Por Antonio Tardelli (*)
Nos pide el poder que seamos divinos. Que seamos Dios. Que, como Dios, pidamos pocas explicaciones y de todos modos disculpemos. Sabe el gobierno que menos averigua Dios y perdona. Eso, exactamente eso, que averigüemos poco y perdonemos mucho es lo que, con esmerada corrección, nos propone el poder.
No es probable que el gobierno del presidente Alberto Fernández deba pagar tantísimos costos por haber celebrado en Olivos el cumpleaños de Dear Fabiola sin observar las precauciones que el mismo poder le impuso, durante largos y complicados meses, a la población argentina. Es, en verdad, improbable.
La descuidada celebración constituye una acción reprobable. Ello es tan cierto como que en la Argentina (o para la mayor parte de los argentinos) las cosas no se resuelven con parámetros éticos tan estrictos (aunque el Presidente pudo haber ido más lejos: pudo haber cometido un delito). El bien es bien y el mal es mal, canta irreprochablemente Eladia Blázquez y nosotros la aplaudimos. Pero acabamos de aplaudir y recobramos la nacionalidad.
Todo se complicó el día en que a los políticos les entregaron una minuta de Foucault: allí creyeron entender que la verdad reside en el poder y desde entonces ellos, que ya venían teniendo problemas con la verdad, se sintieron liberados y sintiéndose liberados acometieron el esfuerzo único de construir poder a tiempo completo. El problema de la verdad, están convencidos, lo dirime el poder.
Es casi seguro que no prosperarán el juicio político con que algunos fantasean ni las investigaciones judiciales que otros promueven. Seguramente el gobierno del Frente de Todos no pagará el costo político, medido en perjuicio electoral, con que se ilusionan sus rivales. Pero no porque el mal haya devenido bien y lo inaceptable se volvió pertinente.
Sucede que el Happy Birthday de Olivos es la confirmación, y apenas la confirmación, de que el poder se considera en situación de ignorar la ley. Cree el poder que por ser poder puede gozar de privilegios. El Decreto de Supresión de Honores, aquel que a fines de 1810 forzó el ejemplar Mariano Moreno, no mencionaba cumpleaños, tapabocas ni peloteros.
En verdad no son bandidos ni amorales: han sido ganados por la cultura hegemónica. Es la concepción hedonista y no sufriente del poder. Es la idea de que la regla rige únicamente para los demás. Es la renuncia a la obligación. No creen que el poder deba ser el más cumplidor de la ley: actúan como si efectivamente pudiera violarla.
Es una cultura que, la verdad sea dicha, no tiene tantos críticos. No es una cultura unánimemente impugnada. Es la cultura de gran parte de los políticos que sueñan con el poder. No hemos tenido infinidad de gobernantes convencidos de que la norma debe ser universal y no admite excepciones. Se cuentan con los dedos de una mano los mandatarios que gobernaron dando el ejemplo. Raúl Alfonsín, el Presidente que en mangas de camisa prohibía que se encendiera el aire acondicionado de su despacho porque en medio de una severa crisis energética el pueblo estaba padeciendo programados cortes de luz, encarna ese infrecuente ejemplar. El punto es que Alfonsín, con todas sus caídas, era un patriota.
Una candidata expresa la reacción oficial frente a la fotografía que muestra velitas y no alcohol en gel. Vasitos de plástico y no barbijos. Pide perdón. No volverá a ocurrir, promete. En realidad, el gobierno no reacciona frente al hecho, concreto, material, festivo. Se pronuncia frente al estado público que toma el hecho. Reacciona frente al malestar que, supone o mide, desata en la sociedad la divulgación del suceso.
No por la existencia del hecho, que tiene más de un año de antigüedad, sino por la mala noticia de su difusión, que tiene dos días, el gobierno pide disculpas. Reconoce: “Ha sido un error, no debe ocurrir, pedimos perdón”. Repite: “Pedimos perdón, no debe ocurrir, ha sido un error”. El Presidente responsabiliza de la reunión a la querida Fabiola, que tuvo una mala idea. Nadie lo acusa de machista ni de rehuir de sus responsabilidades.
Porque la humanidad ha vuelto a la política. El perdón, ese reclamo tan cotidiano, esa necesidad tan de todos, llega al espacio público. El gobierno, esa abstracción, pide perdón. Se le solicita al pueblo una humana reacción: que perdone. Que sea bueno. Se pide perdón como perdón pide el pecador. Se pide perdón como el creyente suplica a Dios con la siempre indispensable y aventajada mediación del sacerdote.
Se pide perdón. Se admite la falta.
La verdad, no está mal. Corresponde.
Nadie cree, sin embargo, que asistamos a un escándalo político de proporciones. En la Argentina los gobernantes gozan del poder; no lo padecen. Se ejerce el poder con hedonismo y no con austeridad. Se admite la falta (ya sería mucho acusar a los sospechosos de siempre de haber montado un fotoshop): un ratito en el rincón, dos ave maría, tres padrenuestros, la frase “no lo volveré a hacer” escrita cien veces en las redes sociales y a otra cosa. Perdón, perdón, ¡qué grande sos!
Sabe el gobierno que “vox populi es vox dei”. Que la voz del pueblo es, según se dice, la voz de Dios. A Dios se encomienda el gobierno. A Él se remite. Es consciente de que Dios, como el indulgente pueblo argentino, averigua poco y perdona mucho. Perdona casi siempre. Porque perdonan casi siempre quienes confunden política con religión. Ideología con fe. Los que convierten a la política en hecho sagrado, celestial, y sacrifican la adhesión racional, fundada, en el altar del irracional tic de apoyo incondicional.
Perdonan casi siempre los ciudadanos que ignoran su obligación de controlar, de velar por el cumplimiento de las normas, de exigir la observancia de la ley. No creen que deban velar por ello ni exigir rendición de cuentas, esa obligación elemental que los gobernantes suelen olvidar.
Allá, lejano y ajeno, el poder puede hacer casi todo lo que pretenda. Habrá perdón otra vez y a ese perdón le sucederán nuevos perdones al menos hasta que el próximo derrumbe económico nos endurezca el corazón. Reparamos en los aspectos éticos, notable reacción, cuando el bolsillo nos pone exigentes. Nos enamoramos de los imperativos kantianos cuando los ministros de Economía no aciertan a bajar la inflación.
Protestón pero indulgente, criticón pero condescendiente, el pueblo argentino perdonará una vez más.
Hace rato que convivimos con la certeza de que en la Argentina, a diferencia de lo que ocurre en las culturas donde se reverencia la norma, el ejercicio del poder supone privilegios. Convivimos con la idea de que gobierna el gobernante y no la ley. La ley se somete el poder y no el poder a la ley.
Son reflejo y confirmación, efecto y no causa, las fotografías que muestran al poder soplando velitas sin cuidados, barbijos ni protocolo.
(*) Periodista. Especial para ANÁLISIS





