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Hacia una construcción mancomunada del orden mundial post-pandemia

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Hacia una construcción mancomunada del orden mundial post-pandemia. (Foto: ANÁLISIS)

Por Laura Banega (*)

“La incertidumbre ha sido la marca registrada del S XXI”. Es curioso pensar que tuvimos que esperar la llegada de la pandemia por SARSCOV-2 para buscar ciertas respuestas a las preguntas que surgen de nuestra realidad, sobre la necesidad de resignificar procesos de relación y sobre la posibilidad del surgimiento de una nueva forma de orden social mundial.

Lo es, en realidad, porque numerosos hechos de la vida internacional nos han interpelado a su momento buscando respuestas a las preguntas que hoy nos hacemos, como la crisis económica global del 2008-2009 o la propia pandemia por la gripe A H1N1, también de 2009.

A su vez, numerosas personalidades reconocidas han puesto énfasis en la necesidad de repensar nuestra convivencia desde sus mismas bases. Es el caso del Papa Francisco y su encíclica “Laudato Sí” cuando llama a una conversión ecológica global; o de Malala Yousafzai, cuando menciona la sed de educación de los niños del mundo; o de Oprah Winfrey, cuando a través del lema me too4 alentó a millones de mujeres alrededor del planeta a denunciar las situaciones de violencia por razones de género de las que son víctimas.

Desde la promoción de una ecología social, y la denuncia de las desigualdades de clase y género, estos reclamos se reconocen válidos por todos nosotros. Pero al hacerse por separado la fragmentación se vuelve su nota distintiva.

La posmodernidad como fenómeno se ha sustentado en un individualismo exacerbado, y los intereses se agrupan en un ejercicio de narcisismo colectivo que no deja lugar a la reflexión comunitaria. La excepcionalidad de la situación actual está marcada por el aislamiento social como medida imprescindible para evitar la propagación del SARS-COV-2. Medida esta que nos ha obligado a enfrentar nuestras preguntas, mostrándonos crudamente nuestra indefensión ante circunstancias imprevisibles como la emersión de un nuevo virus hasta ahora desconocido y altamente contagioso. Esta indefensión pone de manifiesto, además, que todos somos en esencia iguales.

Por primera vez en mucho tiempo un suceso nos atraviesa como humanidad, y no ya como una serie de individuos aislados. El contexto de pandemia determina nuestra relación con el entorno, afectando nuestra cotidianeidad y poniendo de manifiesto una encrucijada civilizatoria cuyo alcance y consecuencias [son] todavía inciertas. La sociedad mundial se ha visto obligada a salir de su modorra de indiferencia ante el sentido y de descompromiso emocional.

Ocupábamos, como disciplina, un lugar en este nihilismo como patología [que] se difunde al infinito. Nuestras discusiones no trascendían el ámbito académico y pasaban desapercibidas ante el individuo de a pie, quien sólo posaba su atención en las Relaciones Internacionales por el breve lapso que conlleva leer una noticia en algún medio digital de alcance masivo que casualmente publicase al respecto.

Ahora es distinto. La pregunta por el orden mundial post-pandemia se inscribe dentro de una pregunta más general por el futuro, que reúne todos los órdenes de la vida del ser humano. La incertidumbre, característica propia del nihilismo como práctica, es ahora ocasión para un nuevo pensamiento de la comunidad. En esta afirmación se inscriben las siguientes reflexiones.

Horizontalizar el multilateralismo. Contamos actualmente con espacios de discusión multilateral que reproducen sistémicamente una determinada configuración de poder. Entendiendo que toda política internacional implica un choque constante de voluntades y que por ello el poder se distribuye de manera desigual, es necesario reorientar estos espacios para que la ley surgida de ellos sea la mejor y no la del más fuerte. Como señalaba Juan Carlos Puig: “La superestructura jurídica internacional descansa sobre las bases de un sistema de equilibrio de fuerzas y se admite que el orden mundial dependa de los caprichos de las políticas de poder mundial”.

Badie ilustra este mismo hecho señalando la consolidación de espacios de discusión como el G8, el G20 o el mismo G2 y denominándolos oligárquicos. La relación entre las naciones del mundo y, más aún, entre sus sociedades, no puede quedar sujeta a los intereses de unos pocos actores. Hoy más que nunca debemos entender el futuro como fruto de decisiones colectivas, en el más amplio sentido de la palabra.

Afianzar las instituciones internacionales. La sociedad internacional ha logrado, en su evolución y como respuesta a los grandes conflictos que marcaron el corto siglo XX, institucionalizar sus relaciones. Consideramos, sin embargo, que el modelo onusiano no es suficiente en tanto su surgimiento responde a una realidad de tiempos pasados.

Es preciso lograr un movimiento constante hacia la integración de todos los Estados del mundo y no sólo entre aquellos que consideran tener algo en común. Esta faedus pacificus [federación de paz] ha de ser, como propone Kant, un objetivo primordial si entendemos que la anarquía del sistema internacional no nos ha brindado hasta ahora reglas de juego que todos los jugadores elijan respetar. El derecho internacional debe ser verdaderamente internacional, tanto en su formulación como en su aplicación.

