declaró que al Papa “le preocupa lo que ocurre en todo el mundo y por supuesto en Argentina, que es su país (…) él quiere a su patria como la queremos nosotros”. Y enfatizó que “Cristina (Fernández) tendrá que preocuparse por Comodoro Py”, aunque él ya había dejado de hacerlo gracias a sus hábiles gambetas a los magistrados. Ha sido como el Messi de la política.

Vale refrescar expresiones del Papa Francisco: “La corrupción crea dependencia y genera pobreza, explotación y sufrimiento” (lo hizo durante el rezo del Ángelus en la Plaza de San Pedro). Y añadió que se debe elegir entre dos caminos: “la honestidad y la deshonestidad, la  fidelidad y la infidelidad, el egoísmo y el altruismo, entre el bien y el mal”, recalcando que la corrupción es como la droga que se puede usar y dejar cuando se decide, aunque advirtió que no se puede oscilar entre uno y otro. Y remató expresando que “la corrupción constituye el camino más equivocado, el del pecado, aunque es el más fácil de recorrer”.

Sin embargo se contradice con su silencio a sabiendas de que sin rubor alguno Cristina Fernández prepara su operativo de desalojo de jueces serios para reemplazarlos por magistrados venales que la salven de ir presa. Las prédicas de Jesús nunca tuvieron un doble mensaje.

Según su biógrafo y periodista más cercano, el paranaense Sergio Rubín, Francisco aún no ha visitado la Argentina debido a las demandas de otros compromisos. Pero en el fondo, la causa es que “no están dadas las condiciones para ello”. ¿Cuáles son esas condiciones? Parte del impedimento se debería a que “aquí los ánimos están aún demasiado encrespados tras 12 años de kirchnerismo confrontativo e incluso él mismo fue cuestionado por dirigentes y sectores de la sociedad que consideran que tuvo demasiados gestos ante la entonces presidenta en contraposición a lo frío que fue, al menos inicialmente, con el presidente Mauricio Macri”.

Siempre será bueno el  momento –desde luego que tras librarnos de la letal pandemia- para consolar a su Argentina, calmar a los espíritus desorientados y enderezar el rumbo hacia planos de tolerancia recíproca. Francisco visitó países donde había violencia que demandaba medidas de seguridad extrema para protegerlo. Y ello no lo intimidó. Mensajes a su país al cruzarlo a miles de pies de altura sin aterrizar en él, merece aclaraciones.

El polaco Karol Wojtyla volvió a su patria el 2 de junio de 1979, 8 meses después de ser elegido Papa Juan Pablo II. Hablamos de un país largamente sometido por el comunismo donde debió vencer la intransigencia de las autoridades que se oponían a cualquier visita papal. Muchos sostienen que allí empezó la liberación de Polonia. Y vino a la Argentina dos veces, siendo el primer arribo en momentos muy trágicos para nuestra nación. Además fue el “ilustre mediador” en el conflicto con Chile. ¿Por qué no convertir a Jorge Bergoglio en el “ilustre pacificador” de sus compatriotas? Comparar suele ser odioso, pero asumimos el riesgo. No es lo mismo que centenares visiten a Francisco, a que millones sean visitados por él.

(*) Especial para ANALISIS

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