Por Nahuel Maciel (*)
El 6 de febrero de 1911, Nicolás Montana dio vida a El Argentino bajo la premisa (vigente, por ciento) que se sintetiza en la defensa del interés general.
Hoy se cumplen 111 años de vida periodística, donde “la defensa del interés general” ha sido el Norte que ha guiado el derrotero de ese diario.
No se trata solo de una empresa periodística centenaria, cuya antigüedad ya habla de méritos y solidez. También es una empresa cultural, porque resguarda (protege y pone a disposición de los demás) un archivo impar, donde está registrado –letra a letra- gran parte de la memoria de la comunidad de Gualeguaychú.
Muchas veces se ha señalado para aniversarios como este que el mundo ya no es el mismo que hace 111 años e incluso ha cambiado de una década a otra. Cuando El Argentino nació había países que hoy no existen y el concierto de las naciones cambió varias veces como consecuencia de hirientes realidades que incluyeron dos guerras mundiales y un incontable conflicto bélico de distinta magnitud, pero que siempre interpeló a la condición humana.
La ciudad de Gualeguaychú como la provincia y el país también ha sido reconfigurada, incluso varias veces. Es la dinámica que provoca los cambios sociales, pero también económicos, territoriales, geopolíticos, incluso por las improntas de obras públicas cuya magnitud también permiten percibir el entorno más lejos o más cerca.
Prueba de ello son los enlaces Zárate Brazo Largo, el puente internacional sobre el río Uruguay “General San Martín”, la hoy Autovía Gervasio Artigas (Ruta Nacional N° 14) que es considerada la columna vertebral del Mercosur; entre tantos otros ejemplos de similar influencia colectiva.
Este siglo XXI refleja –como los anteriores- que la civilización como tal debe superar la crisis que la interpela en materia ambiental, económica, sanitaria, política y cuya expresión ofende a la condición humana.
Desde hace muchas décadas se habla que se padece la crisis de la educación. Por definición, toda crisis es temporal; sencillamente porque nadie crece ni se desarrolla en crisis irresueltas. Cuando a la crisis se le pierde el rastro de su origen, entonces lo que hay que hablar es de decadencia. En materia educativa se vive una decadencia.
Para evitar razonamientos binarios, no se trata de la responsabilidad de una, dos o tres gestiones de gobierno. Sería un error y una apreciación superficial sostener ese dislate. La decadencia educativa es parte de los desafíos colectivos que se deben afrontar como sociedad.
Nadie discutirá el valor de aprender y enseñar. Sin embargo, el poder en su máxima expresión siempre propició que el docente gane poco, casi nada. Valorar la necesidad de aprender, pero desvalorizar a quien enseña. Esa es una de las grandes contradicciones que se deben afrontar en términos colectivos, si en parte se quiere salir de la decadencia. No es el único rumbo, claro está, por cierto.
Del mismo modo se puede hablar de la decadencia ambiental. Lo que se vive en Entre Ríos es patético; para no profundizar en otros distritos del país. El actual gobernador Gustavo Bordet no ha podido (en seis años de gobierno) siquiera que se presente en la Legislatura un proyecto para regular a los agrotóxicos. Lo mismo ocurre con los incendios forestales, que quedan sin responsables ni culpables, pero con daños a escala de ecocidio. La Justicia es parte de esa impunidad. O la introducción de especies exóticas y que requieren para ello el desmonte nativo como es la práctica más expandida del sector forestal.
Alrededor de estos conflictos, como es natural, se suscitan intensos debates. Lamentablemente, se debate poco cómo debería fortalecerse el diálogo entre la cultura y la naturaleza, es decir, generar las condiciones necesarias para que el ambiente y la producción se potencien mutuamente.
No es ambiente versus producción. Sino ambiente y producción. No es desarrollo versus ambiente; sino desarrollo y ambiente.
Los vecinos son los que elevan sus voces para advertir este holocausto que, por el momento, los gobiernos y el sector productivo no tienen o no expresan su vocación para evitar.
Cuando las voces de los vecinos comienzan a sacudir la agenda política, entonces desde los sectores contaminantes se pagan campañas de descalificación y encuentran voceros vocacionales para decir vaguedades, establecer comparaciones ilógicas, cuando no insultar a quien piensa distinto.
Luego, terminan asociando que quienes defienden el ambiente, el desarrollo sostenible y la vida; no quieren el progreso. Una inequidad y mediocridad por donde se lo quiera analizar. Nuevamente la falta de diálogo impide el ejercicio fecundo de la cultura del encuentro. Nuevamente, la necesidad de abrevar en el lema fundacional de El Argentino: la defensa del interés general.
En estos 111 años, El Argentino con su archivo expresa que es posible derrotar al olvido y a la indiferencia y propiciar diálogos generacionales donde el pasado todavía tiene mucho para decir al presente y así fortalecer las mejores aspiraciones para el futuro. He ahí la vigencia de El Argentino.
Hay que dimensionar 111 años de vida empresaria. ¿Cuántos ministros de Economía con sus recetas mágicas y promesas han pasado? Un ejercicio empresario y profesional que todos los días afronta el desafío de ser mejores, asumiendo errores y debilidades, contradicciones y reclamaciones, sabiendo que no se está del lado de la respuesta; pero sí que solo la verdad –como enseña la Biblia- nos hará libres. He ahí la necesidad de la pluralidad, el aprender que la diversidad es parte de la unidad.
Esta empresa centenaria sabe en carne propia la necesidad de expresar y dar testimonio de la cultura del agradecimiento. Agradecer a los padres fundacionales, a aquellos que asumieron el timón aún en épocas no propicias para asumir responsabilidades y generar empleo; a los trabajadores de esta casa y en especial a la comunidad de lectores, proveedores y anunciantes, que han hecho de la confianza un valor clave para crecer y desarrollarse.
Por eso, El Argentino sabe que los actuales y próximos desafíos se podrán afrontar porque nunca se está solo, por más difícil que resulte el tramo a transitar.
En este oficio, donde las actualizaciones tecnológicas son una constante, donde se requiere de permanentes adecuaciones que respondan a las exigencias que reclaman los lectores, hay una variable que es permanente en El Argentino y nunca naufragará: la defensa del interés general, el tributo a la cultura del diálogo y el propiciar siempre la cultura del encuentro.
(*) Esta columna de Opinión fue publicada originalmente en el diario El Argentino.





