Por Oliva Taleb (*)
Artistas del mundo hicieron saber a los argentinos que se conmovieron con parte de nuestra historia reciente. Una historia difícil, muy difícil de narrar. Una película esperada. Tenía expectativas para verla pronto. Han pasado muchos años y sin embargo recuerdo al presidente Raúl Alfonsín anunciando el juicio a la cúpula militar del Proceso. El proceso sometido a proceso. Recuerdo haber llorado. Espontáneamente. Por saber que cumplía con su palabra. Por agradecimiento. No nos había mentido. Y no defraudar, no tiene precio….
Mientras se acercaba el día del estreno, pensé en nosotros, en los que vivimos esos años. Pensé en nosotros los que tenemos memoria. Pensé en los argentinos sobrevivientes de esos años. Me pensé. Los pensé con cierto grado de credulidad. Qué derecho tengo a no creer en que la gente crece, no sólo porque pasa el tiempo, sino especialmente porque el tiempo no le ha pasado en vano, haciendo fresco en sus sienes…
Pensé en el sano orgullo que sentirían y expresarían los simpatizantes, los militantes, los ocasionales votantes radicales por una película que reivindicara una decisión política sólo comparable al juicio de Nuremberg. Una película que no soslaya, por cierto, el intenso y conmovedor trabajo de la CONADEP que se hace presente en la voz del fiscal Strassera, reivindicando, haciendo suyo el Nunca más.
Quizás por esa permanente, urgente necesidad de ir buscando puntos de encuentro, no pensé que tras la película reaparecerían lobos anestesiados, ni gorilas dormidos, de una jungla social devastada. No pensé que en lugar de permitirse emocionar, de celebrar desempeños actorales, escenografías acertadas, aquella música otrora silenciada, un guión comprimido de hechos indiscutibles (escrito en las cornisas), los desnudarían, una vez más, tan a merced del barro. Una elección rara, dudar entre celebrar o desenmascarar los monstruos que no supimos derrotar cuando el terror fue retirado a cuarteles de invierno, tras la incipiente democracia. Triste rol, darle una estocada a quienes apuestan al arte para que la historia no duela tanto.
Somos estrictos. Pretendemos ser justos “juzgando” a Strassera, a Moreno Ocampo, a los integrantes de la Cámara que condenara el terrorismo de Estado. Se abre un grifo, una catarata demencial de frases repetidas hasta el hartazgo que no fueron 30.000 desaparecidos, aclarando (para no sonar tan infame) que una sola muerte les duele tanto como la mentira numérica…
Se pretende ser más “objetivo” criticando no haber sentado también en el banquillo de acusados a la “guerrilla apátrida”… Se les recuerda de nosotros, se conocen, no sólo nuestros nombres, los juicios, las condenas, nuestros domicilios, nuestros cuerpos desnudos, las fosas comunes, algunos cuerpos identificados, algunos niños recuperados ¡¡¡qué más necesitan saber!!!!... Se critica el ¿manto de piedad? a Luder, y resaltar el amiguismo de Tróccoli?... O ¿no hablar de quienes votaron las leyes posteriores de punto final, de obediencia debida, de amnistía, etc, etc, etc?… O sea, la película es una excusa. Es la oportunidad de hacer oír el mismo cassette de entonces… Siempre actual.
Y a mí me da tristeza volver a escucharlos. No por la película, que he aplaudido por cierto, entre lágrimas y mucha congoja. Es la tristeza que me acompaña desde que comprendí, acepté, lo que hizo el terror también con este país, con la sociedad argentina, durante siete años y con consecuencias severas, casi humillantes, permanentes.
Tanta severidad, tanta frialdad para emitir juicios. Tanta ceguera para no vernos. Tanta indiferencia como para cruzar de vereda sin un abrazo que consolara y evitar ser sospechado de complicidad. Tanta negación a escuchar porque “duele que recuerdes” a la sociedad de entonces, víctima también de esa perversión, tristemente silenciada, salvajemente sofocada, no se le ha pedido explicaciones. Se le han respetado sus tiempos, pero…
Estamos grandes ya. Hay tiempo aún. Reconfortaría, antes de irnos, sentarnos a hablar en cada rincón, en cualquier punto de este país, sobre ese tejido social, esos lazos lacerados, por el terror. Con absoluta honestidad. Con el corazón en la mano. Entonces sí, de lograrlo, podremos gritar a los cuatro vientos, con la frente en alto… “Argentina 1985, la realidad te supera”.
(*) Especial para ANALISIS





