Por Oliva Taleb (*)
Especial para ANÁLISIS
Regresábamos de las sombras. Esas sombras que desdibujan rostros pero, paradojalmente, denuncian presencias. A pesar de ellos. A pesar de todo lo que fueron capaces de hacer para apagar la luz, Porque iluminar siempre, siempre, molesta.
Nuestro viaje de ida fue en un avión – para qué negarlo, de esos que desecharon los bélicos del primer mundo- tuvo, a pesar de lo macabro, un final feliz. Llegar a destino, con las cadenas amuradas al piso, unas a otras, con manos esposadas, con amenazas de saltos sin paracaídas, lo que luego se supo, no dudaron en llevar a cabo. El de regreso fue en una camioneta celular del servicio penitenciario federal, con grilletes, con esposas, y afortunadamente, sin vendas ni capuchas. Veníamos de las sombras, del silencio externo profundo, lejano, de ver por años el cielo en retacitos enrejados, y de repente esa madrugada nos encontramos recorriendo anchas y desconocidas avenidas, autopistas.. De madrugada. Con una ciudad sin despertar, Quizás por eso, el chófer y acompañante, prendieron la radio. ¡La radio!… ese artefacto que cobra valor cuando su ausencia se impone. Ella nos acercó el programa para despertar cada mañana a los argentinos… Magdalena tempranísimo Literalmente, despertaba.
Despertaba las mentes, los sentidos. Necesario… ver la realidad que se pretendía ignorar. En ese viaje, Magdalena traía las noticias que nos habían quedado suspendidas en el pasado. Desconocidas. Breves se dieron a conocer los datos del tiempo, el estado de las rutas y mientras nuestras miradas redescubrían el paisaje, el puente Brazo Largo, la música comenzó a sonar.
Magdalena, sin imaginar lo que significaría para cada una de nosotras, compartió la voz de María Elena Walsh cantando La Cigarra… ¿Fue casual? Imposible no recordar ese momento sin estremecerme. Una canción conmovedora elegida sin discusión, para despedirme.
Con el tiempo supe más de ella. Lo que sabemos todos. Su compromiso por los DDHH. Abrir su programa a quienes buscaban a sus hijos y nietos. Su irreprochable participación en la denodada búsqueda de Verdad y Justicia en la Conadep, que se reflejaría en el Nunca Más y tanto más que la ¡honra!
Ayer supe de su muerte. No pude evitar una profunda tristeza. Me hubiera gustado comentarle que las diferencias con muchos de mis afectos más profundos no me han llevado a juzgarlos, y mucho menos a condenarlos. Tampoco a ella. Quizás porque sé lo difícil que es para sus protagonistas, asumir debilidades, acepté sin discusión que se la definiera cercana a la Teoría de los dos demonios. El diálogo, quizás, no nos hubiera llevado a cambiar nuestras miradas, nuestras convicciones. Es tarde ya, para saber cuál hubiera su respuesta si le preguntaba - ¿No cree Magdalena que en lugar de 2 demonios, se trataban de dos proyectos diferentes?- Tampoco he negado que además he luchado con mis propias miserias, mis dudas legítimas, por no caer en el rebaño de los que creen que los DDHH deben alinearse políticamente con un partido político o deban limitarse tan sólo, a un período trágico, negrísimo de nuestra historia, defendiendo a rajatablas que deben ser una obligación moral, como política de estado. Hubiera querido decirle que he sufrido por no haber expresado públicamente mi disenso al ser sometida con escarnio a un juicio público y mucho menos que integrara una lista negra junto a periodistas que nada, nada hicieron frente al Terrorismo de Estado.
La balanza que se inclinara en su contra, ha sido selectiva, comprensiva, cuasi complaciente, con magistrados y jueces, representantes de un Poder Judicial ciego, sordo y mudo, a lo largo y ancho de un país devastado. Con obispos y nuncios que bendecían las armas, traicionando el no matarás. Con dirigentes políticos que miraron para otro lado… Que asumieron cargos públicos sin elecciones traicionando sus idearios, sus ancestros y lo que es más lamentable ¡a sus propias ¡víctimas!. Que adhirieron al algo habrán hecho... intentando marcar diferencias… Bienvenidas esas diferencias.
Se la despide Magdalena, como antes lo hicimos con Alfonsín, con Angelelli, con De Nevares, con Carlos Mugica, con Ernesto Sábato, con Alfredo Bravo, con Ubaldini, con Righi, con Eduardo Solari, con Emilio Mignone, con Jorge Pedro, con Mercedes Sosa, con nuestros muertos… y tantos otros! Con la dignidad, respeto y el agradecimiento que supieron generar en cada sobreviviente. Hasta siempre.
(*) Escritora





