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Día Internacional de los DDHH: el papel decisivo de la mujer en su concreción

Derechos Humanos

Por María Angélica Pivas (*)

“Nos encontramos hoy en el umbral de un gran acontecimiento tanto en la vida de las Naciones Unidas como en la vida de la humanidad. Esta declaración bien puede convertirse en la Carta Magna internacional para todos los hombres en todo lugar”. Eleanor Roosevelt, París, 10 de diciembre de 1948.

El 10 de diciembre de 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas (ONU) proclamó, en París, la Declaración Universal de Derechos Humanos (Resolución 217 A (III). En tanto, en 1950 adoptó la resolución 423 (V), invitando a todos los Estados y organizaciones interesadas a que adopten, el 10 de diciembre de cada año, como Día de los Derechos Humanos del Hombre, a que observen este día para celebrar la proclamación de la Declaración Universal de Derechos Humanos y a que redoblen sus esfuerzos para lograr que la humanidad realice nuevos programas en este campo. En otras palabras, abogando por la plena satisfacción de todos los derechos humanos para todos y en todas partes.

La declaración se erige, como ideal común, para todos los pueblos y naciones, reconociendo por primera vez en la historia universal, los derechos humanos fundamentales que deben protegerse en el mundo. Su traducción supera, con creces, quinientos idiomas. Me detengo aquí en una parte de su preámbulo: “Proclama la presente Declaración Universal de Derechos Humanos como ideal común por el que todos los pueblos y naciones deben esforzarse, a fin de que tanto los individuos como las instituciones, inspirándose constantemente en ella, promuevan, mediante la enseñanza y la educación, el respeto a estos derechos y libertades, y aseguren, por medidas progresivas de carácter nacional e internacional, su reconocimiento y aplicación universales y efectivos, tanto entre los pueblos de los Estados Miembros como entre los de los territorios colocados bajo su jurisdicción” Y de sus treinta artículos, en el primero: “Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. El mérito del cambio de "hombres" por "seres humanos" en el texto de la declaración, se atribuye a la activista política feminista de la India, Hansa Jivraj Mehta, para dejar fuera de cualquier duda que la Declaración Universal se refería a todos, tanto a hombres como mujeres. Tras esta sucinta introducción, mi propósito es centrarme, en este particular día, en el descollante -y no tan reconocido- rol de las mujeres en ese tiempo. Y, de todas ellas, a una mujer, entonces Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas. Reconocida como la fuerza impulsora que en 1948 creó la declaración de libertades y que por la eternidad, será su legado: La Declaración Universal de Derechos Humanos. Me refiero a Anna Eleanor Roosevelt, (conocida como ella quería: Eleanor Roosevelt, apellido propio) y no lo haré como primera dama del país del norte durante los mandatos presidenciales de su esposo Franklin Delano Roosevelt (1933/1945) tampoco, como la que más años ha desempeñado tal compromiso. Sino, por lo que realmente importa: lo que ella fue y tributó en su presente y con miras al futuro por los derechos humanos. Dicho esto desde los múltiples roles a los que dedico su vida (amén de la crianza de seis hijos): periodista, escritora, pionera del movimiento feminista, política, diplomática, activista por los derechos humanos, una de las primeras defensoras de los derechos civiles de afroamericanos, voluntaria en la Cruz Roja Americana y en hospitales de La Marina durante la Primera Guerra Mundial, defensora de los refugiados europeos que querían residir en Estados Unidos cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, miembro de organizaciones activistas como la “Liga de Comercio Sindical de Mujeres” y la “Liga de Mujeres Votantes”, entre otros, pero, y sobre todo por ser una mujer, que trascendió aquel “sello” de primera dama para ser llamada la primera dama del mundo, una mención que ha pasado a la historia. No es casual, prueba de esto es que, luego de la muerte de su marido (1945) se mantuvo movilizada, luchando para que todos los derechos colectados en la Declaración, se cumplieran.

