Por Luis María Serroels (*)
A la reforma judicial no se la observa tanto con recelo por lo que pueda exhibir de apresuramiento, sino por lo que se le advierte como componente tramposo. Ello se trasluce en tanto es imposible maquillar las maniobras orientadas a evitar que la cárcel sea el destino final de Cristina Fernández. Si a su entender existieran méritos sólidos y suficientemente contundentes para una absolución, ¿por qué dilatar tanto las actuaciones? Esta historia viene de lejos y siempre se lleva de la mano con su Majestad la Chicana.
¿Aceptarían los mayores popes del kirchnerismo macizo colocar su mano derecha sobre la Biblia y con solemnidad ejemplar prometer que toda tarea destinada a modificarla no se realice antes de que las causas que involucran a la vicepresidenta sean cerradas, sean cuales fuese el resultado? La desconfianza en la política es una de las formas de aprender a mirar con un ojo abierto.
Es bueno recordar que quien accedió hace ocho meses a la mayor magistratura, debió arriar las naves de la desconfianza por partida doble luego de sembrar con los peores insultos a la ex presidente, para luego dar un giro copernicano con sabor a intereses mutuos.
¿Cuántos turnos de ejercicios presidenciales legales de signo peronista o kirchnerista se han sumado en la historia post última dictadura y nunca se advirtió tanta ligereza para acometer actos de corrupción?
¿Por qué –en medio de tanta desvergüenza durante un par de gestiones consecutivas para llenar sus cuentas mal habidas e ilegítimas- deben darse tantas vueltas? Quienes, debiendo hacerlo, no le sacan la máscara a los ladrones públicos ¿qué rol pasan a desempeñar?
El caso de una magistrada federal a quien un legislador le rechaza una orden, ¿cómo se cataloga? Un ciudadano dejó esta reflexión: ¿qué pureza doctrinaria del peronismo alumbrada en la década del ‘45 puede estar emparentada con Alberto Fernández y Cristina Fernández?
Cuando a un Presidente de la Nación le caen duramente miles y miles de ciudadanos hastiados de atropello y lo único que le sale responder es que se arriesgó imprudentemente la seguridad pública, elude dar las respuestas perentorias en un momento de alta temperatura política.
¿No se enteró la Presidencia de las atrocidades de un Estado inmoral traducido en los arreglos vergonzantes a favor de Cristóbal López sobre la deuda cercana a 10.000 millones de pesos a la AFIP por evasión en los impuestos a combustibles desviados para instalar nuevas empresas?
Desde el espacio político de Elisa Carrió, sus legisladores decidieron denunciar penalmente al bloque de senadores del Frente de Todos por su desobediencia a un fallo judicial. La presentación se originó a raíz de los traslados de los jueces federales Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi (este magistrado está a cargo de la causa “cuadernos”, uno de los hechos de mayor corrupción en el período kirchnerista). Darle ayuda a los corruptos enjuiciados, sea quien sea, es también ser un corrupto. Y trabajar para separar al magistrado mediante maniobras vergonzantes y corporativas es delito.
El denominado Banderazo que llenó a las plazas del país y recorrió las calles y avenidas, fue una genuina demostración de protesta que preocupó al poder aunque se lo quiera ignorar (versión del silencio). No fue un desacato sino un acto motivador y democrático que nadie puede limitar en tanto se lo desenvuelve con responsabilidad.
El respetado columnista Joaquín Morales Solá escribió en La Nación las razones que impulsaron al rechazo de medidas que sublevan. Y que la ciudadanía utilizó como levadura al rechazar los motivos que el poder pensaba usar para neutralizar un acto genuino, bullanguero y ordenado.
De la estupidez no es fácil regresar. Cuando Juan Grabois alumbró la idea de aplicar multas a los manifestantes identificándolos por sus rodados, se transformó en un virtual autoritario a la usanza de los mejores.
No es ocioso indagar qué controles y seguimientos se hicieron con los reclusos que fueron trasladados a sus hogares para evitar riesgos frente al Covid-19 y que no todos mantuvieron en resguardo incluso con todas las prebendas.
El kirchnerismo estuvo gobernando en la Casa Rosada durante tres períodos y nunca (al menos que se sepa) se escucharon demandas sobre reforma judicial. Claro que la lluvia de denuncias y aperturas de causas por graves delitos, despertó la necesidad de abrir el paraguas de la impunidad.
El 11 de octubre de 2012 durante una larga entrevista televisiva con Joaquín Morales Solá, Alberto Fernández se explayó sobre la política económica de la presidenta Cristina de Kirchner en su segundo período.
Entre las frases –que incluso no fueron las más duras-, ya salido de la esfera oficial por desavenencias graves, Fernández dijo como respuesta a su política económica-financiera, las críticas que salieron frente a las pantallas sin disimulo. Dijo estar “indignado con la Presidenta, porque dijo que en la Argentina no hay inflación; no nos tome de estúpidos a todos; no percibe o niega lo que está pasando; es tomar de estúpidos a todos; ¿dónde estaba la Presidenta cuándo pasaba todo esto”.
“Es más vergonzoso desconfiar de nuestros amigos que ser engañados por ellos”. (Confucio)
(*) Especial para ANÁLISIS.





