Por Luis María Serroels (*)
Si el ilustre político y otrora Presidente de la Nación, hoy ya fallecido Raúl Ricardo Alfonsín, atesoró virtudes y errores propios de los que hacen y enfrentan con valor las vicisitudes, es justo haber ganado los dones de la democracia y, como tales, ser poseedores los argentinos del Día de la Democracia (se trata nada menos que de la restauración de los derechos más sagrados de los argentinos).
¿Cuántos tardaron en comprender y evaluar debidamente el sentido de esta fecha? El RH político estalló tan pronto le salió con intensidad el genio delirante de Cristina Kirchner.
El sentido de este aniversario aparecía (aunque tenuemente) como un amasijo de reconciliación y dispuesto a hornearse a fuego lento pero con el aroma más seguro que emana de las mejores harinas.
Bastó por un instante para que se desbande la cubierta de lo que se suponía destinada a un rodamiento normal y seguro, para que una convocatoria destinada a alcanzar la mayoría de edad política, cambie de carril (libreto), transformándose lo que se deseaba como almíbar exquisito en un ajenjo de sabor amargo y repelente.
¿No se comprendió quizás lo suficiente a la muchedumbre, al interpretar la invitación especial de dos ex mandatarios (aunque con pasados diferentes) a la hora de entender por qué se les abrían las puertas de la democracia allá por 1983?
Alberto y Cistina Fernández se desviaron del itinerario del que hace siglos Cicerón empezó a denominar Efemérides. De allí que Luiz Inácio Lula da Silva (Brasil) y José Alberto Mujica (Uruguay), sendos mandatarios americanos, no tenían en claro el tenor de la pieza discursiva de la vicepresidenta, alejada de dos fechas muy entrañables para nuestra Patria: la Democracia y el Día de los Derechos Humanos. Amén de ciertos conceptos ajenos a la convocatoria que colmó a la Histórica Plaza de Mayo.
No es saludable para nadie que se precie de moralista, alejarse de las oscilaciones dirigentes y militantes que socavan la buena palabra: sólo la democracia y los principios fundadores llenos de virtudes y respeto colectivo son válidos.
Sí quienes secaron los capitales del Estado Argentino a partir de 2003, sangrándolo desde las funciones oficiales más jugosas con maniobras de “lavado de dinero” con arteros juegos mágicos del oficialismo, particulares adiestrados y manos de prestidigitadores profesionales, deben recaer sobre ellos la justicia y no mantenerse benévola.
Las oscilaciones de la política dirigente y militante, la palabra y la pluma, deben ser adheridas al ejercicio de la democracia.
Reventar la Plaza Mayor suele ocurrir ante actos diversos, aunque baste con cualquiera de los estadios de los clubes más importantes. Pero alardear de semejante exteriorización popular dentro de varios millones, se peca de exageración. Algo propio del hijo de la vicepresidenta. Más grande fueron las erogaciones de organización y movilización cargados a la contabilidad del Estado nacional kirchnerista gobernante, es decir a cada argentino ($130 millones para el transporte obsequiado con recursos del fisco, más otros 40 millones afectados a la propia organización).
¿Qué tuvo que ver con aquella jornada de la asunción presidencial en el diciembre de 1983, con la exaltación de una funcionaria que infló sus arcas como recursos?
Muchos advirtieron a tenor del genio de CFK y a propósito de su discurso del último viernes, calificarlo como un “delirio”.
La desencajada pieza facial de Cristina Fernández, donde se trataba nada menos que de recordar el retorno de la democracia el 10 de diciembre de 1983, fue un anticipo de lo que puede ser el final de las andanzas de una familia que nadaba en la corrupción protegida.
El alma y el pensamiento de los antecesores deben haberle anticipado malas nuevas para la vicepresidenta tras los actos partidarios que no debían ser tales sino de todos los argentinos de bien.
El fiscal federal Diego Velasco, al despuntar la nueva semana, apeló los sobreseimientos de Cristina Kirchner, sus hijos Máximo y Florencia, en el caso Hotesur-Los Sauces, aguardando a que se reabra el expediente “y que todos los acusados enfrenten un juicio oral por lavado de dinero”.
No se puede consentir en la Argentina un Poder Judicial con bolsones de inmoralidad y mala intención ajustadas a las necesidades del poder político. Los derechos humanos no pueden sintonizar jamás con el kirchnerismo. En los escondrijos o al aire libre, los que tienen plácet oficial para la corrupción sólo hace falta la operación de repartija. Mientras tanto en algún juzgado hábil se desvía la mirada hacia Cristina Fernández, devorada por los nervios en dos asuntos en particular: las causas del Pacto de Irán y Hotesur – Los Sauces que involucran sus dos hijos.
Pero con mayor nitidez surge la aparición en la caja fuerte de Florencia Kirchner, un tesoro de 5 millones de dólares (quizás producto de sus actividades cinematográficas).
En tanto el gobierno nacional analiza un proyecto para reformar la Corte Suprema, pero sea bien dicho: proyecto para amoldar los intereses del kirchnerismo y liberar a los corruptos que hacen fila.
(*) Especial para ANALISIS





