Por Yolanda Darrieux de Nux (*)
No sé realmente porqué nunca había pensado en escribir nuestro encuentro en París con Atahualpa. Seguramente lo he contado a los amigos tantas veces que tengo la impresión de haberlo escrito.
Un domingo a la mañana decidimos seguir con los dibujos que a tinta china Augusto iba haciendo de distintos monumentos de París, entre los cuales había algunas iglesias.
Esa vez habíamos elegido como modelo la Iglesia Saint-Pierre de Montrouge después de haber estudiado la posibilidad de instalarnos en un café situado enfrente. Ya no recuerdo la fecha pero sí que hacía frío. Nos sentamos en una de las mesitas redondas frente a la ventana, dando la espalda al resto de las mesas, y pedimos, creo que como gran fiesta, un chocolate caliente. Augusto comenzó a hacer a lápiz simplemente la delineación de las masas importantes de la iglesia. Y solamente con eso comenzó a copiar directamente con su plumín y tinta china la totalidad del modelo. El trabajo era minucioso y lento. Todo lo hacía con calma y gusto. Viendo la iglesia enfrente y que entraba gente como para una misa me crucé para asistir.
Era imponente, hermosa y me sorprendió la temperatura agradable, diferente al frío que en general invade a los fieles en las iglesias. Escuché con mucha atención el inicio de la misa y la homilía: me encantaba oír en francés lo que muchas veces había oído en castellano y que llamábamos antes el sermón. Al finalizar con mucha prudencia y respeto el sacerdote recordó a los fieles que solicitaba una colaboración un tanto especial porque se había ocupado de instalar la calefacción en la nave y aún había que pagarla. A pesar de estar muy a gusto decidí retirarme, cuando vi avanzar a dos señoras con un largo bastón terminado por una bolsita de terciopelo que permitía llegar de un extremo al otro de cada banco. Nuestro capital más que escaso no me permitía dar una limosna que consideraba digna. Augusto se sorprendió al verme llegar tan rápidamente y cuando le expliqué el motivo se río de buena gana.
Como de costumbre, para acompañarlo yo llevaba un block para escribir cartas a los hijos y a los amigos. Y al mismo tiempo me gustaba mirar a los clientes que iban llegando. De pronto una señora muy delgadita y muy abrigada entró, y me pareció que lo hizo empujada por el viento. No se sentó y se dirigió directamente al mostrador. Pidió un vaso de vino blanco, mientras conversaba con mucho gusto con quien la atendía, cambiando un saludo con el mozo. Me di cuenta de que era una conversación y un saludo agradables porque los tres sonreían. La hermosa señora de edad, tal vez huyendo a la soledad, sabía que tenía en ese bar un lugar donde dialogar e intercambiar opiniones, que ahí se sentía segura y que valía la pena desafiar la inclemencia del invierno.
De pronto nos sorprendió una voz que era muy particular. Sin darme vuelta le pregunté a Augusto:
- ¿De quién es esa voz, Augusto?
- De Atahualpa Yupanqui por supuesto, me contestó
Recién entonces nos dimos vuelta y casi al unísono dijimos: -Buenos días Don Atahualpa
Se levantó de inmediato y vino hacia nosotros. Miró el dibujo de Augusto y le dijo que era un hermoso trabajo. Nos preguntó: - Y ustedes de dónde son?
- De Paraná.
Sonriendo manifestó: - Yo tengo un gran amigo en Paraná, el doctor Domingo Nanni y muchas veces hemos departido en su rancho, incluso con la guitarra y el canto.
Respondimos que conocíamos esa amistad por lo que en cuanto llegásemos le comunicaríamos el tan cordial saludo que nos rogó le hiciésemos llegar.
- Y usted, don Atahualpa… qué está haciendo con esta mañana tan fría acompañado por esa hermosa joven?
- Es la traductora de mis canciones al inglés. Se imaginan ustedes el trabajo que nos está dando traducir a esa lengua. Los ejes de mi carreta nunca los voy a engrasar. Si a mí me gusta que suenen…pa qué los voy a engrasar!, respondió
Al despedirse muy cordialmente nos dio su dirección, que anotamos de inmediato. A pesar de que su departamento estaba muy cerca del de mi hijo en el barrio XIV nunca fuimos a verlo. Por prudencia más que por timidez o indiferencia. Hubiese sido interesante oírlo hablar en francés puesto que siendo francesa su señora, debía comunicarse con ella también con esa segunda lengua. Una pena, no? El desacierto de las pequeñas decisiones.
Nos volvimos caminando mientras Augusto iba recitando el poema de Atahualpa que tanto le gustaba:
Para el que mira sin ver
La tierra es tierra nomás
Nada le dice la pampa
Ni el arroyo, ni el sauzal
Pero la pampa es guitarra
Que tiene un hondo cantar
Hay que escucharla de adentro
Donde nace el manantial
En el silbo de los montes
Lecciones toma el zorzal
El cardo es como un pañuelo
Dice adiós y no se va
Campo abierto y cielo limpio
Cha´que es lindo galopear
Y sentir que adentro de uno
Se agranda la inmensidad
Un mundo en cada gramilla
Adiós en el cardal
Y pensar que para muchos
La tierra es tierra nomás
(*) Especial para ANALISIS