Repensar la integración regional. Promover nuevas modalidades en el orden de la integración regional implica una comprensión horizontal de la toma de decisiones y una mirada redistributiva para los resultados (de dicha integración).

América Latina se encuentra, a diferencia de otras regiones del planeta, ante la rica posibilidad de lograr un ethos comunitario, de integrar las culturas y cosmovisiones existentes en formas de relación que trascienden lo simplemente económico.

La integración regional no debe orientarse solamente a fortalecer nuestra acción exterior conjunta: los cimientos deben afirmarse en sociedades integradas en la comprensión de una proveniencia común. Honrar nuestro origen compartido no implica un pensamiento regresivo, sino acciones concretas contra aquellas tendencias estructurales de estancamiento, marginalidad y desnacionalización que nos detienen a la hora de generar propuestas comunitarias efectivas.

Promover una ecología con sentido social. Terminar con la cultura del descarte implica algo más que cambiar nuestros hábitos de consumo. Es entender que las prácticas ecológicas promovidas por aquellos países cuyas poblaciones disfrutan de una satisfacción más o menos completa de sus necesidades materiales también pueden ser inequitativas y marginalizantes.

En este sentido, adhiero a la propuesta del Gran Pacto Ecosocial y Económico de la socióloga Maristella Svampa y el jurista Enrique Viale, propuesta que descansa sobre cinco ejes fundamentales: “Un Ingreso Universal Ciudadano, una Reforma tributaria progresiva, la suspensión del pago de la Deuda Externa, un Sistema nacional de cuidados y una apuesta seria y radical a la Transición socioecológica.”

Comprendo que esta propuesta es integral en tanto responde a la realidad de la periferia latinoamericana, signada por desigualdades profundas, las más profundas del planeta.

A ello habría que sumar la necesidad de repensar las prácticas del comercio internacional. Si el crecimiento de los países del Sur depende, en parte, de sus ingresos por el comercio exterior, no podemos aceptar pasivamente la imposición de condiciones imposibles de ser cumplidas.

Las cláusulas relacionadas a las exigencias de calidad, como las referentes a la huella de carbono o de agua, o al origen orgánico de los alimentos, responden a una distribución desigual de la tecnología y el conocimiento que permiten su aplicación.

En este sentido, la cooperación entre países de alto y bajo desarrollo tecnológico en materia científica podría significar un buen punto de partida para promover cláusulas comerciales progresivas y ambientalmente amigables.

Estas son apenas algunas propuestas para el escenario que nos espera. Invertir nuestras energías disciplinares en intentar dar respuestas a algunas de estas preguntas re-fundantes del orden internacional implica sabernos artífices de ese porvenir y no meros espectadores.

Considero que América Latina está dotada de recursos y potencialidades, y que por eso ella es albergue de futuro. Actuar en consecuencia con esta afirmación significa comprender también que no hay lugar ya para la recepción pasiva de tradiciones disciplinares ajenas o extranjerizantes. Si queremos ver un cambio verdadero y significativo debemos dotarlo nosotros mismos de significado, sosteniendo una coherencia entre nuestra realidad y la realidad que esperamos ver en el mundo.

Bibliografía

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Badie, B. (2013). Diplomacia del contubernio, los desvíos oligárquicos del sistema internacional. Buenos Aires: EDUNTREF.

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Corigliano, F. (2020). Orden ¿o desorden? mundial y pandemia. Perspectivas Revista de Ciencias Sociales, 445-462.

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Svampa, M., & Viale, E. (Mayo de 2020). Revista Anfibia. Obtenido de http://revistaanfibia.com/ensayo/green-new-deal/

Winfrey, O. (8 de Enero de 2018). La Nación. Obtenido de https://www.lanacion.com.ar/espectaculos/lee-el-discurso-completo-de-op…

Yousafzai, M. (10 de Diciembre de 2014). Pediatría social. Obtenido de https://www.pediatriasocial.es/HtmlRes/Files/DiscursoMalala.pdf

(*) El artículo fue uno de los ganadores en el Concurso Federal de Ensayos (III Edición), realizado bajo el lema "Coronavirus: ¿tiempos de incertidumbre mundial?".

-En la Categoría Senior, el primer puesto fue para Diego Martín, de Santa Fe: "Estrategias Alimentarias Urbanas: respuestas pre pandémicas para el mundo post pandemia".

-En la Categoría Junior:

  • Primer puesto: Uriel Mendelberg, de CABA: "Coronavirus: el gran cristalizador".
  • Segundo puesto: Ana Laura Banega Villaruel, de Entre Ríos. "Hacia una construcción mancomunada del orden mundial post pandemia".
  • Tercer Puesto: Carolina Balay, de PBA. "El Multilateralismo tiene coronavirus: ¿Crónica de una muerte anunciada?".

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