En efecto, el nuevo presidente norteamericano, Harry S. Truman, la proclamó delegada de su país ante la organización de la Naciones Unidas (1946). Pero la historia no queda allí, Eleanor es ungida por sus pares, al año siguiente, como Presidenta de la Comisión de Derechos Humanos de las Naciones Unidas, consagrándose como la primera mujer de la historia en ocupar este cargo, para luego ser considerada como la impulsora de la declaración de las libertades: la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH) del 10 de diciembre de 1948, para la que trabajó día y noche, según relatara luego en sus memorias, sin descanso durante dos años.

Su rol no escapa a su prestigio, autoridad en la temática y credibilidad que bien supo ganarse. Con sólo situarnos tres años después de una sangrienta segunda guerra mundial, que ningún Estado quería repetir, sumando otro escenario de aquel tiempo: las progresivas tensiones entre el Este y el Oeste. Pero esta mujer, sabía cómo llevar la Declaración que conmemoramos, hasta su redacción final. No le bastó ello, continuó luchando para que todos los derechos declarados se cumplieran, sin excepción, hasta su muerte, acaecida en 1962.

No en vano, es que el 10 de diciembre de 1968, en forma póstuma, se le confirió el premio de las Naciones Unidas en la Esfera de los Derechos Humanos. Primero en otorgarse y, a partir de allí, cada cinco años es concedido, a personas u organizaciones que defienden los derechos humanos y las libertades, enviando un mensaje de agradecimiento a la comunidad internacional por los incansables esfuerzos por promover la Declaración Universal de Derechos Humanos.

La Declaración que nos ocupa, como piedra basal, fruto de esta idealista y adelantada mujer -junto a otras tantas pioneras, quienes merecerían un artículo aparte-, nos llevan hoy día a poder hablar, militar y reclamar el acabado cumplimiento de los derechos humanos de las mujeres, como objetivo prioritario. Dicho esto porque nuestros derechos son vulnerados, no son prioritarios en las agendas públicas por lo que, se encuentran postergados a la hora de hacerlos efectivos, aquí y en cualquier lugar del país. No son plenos. Confrontemos hechos, públicos y notorios, que eximen de prueba, vg. los últimos movimientos y reclamos de colectivos de mujeres en nuestro país. Cotejemos integraciones de gabinetes de los poderes ejecutivos, cuántos son hombres y cuantas son mujeres (tanto del gobierno que se va y como del que hoy asume), igual aplica para legislaturas, Corte Suprema, Cortes o Superiores Tribunales de Justicia del País, del que no se encuentra ajeno, verdad de perogrullo, nuestra provincia.

¿De qué estamos hablando? Nada más y nada menos que de los derechos que abarcan todos los aspectos de nuestras vidas: del derecho humano a la igualdad de género, a la educación, a la salud, al bienestar económico, a la participación política, a los derechos sexuales y reproductivos, a una vida sin violencia, al acceso a la justicia, entre tantos otros. En definitiva, al disfrute pleno y en condiciones de igualdad de todos los derechos humanos; a vivir libre de toda forma de discriminación.

Los Derechos Humanos, dicen los expertos en la temática y se comparte, son el epicentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) -agenda 2030- ya que sin dignidad humana no conseguiremos impulsar el desarrollo sostenible. Los derechos humanos están impulsados por el progreso de todos los ODS, y los ODS están impulsados por los avances en los derechos humanos. Ambos están interconectados.

“La batalla por los derechos individuales de las mujeres es una de larga duración y ninguno de nosotros debería tolerar cualquier cosa que la socave.” Eleanor Roosevelt.

Nuestro compromiso, hoy y hasta que nuestros derechos sean plenamente reconocidos y respetados, será luchar denodadamente y sin descanso, hasta conseguirlo. Correr el velo a muchas declaraciones o proclamas vacías de contenidos y luchar por acciones positivas en pos de una igualdad real. Juntas, por las que se nos anticiparon y señalaron el camino, por nosotras, las contemporáneas, que aun con obstáculos lo transitamos y por las generaciones de mujeres que vendrán: lo haremos posible junto al contralor de los órganos del sistema interamericano o universal, cuya jurisdicción Argentina aceptó.

(*)Docente Titular Cátedra Derechos Humanos U.C.U. Ex magistrada de Gualeguay y Gualeguaychú.

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