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La década

Por Hernán Rausch (*)

El 12 de septiembre se cumplieron diez años de aquella tapa de la revista ANÁLISIS que paralizó la ciudad. El título era El cura abusador. Nadie sabía quién era, ni donde se habían llevado a cabo esos abusos.

Ese rótulo con letras rojas, revolucionó y espantó a toda una comunidad, pero sobre todo a las autoridades de una institución local marcada por la reverencia, su reputación y el respeto.

La noticia desestabilizó e impactó directamente sobre la cabeza de la Arquidiócesis. Un escándalo en el corazón de la Diócesis, en la casa de formación de sacerdotes: Seminario. Se contó que los abusos sucedieron en el sector más vulnerable, sobre las almas que se encontraban internadas como pupilos, en el Seminario menor. En el lugar de nacientes vocaciones que fueron violentadas por quienes tenían el deber de salvaguardar la espiritual y los cuerpos. En lugar de eso, astutamente manipularon mentes inocentes y pactaron el silencio. Investigaron internamente y cerraron el caso lo más pronto que se pudo. Dejaron   atrás los hechos perversos, abuso y corrupción de menores, sin dar avisar fuera de la órbita de la Iglesia. La opción fue callar y esconder la verdad.

Después de trasformar al miedo en valor, las víctimas sobrevivientes decidieron no tolerar más la manipulación y la mentira. Revelaron lo acontecido en el Seminario menor, expusieron y afrontaron la dura y dolorosa verdad que, por tantos años, habían silenciado. Habían cargado sobre las espaldas la responsabilidad de posibles escándalos si los abusos se develaban. Quisieron hacerlos sentir culpables de provocar divisiones familiares, críticas a la Iglesia y pérdidas de fieles en las parroquias. Así como los abusos, estos pensamientos fueron llevados adelante por los mismos que habían gestados y ocultado tales acaecimientos inmundos.

Transitaron diez años. La Justicia penal, a pesar de algunos escollos, estuvo a la altura de los hechos. Tomaron la denuncia expuesta mediáticamente y abrieron la investigación. Obtuvieron declaraciones y dieron un verdadero apoyo y posibilidad a aquellos hombres que hicieron carne nuevamente su historia, que se animaron a contar con coraje y valentía, que expusieron sus vivencias con vergüenza y temblor. Esos hombres que lograron quebrar el patrón de culpa y traición y llegar a una condena.

La Iglesia sigue tolerando la mentira, se opone a la revelación y sufre sus propios errores, generando consecuencias propias. Sigue resistiendo a la verdad, una realidad que sigue sucediendo lamentablemente.

Estamos frente a una década abusada, desaprovechada eclesiásticamente. En parte la Iglesia está enferma porque consume su propio pecado, su propia mentira.

En estos tiempos de revelaciones, donde todo se conoce por redes sociales y medios digitales, la falta de transparencia y esclarecimiento en los juicios que lleva adelante la institución Católica, su posición es indignante, intolerable e irrespetuosa. Solo dilata, deja pasar el tiempo, incita a olvidar la verdad, dejando los juicios pendientes, haciendo agonizar la justicia terrenal de su naturaleza humana. De este modo rejuvenece y fortalece la falsedad y el escándalo, se da lugar y se le permite adueñarse al silencio cómplice y destructivo.

¿Cómo es posible que aún sigan vigentes los actores primarios de estos incidentes? Aquellos individuos partícipes directos de esos astutos manejos procesales, pleitos realizados de forma turbia. Y de esa manera, ocupar importantes cargos y prevalecer sobre las cabezas de las víctimas, sin importarles los resultados desbastadores de los abusos.

Décimo aniversario y sumando… Sumando indiferencia, incomprensión, falta de consideración por aquellos que se jugaron al develar cada detalle de esas horas y momentos lastimosos sufridos en lo corporal, emocional y afectivo, esperando tal vez algún gesto, la mano extendida para la oveja herida de su propio rebaño, sobre todo cuando al año siguiente se escuchaba proclamar el nombre del nuevo sumo pontífice, el argentino Jorge Mario Bergoglio, actual Papa Francisco.

Es lamentable decir que la ilusión sobre el Papa ha acarreado desilusión, al menos por estos años de su pontificado.

No quieren esclarecer los hechos, no hay voluntad, se niegan a ejecutar los juicios, es patético su actuar, causa angustia el uso y abuso de la fe en mucha gente, que no lo manifiesta, pero lo lleva adentro, tristeza.

Aquí y ahora no se quieren tomar medidas. Piden lío, pero al parecer no quieren abrazarlo, enfrentarlo, más temen que ese lio se les torne personal y los involucre directamente.

Acá se trata de servir, no impedir; de colaborar, no estorbar; de enfrentar, no huir.

Están tropezando y dañándose siempre con las mismas piedras, algunas de ellas es la negación y los silencios, hay una falta total de honestidad y empatía hasta entre ellos mismos, lo cual quedó en evidencia y vemos reflejados en los últimos acontecimientos desarrollados en la Basílica de Luján.

Autoridades Eclesiásticas, de una vez por todas es hora de aclarar y allanar caminos, se trata de sumar, no restar, menos dividir.

Deberes y colaboración nos piden siempre. ¡Basta! Es tiempo de sus deberes y sus obligaciones como jefes.

(*) Sobreviviente de los abusos del cura Justo José Ilarraz. 

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