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Cuide las formas, señora profesora

Por Isidro Goicoechea (*)

El episodio puede conocerse por su filmación viralizada. Laura Radetich, desde su rol docente, expone sus opiniones políticas personales ante el alumnado de la Escuela Técnica Nº 2 de la Matanza.

Con independencia del contenido de la diatriba, cualquiera fuese su sentido y alcance, se puede advertir que la profesora “perdió las formas” de comunicación y con ello se extraviaron muchas otras cosas más.

Enseñar consiste en informar, en poner a disposición datos, conocimiento y perspectivas en favor de quien, a partir de esa información, genera sus propias categorías de análisis crítico, es decir, sus propios “lentes de pensar”. Dicho proceso intelectual es único e irrepetible en cada quien, de modo que la formación es un subproducto (auto)generado por quien aprende y no una implantación de quien educa.

Ese progreso educativo acontece en un espacio constitucional, denominado “aula”, en donde permanentemente se abole el vasallaje y se construye ciudadanía. De lo que se trata, es de concebir la relación docente – alumno como una forma especial de “relación pública” entre ciudadanos y ciudadanas y no como un vestigio de aquellos vínculos feudales entre señor y vasallo, entre maestro y discípulo.

El diálogo entre iguales presupone una dimensión abierta de interlocución, en el cual los participantes se reconocen mutuamente como tales y emprenden todos los debates reconociendo, desde el principio y hasta el final, la posibilidad de modificar su propia opinión en un proceso de intercambio racional de argumentos.

Este acto de libertad compartida presupone el valor superior del pluralismo, el cual se traduce en la necesidad de mantener un alto respeto a la preformación del estudiante, es decir de quien se forma, que no implica su asunción acrítica por parte del educador, sino una subordinación de sus propios valores al proceso de diálogo en condiciones de igualdad.

La (auto)limitación del docente al momento de impartir saberes, con pluralidad y respeto a las opiniones de sus interlocutores iguales, es la línea divisoria entre enseñar y domesticar, entre educar y disciplinar, entre instruir y militarizar. Y esa restricción educativa, consiste en una formalidad que impide abusar del poder de predicación de valores y concepciones subjetivas. Es la distinción misma entre docentes y clérigos.

Ahora sabemos que las formas, sirven para informar y permitir que ciudadanos y ciudadanas se formen a sí mismos. Señora profesora… cuide las formas, porque la información y la formación se extravían y, de ese modo, las cabezas no se abren, se quiebran.

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