Solo tengo una certeza; y es que el odio no es fuente de ninguna virtud.
Por Dario Dayub (*)
De todas las especies humanas que existieron, la única que sobrevivió hasta hoy fue la del "Homo Sapiens"; es decir, la del primer humano que comenzó a pensar. Extinguiendo incluso al "Neanderthal", el más violento con el que se encontró.
Desde entonces ha quedado en claro el poder superior de la razón por sobre el de la violencia.
¿Por qué, entonces, después de miles de años, en este país, a la violencia la seguimos avalando, consintiendo, ejerciendo, disimulando y justificando; incluso a niveles institucionales?
Un atraso que nos remonta a aquellos inicios de esta humanidad.
Somos una sociedad que llega a odiar hasta aquel que solo piensa distinto o se nos opone; en una grieta tan insalvable que no le deja tema ni ámbito, libre de ella, a la cordura.
Se vota el discurso más violento; se escucha al medio más agresivo; se protesta con carteles de muerte y horca. O simplemente se echa mano de ella como primera herramienta ante cualquier conflicto; da igual si hay que solo alzar la voz o incluso golpear al otro.
Pero también hemos impregnado a las instituciones de un compromiso casi militante con la violencia. ¡Sí!, aquellos reservorios de racionalidad colectiva y organizada para resolver los problemas, hoy son las que, justamente, terminan concediendo ese "permitido nacional" a la sociedad.
Así un club de primera línea aplaude a "su ídolo" denunciado por violación.
Una fiscal de esta provincia me confiesa que "la justicia no investiga las lesiones leves".
Desde una repartición pública se agrede un ciudadano sin que nada pase.
El Colegio de la Abogacía de mi ciudad saluda por sus logros deportivos a un abogado del que pende un pedido de sanción por golpear salvajemente a un colega.
El fútbol ya no tiene hinchadas compartidas sino solo a la local; y, aunque insólito en el mundo, nos parece inevitable.
Organizaciones sociales protestan contra la violencia de modo selectivo, según quien sea la víctima y, finalmente, los gobiernos permeables replican esta actitud en sus ministerios "ad hoc" o hacen "rebotar" a las víctimas, cargadas de papeles, de oficina en oficina.
Otras están sumidas completamente en ella; sindicatos, clubes, partidos políticos, etc. y hasta provincias bajo un poder revestido de aparente legalidad formal, alcanzada a fuerza de violentarlo todo por años. Y no se consiguen aliados si se tiene la osadía de enfrentar esas estructuras.
Y podríamos ilustrar hasta el hartazgo con mas ejemplos.
Hemos organizado la violencia; la hemos legalizado. Se ha instalado solapada la licencia: "Vaya, agreda para sus fines que nada le va a pasar; aquí nadie hará nada". Es ley!, se impone el más violento; como aquel neanderthal antes que el humano comenzara a pensar.
Por eso, si alguien intenta enfrentar la violencia por caminos institucionales, se golpeara con el muro de toda una sociedad de espaldas.
Entonces, no puede sorprendernos la escalada que esta violencia, que supimos concebir, ha tenido; habiendo "hecho cima", en el intentó de homicidio de la vicepresidenta de la nación. Tampoco debe sorprender que a muchos, incluso, les parezca un chiste, un simulacro o hasta una conducta plausible.
Esto va a parar en algún momento. La incógnita es ¿cómo lo hará? Seremos capaces de hacerlo voluntariamente, producto de la toma de conciencia, cambiando el odio por reflexión; o lo haremos obligados como consecuencia de un nuevo derramamiento de sangre generalizado que abra una nueva bisagra oscura en nuestra historia.
Solo tengo una certeza; y es que el odio no es fuente de ninguna virtud. Nada grande y bueno se ha logrado con él; porque sepan Sres. que la violencia, su "producto estrella", claramente tampoco lo es.
(*) Especial para ANÁLISIS





